Continua debate sobre límites del humor. Opinan reconocidas figuras de la Universidad Católica

 

El Mercurio , domingo 21 de Abril 2019

Canal 13 y la Virgen

domingo, 21 de abril de 2019

M. Elena Gronemeyer F. Eliana Rozas O. Académicas Facultad de Comunicaciones UC
Opinión
El Mercurio

“…la necesaria libertad que demanda la autonomía del proyecto vital de cada uno de los miembros del colectivo coexiste con el respeto a valores que emergen de la convivencia y que la hacen posible…”.
 

Con la misma gran capacidad con que el personaje Yerko Puchento nos ha enfrentado a nuestras hipocresías y pequeñeces, en la rutina que ha sido objeto de discusión en estos días nos ha planteado el desafío de establecer un debate ético sobre los alcances que como sociedad reconocemos a la libertad de expresión en la comunicación social. En esta oportunidad se refirió a la Virgen María, con un nivel de ordinariez que no pasó inadvertido.

No contribuye a la clarificación de estas fronteras el que el director del medio controvirtiera el sentido de la afirmación en una entrevista, donde sostuvo que “la broma viene de la ciudad de Concepción; no de la virgen”, lo que simplemente no es verdad, como es evidente para quien revise la rutina. Tampoco sirve a la reflexión pública que sostenga que el humor “funciona como el benchmark de la democracia”, y que a su respecto “no hay límites”, cuando las democracias más consolidadas son las que continuamente debaten sobre esos límites.

Consciente de los estragos que ciertos discursos terminaron teniendo en ese continente, el Consejo de Europa ha generado un conjunto de recomendaciones para enfrentar el “discurso de odio”, y aquellas formas de expresión que, sin constituirlo por sí mismas, causan ofensa o trastorno. La recomendación general N° 15 sobre la materia refuerza “la importancia esencial de la libertad de expresión y opinión, de la tolerancia y el respeto por la igual dignidad de todos los seres humanos en una sociedad democrática y pluralista”. Y recuerda, no obstante, que esas libertades no constituyen derechos ilimitados y que deben ejercerse sin afectar los derechos de los demás.

La actividad de un medio de comunicación se desarrolla en el espacio público, ese territorio virtual donde, en la idea de Habermas, se desenvuelve nuestra vida social y al que todos tenemos acceso para debatir acerca de las cosas comunes. Ese desempeño público de los medios se hace aún más patente en el caso de uno que, como la televisión abierta, utiliza un bien de uso público, a través de una concesión. De allí que un medio no pueda reivindicar para sí una libertad de expresión que prescinda de esa consideración. La necesaria libertad que demanda la autonomía del proyecto vital de cada uno de los miembros del colectivo coexiste con el respeto a valores que emergen de la convivencia y que la hacen posible.

Es precisamente el carácter pluralista de una sociedad el que demanda que el análisis que orienta las acciones mediáticas no se limiten al contenido (lo que se dice), sino que incorporen una reflexión acerca de la forma en que este puede afectar a personas o grupos de personas.

En la rutina humorística en cuestión, lo controversial no deriva de una alusión a la inmaculada concepción, ni del hecho de que entre los católicos revista el carácter de dogma, el que por cierto cualquiera puede negar o discutir. El problema reside en que la forma de la alusión, por lo vulgar, resulta una ofensa inútil e injusta, para aquellos que creen en él.

Lejos de ir bajando los estándares de sensibilidad en materias religiosas, raciales y de género, nuestra sociedad ha ido, felizmente, subiéndolos. La preocupación, por ejemplo, por el bullying en contextos escolares, y particularmente en las redes sociales, o por el trato a las mujeres en espacios urbanos, son manifestaciones de la convicción de que las expresiones, muchas veces pretendidamente humorísticas, pueden agredir y perturbar a personas y grupos y, de ese modo, alterar la vida del colectivo.

Distrayéndose del dilema, la discusión se ha centrado en un cuestionamiento de las facultades del CNTV. Desde la emergencia de la tecnología digital, la “industria” de los medios enfrenta efectivamente crecientes desafíos editoriales y de supervivencia, que pueden aconsejar una actualización de su institucionalidad. Pero es poco prudente que iniciativas legales de ese tipo sean impulsadas al calor de un “caso”.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *