Caso Cerrado Chile”: El terror disfrazado de servicio

FranciscFrancisco Aravena / Wiken / Era cuestión de tiempo. Y pasó bastante: los programas de recreación de juicios orales han sido un éxito desde hace tiempo en la televisión internacional; tarde o temprano iban a tomarse la TV diurna chilena también. “Caso Cerrado” ha sido el programa insignia de Mega en esta batalla de tribunales populares -su anfitriona, la cubana Ana María Polo, es rostro del canal-, de manera que traerla a arbitrar controversias de su público chileno parece un paso natural. Sin duda los asuntos que se exhiben en “Caso Cerrado Chile” son reflejo de problemas reales de gente real; pero aun entendiendo cómo y por qué funcionan esta clase de programas, el espectáculo no deja de ser espeluznante.

Tenemos aquí a una exagerada pseudo jueza que grita, reta, sermonea como telepredicadora cafeinómana y exprime el llanto de víctima o el ruego de misericordia del victimario.

Es en parte una ventana a los problemas de los chilenos; pero es también revelador de la relación que tienen con una televisión paternalista, mesiánica y clasista. En busca de una respuesta a sus demandas, estas personas se ponen a disposición de un canal todopoderoso que les da una suerte de solución a cambio de armar un espectáculo.

Es una transacción que aceptamos tácitamente con la idea de que a fin de cuentas las injusticias sociales encuentran algún paliativo para alguien. Pero en este formato, en la farsa de un tribunal donde quien dicta sentencia se da el gusto de remarcar la desprotección de quienes comparecen ante ella por vía de la humillación, el pacto de pronto no parece tan fácil de tragar. “Caso Cerrado Chile” es un circo del maltrato y la condescendencia, donde quienes cobran la entrada hacen lejos un mejor negocio que quienes terminan en el centro de la pista. Nota 3.0.

 

Francisco Aravena.