A ritmo de PowerPoint

power_pointRoberto Merino / LUN / Quienes quieran saber detalles sobre la vida y milagros del PowerPoint pueden encontrarlos en el artículo de Wikipedia correspondiente. Yo me quedaré sólo con una de las informaciones: “Según las cifras de Microsoft Corporation, cerca de 30 millones de presentaciones son realizadas con PowerPoint cada día”.

No alcanzo a imaginar el correlato real de esta cifra feroz. Mi mente sucumbe ante lo que se le aparece: una superposición continua de oficinas de todas partes del mundo y fragmentos de frases emitidas en los idiomas de Babel, todo metido como en un embudo iluminado con pantallazos de luz fluorescente.

Ya he contado hasta el hartazgo mi tendencia a sumergirme en las conversaciones de los demás en los cafés, en su puro rumor jalonado de vez en cuando por una frase de la que alcanzamos el sentido. Pues bien, a veces un solo emisor, cuando es monótono y persistente, arruina esta beatífica experiencia: su voz y su tema se imponen, atrapando nuestra atención como el papel pegajoso para las moscas.

Escuchaba, en esas circunstancias, a un joven de aspecto bastante agradable. La verdad es que si es por su aspecto debería estar buceando en alguna playa lejana, o cruzando el Ranco en una lancha, a pleno sol y en plena salud y juventud, o a caballo por la cordillera, Curicó adentro. Sin embargo está aquí a dos metros, medio aplastado, dando cuenta de algo ante una persona mayor: algo extenso, algo fome, algo de lo que se desprenden conceptos como “objetivos secundarios”, “fomento del deporte”, “vida sana”, “posicionamiento del producto”, “ecoturismo”. Podría ser publicista, asesor ministerial o simplemente emprendedor solitario tratando de vender un paquete de ilusiones bursátiles ante un financista. No sé. Lo que sé es que su enunciación tiene un efecto exasperante: una frecuencia lenta y acompasada y desmayada, con esporádicos cambios de tono que quieren decir: soy una persona segura de mí misma. Reconozco el estilo, muchas veces lo he experimentado como espectador de ponencias con PowerPoint. Me asomo discretamente y ahí está: el computador abierto, la mano en el mouse, la mirada yendo y viniendo de los ojos del interlocutor a la pantalla.

Cuando he tenido que dar consejos a jóvenes que enfrentan el trance de una exposición en público les he dicho: no uses el PowerPoint, no te va a dejar pensar ni hablar con espontaneidad, vas a estar todo el rato chequeando si estás cumpliendo con el famoso punteo. No me han hecho caso.

Es claro que hablar ante una audiencia cualquiera produce nerviosismo, aun cuando uno se crea muy ducho en la cháchara técnica. Borges, cuando debía ganarse la vida dando conferencias, optaba por escribir un texto y aprendérselo de memoria. Coleridge llegaba a sus conferencias arrastrado por los amigos. Una vez un fotógrafo de eventos me mostró–riéndose a carcajadas– la foto de un gerente en el instante previo a subir a un escenario para rendir ante mil personas una cuenta anual. Debo decir que la imagen era terrible: el cuello tensado por venas y tendones, la mandíbula retraída hacia sus extremos, los ojos desorbitados. Es decir, ese rostro era una estampa del terror.