Buen viaje Guillermo Hidalgo

guillermo_hidalgoAndrés Azócar / Director  Periodismo UDP / Cuando murió Walter Cronkite y se levantaron un importante número de monumentos escritos en su honor, volví a sentir un poco de pudor, porque siempre he creído que los periodistas no merecemos homenajes. Lo malo y lo bueno quedará escrito, grabado y digitado: finalmente lo que hacemos es (se supone) porque nos gusta, no para que nos aplaudan ni nos rindan tributo. Sin embargo, la muerte de Guillermo Hidalgo me hizo cambiar de opinión.

Guillermo no encajaba con ninguna de las clasificaciones que tanto nos gustan a los periodistas. No era dogmático, no era académico, no era sútil, no era políticamente correcto, no pontificaba, no se medía y tampoco enseñaba desde un púlpito. Su creatividad era su fuente de vida y su poco gusto por las normas. Era su talento y su rebeldía. Y también era la expresión que permitían jugar como excelente cronista en la Qué Pasa de los 90 y el Reportaje de La Tercera, pero al mismo tiempo convertirse en Chupete Aldunate, dar consejos amorosos como el notable Titán Do Nacimentos y ser el cerebro de una revista como The Clinic.

Siempre lo admiré. Admiré su coherencia, su amor por las historias tristes (Borges era su preferido), su humor infinito, su capacidad de escuchar, su pasión por el periodismo y por ser un creador genial, pero amante del silencio. Guillermo, como decía Beckett, “dejó una mancha en el silencio” a pesar de él mismo. Su prestigio (palabra que probablemente hubiera odiado) se multiplicó a través de todos quienes lo admiramos. Así muchos supieron que fue el editor general de The Clinic, uno de los periodistas claves en la Qué Pasa de Cristián Bofill y el creador de esa joya que es Fibra.

Como todo tipo que limita con la genialidad, era muy imperfecto. Un personaje que Richard Yates hubiera amado. Y su recuerdo estará lleno de esas historias que hacen del “gordo” un personaje para admirar y otras que apenas bordeaban con la cordura. Pero incluso en esos momentos, cuando Guillermo buscaba la soledad, el silencio y su humor perdía la batalla frente a la nostalgia, siempre hubo gente que se saltó sus barreras mentales para darle una mano. Sus amigos, por supuesto. Muchos e incondicionales. Y también Cristián Bofill, probablemente quien más aprovechó el talento del gordo, a pesar de muchas cosas. Esas cosas que para el periodismo más docto son irrenunciables. Pero que al conocer a Guillermo, eran perfectamente lógicas.

Guillermo era un talentoso, un creador, un tipo que probablemente se decía periodista porque era lo que le hubiera gustado hacer por más tiempo y con más espacio. Y un gran motivador. Como profesor le puso el sello a todos sus alumnos, quienes hoy se movilizaron con tristeza por saber si su muerte era un hecho o no. E incluso abrieron un libro de condolencias en Paniko. Guillermo no necesitó decir que había escrito “Lagos: el hombre, el político”, ni los obligaba a leer su blog (guillermohidalgo.blogspot.com), ni tampoco les decía que Fibra era un modelo que les cautivaba a todos los cronistas latinoamericanos. El gordo simplemente les abría la cabeza y los obligaba a hacer lo que a él le prohibían. Es muy extraño que a un tipo así no le llovieran las ofertas de las universidades, pero por suerte, muchos, pero muchos alumnos de la UDP se quedarán con el recuerdo de un periodista notable, talentoso y generoso. Y seguro que serán ellos los que harán perdurar la memoria de Guillermo. Y sólo con eso, seguiremos sintiéndonos orgullosos y honrados de haberlo conocido.