De la plaza al debate televisivo

debate presidencialMario Alfredo Cantarero * / Sala de Prensa / Debate político televisivo, oportunidad para democratizar las propuestas / Antes del aparecimiento de los medios de comunicación masivos, los lugares de encuentro de los ciudadanos eran las plazas, los bares y los clubes de barrio. En estos espacios se conversaba y discutía sobre los fenómenos que más les afectaban en su vida diaria.

Es decir, la forma hegemónica era la comunicación interpersonal. Con la consolidación de los medios audiovisuales, el espacio público se traslada principalmente a la televisión.

El reemplazo por formas de comunicación masiva se da porque estas permiten llegar a más personas en menos tiempo. Comunicacional y políticamente, con este giro se gana en cantidad porque un mensaje llega a muchísima audiencia; pero se pierde en calidad, porque se apagan los fuegos emocionales que generan vínculos sociales a través de la comunicación grupal o interpersonal.

Entiendo que en comunicación política no se pueden añorar aquellas formas de comunicación hegemónicas de épocas pasadas, y estar en contra de las modernas. Las sociedades cambian y las formas de comunicación política también. Pero sí abogo porque las formas de comunicación se evalúen y se utilicen en su justa dimensión, con base a sus fortalezas y debilidades demostradas.

En ese sentido, la relación entre los ciudadanos y la política obviamente se ha debilitado, conforme se han ido asumiendo las tecnologías de comunicación en el quehacer político, al grado de que se han dado reconfiguraciones de los formatos de los discursos y las políticas de promoción propagandística, como está ocurriendo actualmente con la comunicación satelital y el medio Internet.

A este paso de las transformaciones comunicacionales, la tendencia se orienta a un distanciamiento cada vez mayor entre la ciudadanía y lo público. En un contexto de enorme fragmentación política, las opciones parecen cada vez más difusas.

Primero la TV; el contacto personal, “al más no haber”

En El Salvador, los políticos, para acceder al poder o mantenerse en él, en sus estrategias de comunicación política, combinan varias formas de comunicación, entre las que se encuentran la interpersonal, la masiva, la grupal y una diversidad de multimedios.

No obstante, los institutos políticos prefieren los spots televisivos sobre cualquier otra forma de comunicación. Se rebuscan para obtener los recursos necesarios para promoverse en la televisión.

Parten de que este medio es omnipoderoso, todo lo puede con la conciencia y la acción políticas de los ciudadanos, de tal modo que puede cambiar de un día para otro las opciones de voto del elector “indeciso”.

En la mente de los contendores políticos parece que la medida del éxito es tener más espacio en la televisión. Lo contrario, es sinónimo de derrota o fragilidad política.

De igual manera, los analistas políticos también sobrevaloran los medios masivos como la variable que hace la diferencia entre una derrota y un triunfo electoral.

La mayoría de los periodistas que dirigen entrevistas televisivas también promueven acríticamente estas creencias de la influencia directa de los medios masivos en la conducta de los electores.

En la mente de muchos de los políticos y los asesores en comunicación, se consolida la siguiente hipótesis: Mientras mayor es el número de spots televisivos, mayor es la posibilidad de que se obtenga el triunfo.

Consecuentemente, mientras menor es el número de spots televisivos, menor es la posibilidad de obtener el triunfo en las urnas.

De todas maneras, los estrategas publicitarios terminan orquestando el mensaje político en el menú de medios de comunicación masivos, especialmente con los más baratos, como las hojas volantes y los demás minimedios.

Durante los períodos electorales, los medios de comunicación interpersonales, como el contacto cara a cara han sido la opción del “al más no haber”, especialmente en el caso de los partidos políticos pequeños, que no cuentan con muchas fuentes de financiamiento.

Sin creer en su potencia, muchas veces por la falta o mal uso de los recursos financieros, y por la desesperación de ganar más votos que sus adversarios, los candidatos de los diferentes partidos políticos terminan realizando maratónicas caravanas en los mercados, municipios, comunidades marginales y diversos espacios poblados. Allí sonríen y estrechan las manos de los ciudadanos, aunque después de las laven con lejía.

Sin embargo… el contacto personal funciona

El alcalde electo por San Salvador ganó la contienda a Violeta Menjivar en gran parte por el contacto personal que tuvo con las comunidades ubicadas en los cinturones de pobreza de San Salvador.

En su contacto personal les mitigó temporalmente sus miserias con bolsadas de frijoles y arroz, les ahorró pintura y les vendió esperanzas de cambio. Se comprometió a colaborar en la superación de sus paupérrimas condiciones de miseria, luego de que asuma la silla edilicia.

En la balanza de la efectividad, esa estrategia de comunicación interpersonal tuvo mayor impacto en las comunidades, sin duda, que las entrevistas periodísticas en televisión, en las cuales por cierto se vio muy mal por su actitud de prepotencia y maledicencia frente a la candidata efemelenista.

Ante el debate televisivo, retos y evasivas

Además del contacto personal, existen otras formas de comunicación con mucha efectividad, se trata del debate televisivo. Aunque el debate está mediado por la televisión, este permite una proximidad con los electores, porque representa y simula una escena cotidiana entre dos adversarios de carne y hueso, que se relacionan, que se miran, se contradicen, se molestan y se respetan. Es decir, personas; no ficciones de los relatos audiovisuales de publicidad.

Se parece muchísimo al debate del centro universitario. La presencia de periodistas connotados o especialistas en las temáticas en discusión, dan prominencia y credibilidad al formato.

Por estas bondades en España, Francia, Estados Unidos, en Italia, el debate se convierte en una obligación de los candidatos contendores ante la opinión pública, donde los candidatos son interpelados sin tapujos sobre los temas de interés de los ciudadanos.

A pesar de la fortaleza y la universalidad de este tipo de comunicación, en El Salvador no tiene la misma acogida entre los candidatos a la presidencia.

Su posibilidad de realización está sujeta a las actitudes políticas de los candidatos. Mauricio Funes, quien lleva la ventaja en las encuestas y el partido que lo promueve, desafía a Rodrigo Ávila y lo denuncian por la actitud de cobardía de no aceptar.

El candidato del actual partido en el poder, no accede al desafío de Mauricio Funes, por temor a “perder” algunos puntos de intención de voto en el camino. Argumenta que no tiene sentido debatir individualmente. Prefiere que discutan las fórmulas. No obstante, no le ve importancia, pues, según él, anda debatiendo con la gente, conociendo sus problemas.

Candidatos a las alcaldías dieron el ejemplo

Previo a las elecciones para Concejos municipales de las ciudades más importantes del país (San Miguel, San Salvador, Santa Ana, Santa Tecla, Soyapango, etc.), los candidatos a alcalde por los diferentes partidos debatieron en programas televisivos, en los canales 33,21 y los de la Telecorporación.

Estos fueron reproducidos por noticieros, comentado por radio, evaluado en los diarios y revistas. Es decir, que por más que el debate en sí no haya sido seguido por millones de personas, generó repercusiones que excedieron a quienes lo miraron completo.

También algunas radios comunales organizaron debates entre los candidatos a los concejos municipales con la ayuda de instituciones locales, como ocurrió en Zaragoza. Radio Bálsamo, con la colaboración de la parroquia de la Virgen del Pilar, realizó un debate, en el que participó el vecindario, y lo transmitió en directo.

Un plató comunicativo con pimienta democrática

Con el aparecimiento del debate público a través de la televisión en el menú político, se instaura otro elemento en el proceso de instauración democrática. Este tiene una doble significación para El Salvador: una política y otra comunicacional.

Significación política en el sentido de que el mercado electoral se enriquece, en la medida que se introducen mayores volúmenes de información como insumo para la decisión del elector.

No se trata ya solamente de vender al candidato como una hoja de afeitar, sino como una persona que tiene propuestas para solventar los problemas que agobian a la población salvadoreña, con las que pretende convencer racionalmente para que emitan el voto en su favor.

Esto motiva la actitud de elaboración de propuestas programáticas novedosas y atrayentes para la población. Asimismo, viables de acuerdo a los recursos con que cuenta el estado.

Esta viabilidad pragmática es un punto importante, porque en el transcurso de esta campaña se ha ofrecido más de lo que un alcalde, un diputado o un presidente puede dar en el ejercicio de su función pública, en un contexto nacional e internacional adverso, quebrantado por la recesión económica mundial.

Esta modalidad de comunicación política establecerá un antecedente histórico: en las posteriores contiendas electorales será una obligación debatir sobre los problemas y las posibles soluciones para este país.

Tiene significación comunicacional, porque se introduce una forma fresca en la oferta mediática, en donde se media para articular más activamente al sistema político entre sí, entre este y las diferentes instituciones sociales, con más dinamismo donde existe más participación de los salvadoreños a través del acceso a los medios de comunicación.

Esta modalidad, a mi juicio, se constituye en un contrato político entre el postulante y la sociedad, que de no cumplirse, por motivos personales o partidistas, cerrará más las posibilidades de acercamiento entre el sistema político actual y la población.

Contrato que de no cumplirse en el ejercicio del poder, seguramente tendrá consecuencias negativas en las próximas elecciones, con votos de castigo. Esta es la constante del comportamiento de los ciudadanos, cuando los funcionarios no cumplen con sus promesas de campaña.

En la memoria de los ciudadanos, los debates políticos televisivos dejan huella, porque permiten ver a los postulantes confrontando entre sí, escuchar las ideas de cada uno, contrastarlas, evaluar su solidez frente a los embates del adversario. Y fundamentalmente, les posibilita conocer un poco más al candidato en cuestión en su habilidad para responder a las interrogantes de los especialitas.

Franqueza y consenso en la discusión

Es tiempo de que, ante unas históricas elecciones, Rodrigo Ávila y Mauricio Funes se sienten y hablen ante nosotros los ciudadanos salvadoreños acerca de los puntos neurálgicos en las diferentes áreas de la vida nacional, como la seguridad, la justicia, la pobreza, la recesión económica, el desempleo, la violencia, etc.

Sin las limitaciones del spots televisivo, que hablen con franqueza sobre el diagnóstico que tienen del país y de las acciones que harían para superar los problemas que afectan a 5.7 millones de salvadoreños.

Un debate de tal calibre sería oportuno y conveniente para el desarrollo de nuestra frágil democracia, porque en esta sociedad el ciudadano solamente tiene referencias extremadamente limitadas sobre las propuestas de los candidatos, difundidos a través de discursos atomizados, sin coherencia y plagados de la estética del espectáculo de los spot televisivos y las cuñas radiales.

En este sentido, el debate generaría expectativas nacionales, de tal modo que los electores desinteresados (30 ó 37% de la población votante) no tendrían otra excusa para no participar en las elecciones. Este formato tiene un intenso sentido de verosimilitud y credibilidad para los ciudadanos, con lo cual invita a cualquier individuo a la acción política.

En este sentido, en lugar de las estrategias fundadas en propaganda negra y de desprestigio que se están manejando en la televisión e Internet, un duelo cara a cara por televisión ofrecería más garantías para la credibilidad política de ambos candidatos.

Para un debate televisivo creíble y confiable

Para garantiza el éxito del evento, evitar los desbalances y las malas interpretaciones sobre su uso, hay que tener en cuenta algunos aspectos comunicacionales, y lo más importante, para que sea de provecho para que los electores adquieran mejores criterios para el día de las votaciones para presidente.

Para certificar la confianza en los candidatos y credibilidad en los ciudadanos, habrá que tener en cuenta el formato de realización, la negociación previa y las reglas del juego.

En cuanto al formato, deben estar definidos los tiempos del discurso y los de respuesta en la interlocución. Los temas y las preguntas sobre los mismos deben ser formulados por un equipo de especialistas independientes de las diferentes áreas de las que se tratará en el debate. Estos mismos son los que harán las preguntas el día del evento. Asimismo, deben fijarse los momentos de interacción entre ambos candidatos, sin que haya interrupciones o maledicencia.

La negociación previa es de suma importancia. Desde el debate Kennedy-Nixon en 1960, el consenso previo sobre la modalidad y las reglas del juego es una acción política imprescindible, para evitar malos entendidos entre ellos y para que cada uno tenga la suficiente confianza de todo lo que ocurrirá en el evento.

En esa perspectiva, las reglas deben ser inteligentemente negociadas por los equipos de campaña. Durante el evento, el moderador del debate debe vigilarlas celosamente y con sólido carácter, para evitar que sean violadas, o el evento se degenere a la hora de la transmisión, como ha ocurrido algunas veces en la emisión 59” de la TVE.

Para servir de modelo de respeto, negociación y cumplimiento de normas consensuadas, el debate debe estar fundamentado en una moralidad que garantice la veracidad y la cortesía entre los candidatos. Estos deben comprometerse públicamente que serán responsables con sus afirmaciones y que los datos que manejen sean comprobables.

Ante todo, debe prevalecer el respeto al adversario, con la cortesía y tolerancia como regla fundamental de comportamiento.

El Salvador no es un país que esté acostumbrado a los debates políticos televisivos. Mientras que en otros lugares del mundo es una práctica casi obligatoria, aquí sólo se ha dado entre los candidatos a concejos municipales.

Pero debe promoverse, para bien de la cultura política del país y del desarrollo de la democracia. Es necesario que los debates se institucionalicen, de manera que se lleven a cabo no sólo en elecciones para diputados y concejos municipales, sino también para las presidenciales.

Democracia audiovisual para la nación

Además, reitero que el debate televisivo es un importante escenario político, por ser el medio preferido por excelencia de toda la población salvadoreña, como lo enfatizan los estudios de preferencias mediáticas.

Asimismo, estamos ante el fenómeno de la democracia audiovisual, como se puede apreciar en los enormes volúmenes de publicidad gubernamental tanto a nivel nacional e internacional.

Por ser la consentida de los salvadoreños y un elemento esencial de nuestra cultura de información y entretenimiento, tiene la capacidad de construir el vínculo entre candidatos o funcionarios y votantes o ciudadanos, es necesario que los políticos salvadoreños puedan comunicarse con los ciudadanos, exponer sus ideas y confrontar con sus rivales.

Con esto ganaría, definitivamente, todo el pueblo salvadoreño.

——————————————————————————–

* Mario Alfredo Cantarero es profesor e investigador de la Facultad de Ciencias Económicas, Universidad Francisco Gavidia, en El Salvador, y colaborador de SdP.