Arte sin evolución

Ian McEwanMatías Rivas / La Tercera / En el arte hay tradiciones que se apoyan, pero no avanzan en dirección única /  En su paso por Santiago, Ian McEwan deslizó la idea de que “el arte no progresa, sino que cambia”. Lo dijo respecto de la originalidad y aludiendo al darwinismo. Esta reflexión, que es tan antigua como la historia pero que McEwan con agudeza puso en circulación en Chile, es una manera elocuente de entender cómo el arte y la literatura están en otra situación respecto de la ciencia y del tiempo.

Que no exista progreso en el arte significa que éste no va perfeccionándose ni desarrollándose en dirección alguna. Lo que hay son tradiciones que se apoyan e influyen, pero no hay avances. Madame Bovary de Flaubert no es más “evolucionada” que La divina comedia de Dante, por la sencilla razón de que no son comparables ni su aporte cuantificable.

El arte y la literatura describen, sintetizan o exploran un suceso, una imagen o un sonido. De esta forma manipulan el tiempo, lo expanden para iluminar un detalle (Proust) o lo abrevian para contar una historia (Hemingway). El arte se adueña de las cronologías y, por lo tanto, indaga en los materiales que constituyen la realidad.

Además, hay un factor que, sin anular lo anterior, sí tiene que ver con el tiempo: el arte está en permanente contacto con la tradición, al punto de que unas obras se vinculan con otras como los parientes de un árbol genealógico gigante. Algunos se conocen y caen bien, otros ni se topan. De ahí la importancia de la cita, la parodia y el simulacro. Los escritores creen que el pasado es una cantera de materiales a disposición o, como dijo McEwan, se paran en los hombros de otros también. Por ejemplo: Faulkner desciende de Shakespeare y de las biografías de Plutarco, pero eso no lo hace ni más ni menos independiente, ni le resta un ápice de originalidad.

Hay otra prueba relacionada con la observación de McEwan. Si paseamos frente a las vitrinas de las librerías nos encontraremos con que las novedades y los libros más vendidos por décadas son traducciones de clásicos. Al parecer, los lectores tampoco creen en el progreso del arte. Eso explica por qué vemos expuestos como primicias la Historia y decadencia del Imperio Romano de Edward Gibbon o la traducción realizada por Pepe Bianco de La cartuja de Parma de Stendhal. Lo publicado por autores vivos ocupa, por estos días, un espacio cada vez más reducido