Al abordaje de la historia

históricaPablo Marín / La Tercera / Lo que el gran público conoce de la historia, lo conoce vía TV y películas, y que lo visto ahí es historia disfrazada con música, vestidos y acentos que parecen llevar impreso el membrete «de época».

Hace unas semanas, en el auditorio de TVN, el profesor de guión Robert McKee habló de cómo contar historias, pero también de la historia. Un asistente le preguntó por los problemas que respecto del verismo plantea el cine histórico. Sin piedad, el estadounidense dijo que al que le interese la historia, que se vaya a leer. Que al cine tiene que importarle el espectador del presente y que ese espectador no entenderá un rábano si el cineasta encara el relato mostrando cómo la gente hablaba realmente en el s. XVIII, la música que realmente se escuchaba, etc. Así, lo que cabe es disfrazar el presente de pasado. Y contratar, por qué no, a los mejores directores de arte, foto y vestuario que el dinero pueda pagar.

La mayor parte del gremio de los historiadores estaría de acuerdo. Si su oficio supone elaborar abstracciones y secuenciarlas, rebatir y criticar, además de organizar narrativamente, su espacio es el de la palabra escrita… y a los cineastas déjenles sus películas, que deforman y mitifican hechos y personajes hasta dejarlos irreconocibles a ojos de los que saben. Pero, como se preguntó en su minuto el académico Robert Rosenstone, ¿cómo ignorar la cultura audiovisual de los ciudadanos? ¿Cómo eludir que las imágenes en movimiento sugieren la experiencia concreta de la vida cotidiana, reconstruyendo empáticamente el pasado y convirtiendo al espectador «prisionero de la historia»?

Ha habido, después de todo, directores que creen posible representar seriamente la historia. Rosselini y Visconti son nombres obligados en estos territorios por aportar una visión de la historia, se considere esta un pasado visto en su contemporaneidad (los telefilmes biográficos del primero, los retratos de clases dirigentes en declive del segundo) o bien un tejido que se va urdiendo en el momento y que los historiadores del futuro no deberían desdeñar.

A la hora de la verdad, eso sí, pasa que lo que el gran público conoce de la historia, lo conoce vía TV y películas, y que lo visto ahí es lo que decía McKee: historia disfrazada con música, vestidos y acentos que parecen llevar impreso el membrete «de época».

Porque, bastardo cuando no incestuoso, el género sigue y seguirá presente en pantallas de todos los tamaños. Pero ojo, que hay historia e historia. Yo, Claudio y el Martín Rivas perpetrado actualmente por TVN son, en principio, productos análogos, pero sólo en principio. Y por su lado, las dos películas chilenas que aún conviven en la cartelera son «históricas». Cada una a su modo, pero ambas convergiendo en más de un punto.

Ojos rojos, documental instalado con 25 copias en el circuito comercial, se estrenó un mes antes del Mundial y adicionalmente en el año del Bicentenario. En tanto, La Esmeralda 1879 hizo lo propio para una nueva conmemoración del Combate Naval de Iquique. La primera construye una épica contemporánea que supone el involucramiento de millones de connacionales que siguieron la campaña al mundial de Sudáfrica. La segunda enfrenta al Huáscar con La Esmeralda de Arturo Prat, a través del relato del último sobreviviente chileno.

Documental uno, ficción la otra, ambas apelan al nacionalismo en tanto religión laica y piso identitario, las dos echan mano a cierta idea de heroísmo y dejan ver que la construcción mítica es más directa y cercana que la propiamente histórica. Las banderas flameando mientras los «Viva Chile» se multiplican en los dos casos y los resultados en boleterías parecieran confirmar que tal política encuentra su público.

He aquí un par hitos, a no dudarlo, incluida la primera cinta local acerca de un episodio de hace más de 130 años. Pero, para que el cine chileno salte al abordaje de la historia, y no sólo se solace en su chilenidad, hacen falta otras lógicas. ¿Dónde encontrarán estas últimas su lugar? Difícil decirlo en este minuto, incluso imaginarlo.