Director de Canal 13 desautoriza potestad del Consejo Nacional de TV tras sanción por llamar a la virgen «mariainmaculeada»

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Dos miradas sobre el humor y la libertad de expresión

Por Manuela Gumucio

¿Quién tiene derecho sobre mi cabeza cuando veo tv?

La rutina del humorista Yerko Puchento en que llamó a la Virgen “Inmaculeadaconcepción” fue sancionada por el Consejo Nacional de Televisión, provocando un interesante intercambio de opiniones entre Genaro Arriagada, integrante de la institución reguladora y Javier Urrutia, Director del Canal 13, responsable del medio multado. Para quienes nos preocupa la libertad de expresión los dichos de este último resultan inquietantes: llama a cambiar de canal a quienes se sientan molestos y se pronuncia contra la falta de libertad que se le impone desde oficinas burocráticas, donde un puñado de chilenos se siente iluminado y garante del buen gusto, la corrección y, básicamente, de lo que los demás adultos del país pueden ver libremente o no.

Arriagada, por su parte, explicando cuáles eran los límites estipulados en diversas controversias en el mundo  respecto del humor y sobre “sacrilegios”, afirma que no es la opinión lo que se sanciona sino el modo porque, dice,  “los miembros de una religión mayoritaria o minoritaria deben estar dispuestos a tolerar y aceptar la negación por otros de sus creencias, incluso la propagación por otros de doctrinas hostiles a su fe. Si fuera un alegato sobre la no existencia de Dios, la afirmación de la naturaleza humana, no divina de Jesús, estaríamos frente a una expresión hostil a la religión cristiana, pero que debe estar protegida por la libertad de expresión. No se puede imponer y menos sancionar a quienes sostengan que son textos puramente humanos. Pero la quema del Corán, es un insulto y una prédica del odio religioso. Lo es la mofa de la celebración de la eucaristía, sacramento esencial del credo cristiano y, muy duramente, el grosero, vulgar y procaz juego de palabras sobre la “inmaculeada concepción”

Ambas cartas están llenas de planteamientos que tal, como lo desea el Director del Canal, debieran dar lugar a un debate público. Agregamos otras preguntas a  la falta de libertad que denuncia el responsable de Canal 13. ¿Somos los chilenos libres frente a la oferta de los canales de TV? ¿Son los que determinan los contenidos  libres frente a la ideología de los dueños de los canales y a las sagradas reglas del mercado? ¿No es una razón comercial la que justifica esta amplitud de criterio frente a los exabruptos de Yerko Puchento donde transgrede a menudo reglas esenciales de la ética?  Cabe recordar que está demandado por el hijo de Michelle Bachelet por injurias.

Ofrecer cambiar de canal, como propone Urrutia, tiene la apariencia de una gran libertad, pero es una respuesta  cruel, excluyente, sarcástica y la prueba de que no somos libres, que no tenemos derecho a tener una opinión.

Pero lo más interesante de la polémica es que  Urrutia se entristece  de ver que Genaro Arriagada, un luchador por la democracia, defienda hoy una “institución cuyo origen es (como bien sabe él) al menos espurio, sus fallos exceden el mandato legal que se les encomienda y pretende decirle a sus regulados qué contenidos están bien, cuales no; todo esto desde la singular sensibilidad de 8 chilenos-mejores que el resto, parece.Esto funciona como censura previa por el miedo a las multas», afirma finamente.

Cabe señalar que las multas son ridículas; que el CNTV actúa por demanda ciudadana y su existencia está fundamentada en que las ondas que utiliza la TV gratuita, pertenecen a todos  los chilenos, que están concesionadas de acuerdo a los términos de una ley que establece obligaciones y un ente para vigilar su cumplimiento, Y en el plano más íntimo que Genaro Arriagada es uno de los raros DC que se declara agnóstico y además es tío de su contradictor, Urrutia.

Podemos discutir sobre la composición del Consejo, sobre su origen de cuoteo político, acerca de lo inoperante que está resultando a la hora de entregar nuevas concesiones, su absoluta despreocupación por el pluralismo, etc, etc. Pero lo más trascendente que debemos resolver es si el Sr Urrutia, o cualquiera de los responsables de los contenidos de los canales, nos entiende y representa más a nosotros, los ciudadanos, a la hora de decidir qué podemos ver o no, justamente el poder que él atribuye al CNTV y que, en realidad, tienen los dueños de los canales  y las grandes corrientes de opinión dominantes detrás de las oficinas no menos burocráticas que las de los responsables de los canales.

Por Marcelo Contreras

El humor y la libertad de expresión

La sanción impuesta por el Consejo Nacional de Televisión a Canal 13, ratificada por la Corte de Apelaciones de Santiago, por transmitir una rutina humorística del personaje Yerko Puchento, incurriendo en “mofa y menosprecio de un símbolo (la virgen María), que para otros tiene el carácter de sagrado” ha generado un ardoroso debate acerca de los límites de la libertad de expresión. Límites siempre imprecisos y sujetos a debate y deliberación. Sobre todo en el ámbito del humor y el animus iocandi (ánimo jocoso) que lo sustenta.

No deja de llamara la atención que Canal 13 – al que aún muchos asocian con la Universidad Católica, pese a que hace algún tiempo la estación televisiva fue adquirida por uno de los principales  empresarios chilenos – enarbolando la bandera de la libertad de expresión, defienda su derecho para decidir qué pone en pantalla, de quién y cómo se ríe. En este caso de una figura bíblica, que para los católicos tiene carácter sagrado.

Sin embargo, pese al cuestionado mal gusto ó grosería del humorista que ofende a los católicos, es igualmente evidente que Canal 13 defiende una correcta doctrina en materia de libertad de expresión. Precisamente en ella radica el valor de este derecho fundamental, que muchos identifican como la piedra angular de las libertades consagradas en  la Declaración Universal de los Derechos Humanos, aprobada por Naciones Unidas hace 60 años.

Sin lugar a dudas, la libertad de expresión, así como todas las libertades, admiten límites y restricciones, como lo reconocen los tratados de derechos humanos, las constituciones y el propio derecho penal. Y tal como lo ha precisado el cientista político e integrante del CNTV, Genaro Arriagada, el punto de controversia es precisar cuándo, cómo y bajo qué  circunstancias el Estado y la sociedad puede aplicar sanciones al ejercicio de estas libertades.

Es más que dudoso que en esta verdadera colisión de derechos que se produce con la sátira mencionada pueda primar el dogma sobre el derecho a la libertad de expresión.

Como es igualmente discutible que la sátira comentada incite al odio, la intolerancia o la violencia. A lo más es una ofensa al buen gusto, hiere gratuita e innecesariamente una sensibilidad religiosa y representa un des criterio que no tan sólo los católicos puedan rechazar cambiando de canal o decidiendo no ver más la rutina del humorista.

Muy a menudo, por no decir siempre, el humor político o social, ofende o agravia a un sector de la sociedad, cuestiona valores tradicionales o el propio orden político. No son pocos los gobernantes que buscan coartar este derecho fundamental, intentado restringirlo y perseguir a sus autores. Es imposible olvidar el atentado al semanario humorístico francés Charlie Hebdo, que reprodujo unas caricaturas denostativas de Mahoma y que culminaron con el asesinato de varios de sus periodistas, generando un vasto movimiento de condena y solidaridad con dicho medio.

Tampoco se olvida que durante el régimen militar el dictador se querelló por un presunto “asesinato de imagen”, recurriendo a la justicia militar para encarcelar a los directivos de un semanario opositor que publicó una edición especial de humor dedicado al tirano. O los numerosos periodistas perseguidos por delitos de opinión durante la dictadura.

Bastante más grave es que algunos medios de comunicación fomenten o incentiven el racismo, la xenofobia, la homofobia,  el machismo o la violencia. O las propias bases de la convivencia democrática. Y no siempre el Consejo Nacional de Televisión, y menos los mecanismos de auto regulación establecidos por los medios de comunicación, han mostrado la misma diligencia y preocupación por estas prácticas. O por asegurar un auténtico pluralismo informativo, así como  la  expresión de la amplia diversidad  ideológica, social y cultural del país.

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