Autogoles: tiros por la culata como joyas cinematográficas

pinocho ve teleGermán Carrasco / The Clinic / Hay cámaras que denuncian sin querer queriendo, como decía el Chavo, ediciones que no logran salvar a las personas que aparecen en televisión de declaraciones que en otros países les costarían un juicio o el despido inmediato. Si tuvieran que editarse quedaría muy poco, porque ni siquiera se dan cuenta de sus errores, de su incorrección política, de su ignorancia y falta de tacto. No lo pueden evitar. Eso pasa mucho en televisión. En cine pasa algo similar, pero en un sentido completamente opuesto: a veces la genialidad de ciertos directores logra extraer esa toma precisa en que al actor se le salió involuntariamente, en un gesto muy sutil, la admiración por la belleza de la actriz. El director, con suerte o maestría o ambas cosas, logra captar un gesto inconsciente del actor, detalle que agrega veracidad y matices a la obra. Y que, por cierto, potencia y no denigra al actor.

En el primer caso, el de la TV, hay cámaras que denuncian sin querer hacerlo, que no logran salvar del auto-gol y la grosería filmada a los que aparecen en pantalla. Pero esos errores son, en cierto sentido, obras maestras hechas sin intención: hay mucho cine que analiza estos gestos, estas torpezas delatoras en el póker de la imagen. Farocki analiza en su cine los gestos de una dictadura, o desmonta casi científicamente todo lo que se baraja en la selección de personal en las empresas. El peritaje criminalístico de la imagen, la lectura de gestos en búsqueda de desenmascarar la mentira. A veces los detectives no tienen que ser salvajes: muchas veces tienen que ser fríos para cachar quién y cómo te están mintiendo.

Una talentosa documentalista que trabaja en formato superocho me contó que por filmar escenas que dignificaban a unos trabajadores, ha terminado varias veces en cana. He visto esas imágenes: es una cámara enamorada y no humillante. Quizás con el triunfo del NO, se instaló –y ahora es el turno de la derecha, esa gendarmerí– en los recepcionistas, militantes de base con algún carguito, juniors, burócratas, etc, la cultura del NO. Les habían dicho demasiadas veces que NO los milicos, sus novias, el mundo, los jefes, los dueños de playas privadas, de territorios cercados (“Tiene que pedir autorización para sacarse una fotografía dentro del edificio”). Hemos aceptado vivir de esa manera. Para ver una exposición de arte, para circular por un edificio público hay una serie de trabas, de miradas, de preguntas en un idioma gutural no descifrable realizadas por conserjes o guardias.

Una vez un amigo de referencias críticas de la Biblioteca Nacional me dijo que su jefe sólo contrataba gente de la Universidad Católica. Así se simple. Nadie de otra universidad. Ni currículum ni experiencia que valga. Me pregunto si eso es legal. Esos son trabajos fascinantes y placenteros: revisar incunables, epistolarios, ediciones antiguas. Nadie que no sea de la Católica. Orden de arriba. Punto. Se acabó. Impresiona bastante ver a las niñas de la PUC incómodas haciendo colas en el casino, y al resto del personal que luce como sus sirvientes. Un amigo, un gringo viejo, me preguntó si eran extranjeras. Lo interesante de todo esto es que hay gente metiendo cámara en todos esos lugares, a veces metidas dentro de un envase de papas fritas grande: es divertido ser cómplice y cerrarles el ojo guardando silencio. “No se puee” (sic).

La cámara tiene que reparar en estas cosas, repetirlo lento y enmarcado, sin trucos como ruiditos que intenten imponer prejuicios o silencien o juzguen. Cada vez que hacía zapping y veía a un científico francés o cineasta alemán frente a nuestro Cristián Warnken, me daba cuenta cómo este sujeto les leía, por ejemplo, un pésimo poema ingeniosillo de Rodrigo Lira o J. L. Martínez o altisonante de Anguita, y les hablaba de metafísica o de infinito o de alguna cosa semejante completamente desconectada del tema, y de cómo esos eruditos en ciencias exactas lo miraban entre serios y asombrados, como diciendo: “de qué mierda me está hablando este descerebrado” Recuerdo dos casos muy nítidos: 1) cuando este currutaco le leyó unos disparates, la peor parte de Juan Luis Martínez, a un matemático, y el matemático no sabía qué responder. En otro momento, ese mismo matemático declaró su férreo ateísmo y la cámara se posó sobre Warnken, sobre su mirada nerviosa y la descarga eléctrica de incomodidad, la brusquedad de cambio de tema, fueron –y lo digo muy en serio– una verdadera joya visual. 2) Lo mismo ocurrió cuando entrevistó a Claudio Bertoni; Warnken se esmeraba en sacarle la versión más buena onda y espiritual al poeta de Hong Kong, pero de pronto Bertoni dijo la siguiente frase de Simone Wei:l “los ateos son los que están más cerca de dios”. Otra joya: verle la cara a Warnken, su incomodidad, el electroshock que recibió fue demasiado evidente. Agradecemos de antemano a camarógrafos y editores por semejante autogol de media cancha. Nuestros documentalistas y cineastas, afortunadamente, ya empiezan a reparar en esos momentos antológicos, a trabajar con esa suerte de metraje encontrado.

Es tan burdo lo que vemos en la pantalla de TV cuando la encendemos dos minutos, que podría pasar por ironía. Habría que cambiarle simplemente el título y pasarla por una obra y presentarla a un festival. Duchamp en la entrevista de Pierre Cabane dice que el título es más importante que la obra. Veo a veces –schop y sandwich mediante– algo de tele. El encendido de televisión ha bajado drásticamente, sobre todo en los estratos medios y altos: el target de la televisión es la clase baja. Por ese motivo se deberían hacer hasta talleres al respecto, de cine, en las poblas, en centros comunitarios y escuelas.

Cuando un sujeto de aspecto macho burdo que se andaba agarrando a combos en la calle y que reporteaba de manera ridícula hace un tiempo desde Medio Oriente junto a otro sujeto que dice ser poeta, presentaron un documental sobre el tema mapuche en Chile, la edición fue demasiado obvia; recordaba a las campañas del terror de Pinochet en la franja electoral. Los latifundistas en ese programa salían cosechando y comiendo en familia; y al lonko lo hicieron aparecer afilando un cuchillo enorme, hacían sonar el sonido de la afilación del cuchillo con una piedra con una amplificación exagerada, el trasegar de utensilios en el lugar donde vivía el lonko con su familia para que no se le entendiera lo que hablaba y para dar la impresión de caos, eso y otra serie de trucos, como hacerlo faenar un chancho. Es curioso como el lonko –aunque no cachó los trucos que le montaban– seguía transmitiendo la serenidad de un viejo sabio, sus mujeres hablaban con calma denunciando abusos, sin ansiedad alguna, cocinando tortillas, hablando de cómo habían sido acosadas y torturadas por la policía con sus hijos y bebés como testigos. A pesar de todos los trucos de edición, una lectura en un barucho de Independencia dejaba las cosas en orden. Hasta el chino, vendedor ambulante, hizo su lectura y desmontó lo malintencionado de la edición.

Los autogoles o tiros por la culata son una joya cinematográfica. Sobre eso ya trabajan algunos documentalistas en Chile.