Chantólogos en su salsa

comunicación manosLeonardo Sanhueza / LUN / S e supone que los miles de documentos secretos de Estados Unidos que ha estado divulgando el portal web Wikileaks van a causar un fuerte remezón en las relaciones internacionales. Los países, presuntamente habituados a apacibles lazos de confianza, tendrán que volver a ponerse en guardia, atentos al espionaje y a toda clase de planes ocultos, y a la vez contraatacar con sus propios informantes y oscuras maquinaciones. ¿Será para tanto? La verdad es que las revelaciones de Wikileaks son sorprendentes por el hecho de que se produzcan, pero hasta el momento los secretos revelados no son la gran cosa; por el contrario, simplemente comprueban las sospechas de cualquier imaginación más o menos desarrollada: espías, planes macabros, informes detalladísimos sobre las actividades de tal o cual político, etcétera.

Por ahora es muy difícil determinar qué va a pasar con esta ventilación documental. Quizás quede la crema y estalle el apocalipsis, pero, en lo inmediato, el único desastre que se ve en el horizonte es que los amantes de las teorías conspirativas y demás chanfainas fantasiosas estarán de fiesta, sacando pecho y sobándose las manos ante la evidencia de sus voladas. Me parece verlos multiplicarse en los canales de televisión, en los diarios, en las radios, alimentados hasta el hartazgo por ese afrecho informativo y ascendidos de pronto a la categoría de iluminados. El verdadero apocalipsis sería ése: después del triunfo de los nerds, el triunfo de los conspirólogos y sus legiones de numerólogos, esotéricos, gurúes de las pulseritas salutíferas, expertos en salfatología, eruditos en cuestiones vaticanas y, en fin, embolinadores de perdices en general.

Las conspiraciones existen, eso es obvio, pero son harto menos molestas que sus fanáticos y sus estudiosos forjados en blogs truchos y papeles escritos por mentes pueriles o enfermas. Asimismo, si antes yo creía que daba lo mismo que existieran o no los extraterrestres, con el tiempo me he dado cuenta de que es mucho mejor que no existan, no porque les tenga algún temor o reverencia a los alienígenas, sino porque un mero indicio de su existencia fehaciente desataría un huracán de ufólogos del que no nos salvaría ni un kilo de alprazolam: ante semejante invasión, derechamente habría que pegarse un cóctel de dinamita. En cuanto a las religiones, el problema no es que existan o no existan divinidades, sino que las hordas de fanáticos bailarían la resfalosa sobre nuestras cabezas si llegara a comprobarse que existe alguna cosa parecida a lo que dicen sus libros sagrados.

Sepamos o no sepamos lo que hacen los poderosos con sus marionetas, y seamos o no seamos nosotros el blanco de sus terribles maquinaciones nucleares, químicas, sicológicas o económicas, nuestro mundo sigue siendo el mismo y sus demonios cotidianos están a la vista. Los chantólogos no sólo no nos salvarán de ninguno de los grandes poderes, sino que además estarán siempre dispuestos a fregarnos la paciencia con sus tristes espectáculos de risa y credulidad.