Alada

warnkenCristián Warnken / El Mercurio / Mi oficio de entrevistador para un programa de televisión de cambiante nombre y peregrina historia lo he entendido siempre como un lujo y un privilegio que me ha dado la vida: el de poder conversar con personas a las que he admirado, entrar a fondo en sus obras y, a través de la conversación, muchas veces en sus almas. Pero este oficio, que da muchas alegrías y satisfacciones, tiene también una dimensión muy dolorosa: y es la de constatar que mis entrevistados también son mortales, a pesar de que las conversaciones con ellos, con ese fondo negro atrás, sigan repitiéndose como en un eterno retorno, entrevista infinita danzando sobre la nada de la pantalla y de la vida.

Y digo todo esto, porque el lunes, inesperadamente, en un hotel de Punta Arenas se me murió Giuseppina Grammatico, una entrevistada que me traspasó desde el momento en que le hice la primera pregunta, en la primera entrevista hace ya muchos años (después vendrían otras). Una mujer de apariencia delicada y frágil, que parecía una dueña de casa cualquiera, pero con una sonrisa que Dante no dudaría en citar como uno de los ejemplos del eterno misterio de la sonrisa. Una Doctora en lenguas clásicas poseída por el “entusiasmo”. La palabra en griego entheos significa “el dios dentro de uno”. Eso me lo enseñó esta apasionada maestra, que desde los once años, en Sicilia, se enamoró de las palabras en latín y griego, que se le “clavaron” en el corazón para siempre.

Herida de belleza, viajó a Chile, como muchos inmigrantes que huyeron del hambre después de la segunda guerra. Ella se trajo consigo a los dioses que alguna vez vivieron en su Sicilia y los derramó como semillas en esta tierra, en su empecinamiento heroico por difundir la cultura clásica en Chile. Sostuvo a pulso, con nada, un centro de estudios clásicos en los patios del mítico y diezmado Pedagógico en Macul. Cicerón, Píndaro, Virgilio, Heráclito empezaron a respirar en nuestro aire, a ser recitados por esta delicada mujer, que cada vez que leía esos versos inmortales parecía elevarse más allá de la línea media de reverberación de estas latitudes. ¿Cómo resistió esta heroína de la belleza y el amor a lo clásico las pellejerías, el ninguneo que está reservado aquí al que se aventure a dedicar su vida a la gratuidad de lo estético? Es que ella no resistió, sólo fue. “Los griegos dicen: sé lo que eres… No podemos ser otros de lo que somos”—me dijo una vez—. Me dijo y aprendí en las conversaciones con ella muchas cosas, pero donde más aprendí fue en sus silencios. Al entrevistarla supe que había dos categorías de entrevistados y personas: los con silencio y los sin silencio. Ella sabía del valor fundamental del silencio, para la palabra y el pensar. De hecho, había organizado un seminario —entre los tantos que hizo como maga incansable de simposios— sobre el Silencio, que se realizaría esta semana.

¡Si nuestros niños de once años tuvieran el privilegio que tuvo esta niña italiana de contactarse desde esa edad con la experiencia de la belleza y la disciplina de lo clásico! ¿Estoy soñando? Giuseppina Grammatico nunca dejó de soñar y volar. Porque ella era alada y nunca les temió a los riesgos, y pudo repetir con Píndaro: “Un gran riesgo no hechiza a espíritus mediocres…”. Me la imagino soñando, horas antes de morir, mirando las aguas del Estrecho de Magallanes, repitiéndose de memoria para sí misma sus versos favoritos de Heráclito: “El hombre en la noche —o en la muerte—/con los ojos cerrados/conecta a sí mismo la luz”. Noche en griego es euphrone, pero si uno descompone los elementos, descubre que eu es bien y phronein, pensar. ¿No es acaso en ese silencio, en nuestra muerte, donde podemos realmente “pensar”, en el sentido propio y pleno de la palabra “pensar”? Eso me dijo Giuseppina Grammatico en nuestra última conversación. “¿Última?”—me dirá ella, sonriendo como lo haría una diosa ante la torpeza infantil de un hombre que no sabe preguntar.