Desde una política de medios a una política de comunicación

internetClaudio Avendaño Ruz / UDP  / ¿5 de diciembre? ¿O 29 de octubre? Estas dos fechas son las que se disputan el nacimiento de internet. Respecto al año, hay acuerdo: 1969.

En la primera se conectaron tres nodos de universidades y sólo dos en la segunda, la diferencia está en si fueron dos o tres los computadores en red que constituyeron la base del dispositivo que hoy es central en nuestras vidas. Si bien el nacimiento de internet está ligado a un proyecto militar (Arpanet), fueron las universidades y las empresas las que conformaron el espacio en que se desarrolló.

En estos 40 años se han hecho transformaciones evidentes en la red. Su historia es rica en cambios y pareciera que la mutación es su cualidad esencial (www.youtube.com/watch?v=nQqDNBcAsO4). Su seducción primaria es que permite procesar información, trabajar sobre y con ella, no es sólo un dispositivo para recibirla o emitirla, como lo fueron el telégrafo y otros medios del siglo XX.

Es probable que muchas personas estén leyendo estas líneas conectadas a internet, también hay muchos otros que no pueden hacerlo, sea por dificultades de acceso, porque no han desarrollado las habilidades y/o no tienen motivación para hacerlo. Implica inclusión y exclusión, un doble movimiento que permite a algunos disponer de información, aunque para otros sea un paisaje aún ajeno. Por esto, muchos países han realizado esfuerzos públicos en pos del acceso a internet, porque es una condición indispensable para acercarse al modelo de desarrollo de la sociedad de la información.

En Chile son significativas y múltiples las iniciativas, desde el Programa Enlaces del Mineduc, pasando por el Registro Civil, hasta el fomento de infocentros en sectores urbanos pobres o comunidades rurales alejadas de los “polos urbanos”. Según cifras internacionales, estamos bien al menos a nivel del vecindario, pero queda mucho, en especial para incluir no sólo esfuerzos del Estado y privados, sino de la sociedad civil y la ciudadanía.

En la sociedad de la información no basta con tener acceso a las tecnologías de la información (TI), hay que manejar las habilidades comunicativas para usarlas en función de nuestras propias vidas. Se debe disponer de conocimientos para procesar información, no sólo recibirla, debemos poder expresar nuestros puntos de vista o necesidades. Y esto no es pura tecnología, implica manejar los recursos más amplios de la comunicación. La comunicación mediada se ha transformado en parte vital desde que nos despertamos con el celular hasta que apagamos la televisión para dormir.

Las nuevas narrativas no han surgido en espacios tradicionales, como cine, televisión o libros. Han emergido de las necesidades de narrar el mundo a través del lenguaje multimedial. Gran parte de la innovación en comunicación nace o está asociada al mundo digital. Casos tenemos muchos, desde el stop motion hasta la performance tipo flashmob, pasando por medios como Paniko (www.paniko.cl). Probablemente usted tenga sus ejemplos.

Pero existe un espacio de la vida pública que no aparece con fuerza: nuestra política de comunicación. Seguimos anclados en decisiones de inicios de los ’90, de los albores de la democracia que vivimos. No obstante, no sólo el estatuto vivencial de la comunicación ha cambiado estructuralmente por la inclusión de internet y las TI, sino porque lo simbólico/cultural es cada vez más importante para entender la vida. Por ejemplo, en la métrica de la estratificación socioeconómica no basta con incluir aparatos o servicios tradicionales, es necesario dar cuenta del estilo de vida, las formas de consumo pueden variar significativamente, aunque la base “material” sea la misma.

La comunicación se ha convertido en un componente básico del diario vivir, y los terrenos en que se desarrolla son múltiples. Hasta hace algunos años los medios masivos eran el subsistema exclusivo de la comunicación, hoy son una parte de la dimensión comunicativa. Actualmente se-hace-comunicación en las escuelas, radios comunitarias, centros de acogida para víctimas de la violencia machista, en las organizaciones en que trabajamos, en fin, son innumerables los espacios comunicativos.

Desde los ’90 hasta la fecha ha cambiado la comunicación, pero la política de comunicación conserva su cara antigua. Y no estamos hablando de los esfuerzos de la Subsecretaría de Telecomunicaciones para fomentar el acceso y uso de las TI u otras acciones puntuales del Estado, sino a una política de comunicación para el siglo XXI, que supere la anterior política de medios. Estamos hablando de fomentar una democratización de las comunicaciones para una ciudadanía nueva, que vive conectada y creando narrativas. Una política de comunicación que, además, no se centre en el aparato, sino en el ser humano como sujeto que entiende el mundo mediante infinitos lenguajes.

Es una lástima que en la campaña presidencial solo escuchamos hablar de más o menos computadores y no de una nueva política de comunicación… Todavía hay tiempo, siempre hay tiempo… aunque debamos correr.