Crisis terminal de la farándula

Por Rafael Cavada / LND/ Escape libre / Naufragio en un mar de mierda / Tanto especular con rumores y datos falsos, tanta lisonja barata, tanta declaración que sacó portada y portada que sacó contradeclaración, los contenidos se han vuelto tóxicos y llegó la hora del desbande. De sus arremetidas en contra de la prensa, de los supuestos poderes fácticos, de su vanagloria como exponentes de una nueva forma de hacer periodismo, poco y nada queda.

El periodismo de farándula comienza una merecida decadencia. Tanto el cotilleo de viejas conventilleras, destinado a perdurar porque es connatural al ser humano, como también la farándula dura y carnicera. La que tira la piedra y esconde la mano. La de mensajitos en el celular mostrados en pantalla acusando a alguien de algo, en la que gran parte de las veces los textos los envía algún lacayo o asalariado coludido con el canalla de turno. La de los llamados en público a reconocer supuestas homosexualidades, que son ámbito puramente personal de la víctima. La de insultos salidos de bocas sifilíticas y mentes igualmente enfermas.Tres transatlánticos de esta variedad bastarda del periodismo cambian su rumbo. LUN cambia su edición dominical, las últimas tres portadas de su suplemento de espectáculos (suplemento de espectáculos en LUN, esa si que es ironía) se refieren a chismes del ámbito extranjero. Tal parece que la profusión de tetas y culos nacionales no rinde y el público los ha mandado a tomar por ídem. “Glamorama”, su equivalente de La Tercera, se muere. El negocio de promocionar amiguis que pagan con exclusivas de peluquería y datos de burdel ya no es tan buen negocio.

Y el mayor de todos, “SQP”, diezmado primero y descafeinado después, es vendido a Chilevisión. Buen ojo el de Sebastián Piñera, dueño del canal y candidato presidencial. Claro que nada ocurre por altruismo. Ninguno de esos proyectos naufraga por un asunto moral. Se extinguen porque dejan de ser rentables, porque tienen menos avisajes, y en la relación costo beneficio, aquella vieja máxima de la farándula que dice que no importa qué digan de uno, siempre y cuando hablen, no es tan cierta. Pasado cierto nivel, se empieza a preferir, cuando no a necesitar, que lo que digan de uno sea bueno aunque no necesariamente verdad. Algo de eso sabe Rodrigo Danús, cuando vende la marca y el programa.

Pero los heraldos de la opinología pierden su sitial no porque el público se haya vuelto más considerado con las decenas de víctimas que, mereciéndolo o no, buscándolo o evitándolo, han pasado por sus bocas pestilentes. Estos engendros perdieron atractivo por la reiteración en la que incurren y por el fraude que cometieron. A fin de cuentas, el rosario de amantes de algún personajillo, los insultos de baja estofa que intercambien los o las picantes de turno, o las encerronas a los enemigos jurados u ocasionales, terminan por cansar. Y eso ahuyenta avisadores.

Pero la razón fundamental es otra, se han hundido bajo el peso de sus propias mentiras. Porque la única excusa realmente verdadera que tenían los seudoperiodistas dedicados al circo romano, fue que todas estas ejecuciones en la plaza pública eran sólo el primer paso. Que después, por extensión, vendrían los políticos, los empresarios, los poderosos. De eso, nada quedó. El valor, los cojones necesarios para afrontar ese desafío no existen en el mundillo. Porque un programa o publicación de farándula dura es, en esencia, una cobardía y una bajeza. Un espacio donde desnudar los errores y defectos de otro aunque sean demasiado parecidos a los nuestros. Pero sin correr riesgo, sin tener que pasar por el desagradable trámite de mirar al ahorcado a los ojos. Bien protegido por una cámara y una pantalla que alejan a la víctima del victimario, de sus respuestas y en último caso, de sus puños. Y cuando la víctima es alguien que puede tomar su celular y llamar a un amigo, colega o conocido que hace caer el hacha, las cosas cambian.

Y como ejecutivos de fondos de inversión, tanto especular con rumores y datos falsos, tanta lisonja barata, tanta declaración que sacó portada y portada que sacó contradeclaración, los contenidos se han vuelto tóxicos y llegó la hora del desbande. De sus arremetidas en contra de la prensa, de los supuestos poderes fácticos, de su vanagloria como exponentes de una nueva forma de hacer periodismo, poco y nada queda. Probablemente pervivirán, pero ya se sabe quiénes y cómo son. Los buenos (porque hay buenos tipos en esto que procuraron hacer una pega informada sin caer en la adulación o acusación rastrera) se reubicarán. Los otros, al destierro o descafeinados, ya han probado no dar el ancho, no ser capaces de encarar a nadie más fuerte que alguna seudoestrella barata buscando publicidad. Y en ese mar de mierda que crearon, naufragan. //LND