Debates presidenciales: matrimonio sin sexo

arturo arriagadaArturo Arriagada / antimedios / Se acercan los debates presidenciales. Pero no se entusiasme. Como en el pasado, las versiones 2009 probablemente sucumban ante las condiciones de candidatos y comandos para evitar que se consuma el real intercambio de ideas.

En Chile los debates presidenciales son como un matrimonio sin sexo, los candidatos se juntan pero no discuten. Siendo una oportunidad para el intercambio de ideas, los debates se han transformado en monólogos cuoteados por candidatos, comandos y los canales de televisión que los transmiten. Para encender la pasión -y en la medida que incluyan la participación de los ciudadanos a través de las nuevas tecnologías- los actuales candidatos a La Moneda tienen una oportunidad de organizar verdaderos debates que se hagan cargo de las demandas ciudadanas por una mayor representación en la deliberación de los asuntos públicos.

En democracias representativas como la nuestra, los debates presidenciales son fundamentales para candidatos y ciudadanos. Como en una entrevista de trabajo, los candidatos pueden dar cuenta de su experiencia, habilidades y proyectos en caso de ser elegidos. En tanto, los ciudadanos encuentran una oportunidad para obtener información y así decidir su voto. Al ser los medios de comunicación el principal canal de interacción entre políticos y ciudadanos, los debates encuentran en la televisión un espacio natural donde desarrollarse.

En principio, esta instancia de deliberación prometía conectar las preferencias ciudadanas con los asuntos públicos, mientras los candidatos comunicaban sus mensajes a millones de potenciales electores. En Chile eso no ha ocurrido y los debates sucumben ante un formato rígido y poco transparente. Por una parte, los candidatos controlan el mensaje al establecer condiciones que atentan contra el objetivo esencial del debate. Por otra, los ciudadanos no pueden enviar preguntas ni presentar quejas ante alguna entidad que regule la realización de estos encuentros. Por ejemplo, en Estados Unidos hay una organización independiente (Commission on Presidential Debates) que se encarga de producir los debates y de realizar estudios para mejorar su efectividad.

Cuando internet y la política empezaron su romance hace ya unos 10 años se prometieron mutuamente fomentar la participación ciudadana. Los optimistas de esta relación veían en la Red la posibilidad para que ciudadanos y políticos impulsaran cambios sociales a través del intercambio de información. Los pesimistas consideraban que -además de disminuir aún más la calidad del debate público- el acceso a internet limitaría las posibilidades de participación política. Un poco antes del triunfo de Barack Obama -el ahora ícono de los optimistas- los gigantes mediáticos CNN y YouTube organizaron un debate entre los candidatos demócratas y republicanos que corrían por obtener la nominación de sus partidos. El mundo vio por televisión cómo uno a uno respondían las preguntas de 30 segundos que ciudadanos comunes y corrientes subieron en video al sitio web. Era la convergencia de medios -televisión más internet- forzando los límites de la democracia representativa.

Pese a ser promocionado como una revolución política, este experimento político-mediático-ciudadano no logró estar a la altura de las expectativas que generó. En vez de emitir las preguntas más votadas en YouTube -uno de los grandes atractivos del nuevo formato- CNN a última hora eligió bajo sus propios criterios editoriales qué preguntas calificaban para ser presentadas en el debate. La hiperdemocratización pareció ser sólo una efectiva estrategia de marketing. En el debate demócrata los ocho candidatos contestaron 38 preguntas de 3.000 videos subidos a YouTube, mientras que igual número de candidatos conservadores contestaron 31 de 4.927 videos.

Desde el punto de vista de la participación, los debates de CNN y YouTube crearon un incentivo para que los ciudadanos -especialmente los más jóvenes- se interesaran en la campaña electoral y discutieran sobre las candidaturas de una manera asociada a sus prácticas cotidianas como el uso de YouTube. Por ejemplo, de los 2,6 millones de personas que vieron el debate demócrata, 407.000 tenían entre 18 y 34 años.

Al mismo tiempo, los debates lograron promover una instancia para el accountabiity político, donde ciudadanos y candidatos establecen vínculos de reciprocidad respecto a sus acciones y omisiones a través de un simple video. Aunque la decisión de CNN de omitir el criterio de los videos más populares fue también una señal que el nivel de discusión online no siempre está a la altura de las circunstancias. Es cosa de revisar los comentarios de blogs para tener una noción.

Hasta ahora, todos los candidatos presidenciales chilenos han confirmado su participación en el primer debate de estas características en el país, organizado por el portal Terra y Radio Cooperativa. Es de esperar que no echen pie atrás a último momento y que los organizadores tomen en cuenta la experiencia de CNN y YouTube, especialmente la relacionada con los límites y expectativas de la participación online. A seis meses de la elección, los candidatos presidenciales no pueden rehuir de un debate donde el intercambio y deliberación de ideas interprete la necesidad de diálogo entre ciudadanos y no sólo entre miembros de la elite.