Dorothea Lange: La retratista de la Gran Depresión

 

Juan Francisco Somalo / El Sábado / Dorothea Lange, junto a otros fotógrafos captó la mirada de la miseria, el desempleo y la desesperación de aquellos años. 

Este mes se cumplen 79 años del jueves negro de Wall Street, fecha que marcó uno de los mayores desplomes bursátiles que el mundo recuerde. Era octubre de 1929 fecha que hoy, en medio de una crisis bursatil de secuelas aún insospechadas, se ha convertido en un fantasma que vuelve del pasado. Hace casi 80 años, la economía estadounidense colapsó, cientos de empresarios quedaron en la bancarrota y miles de norteamericanos lo perdieron todo. Las regiones agrícolas fueron las zonas más afectadas por la crisis. En 1934, una de las iniciativas que tomó el gobierno de Franklin Delano Roosevelt, a través de la Farm Security Administration (FSA), fue la de reclutar a un grupo de reconocidos fotógrafos para que recorrieran el país, registrando la pobreza y la hambruna que vivían los ciudadanos comunes, para que los ciudadanos comunes tuviesen conciencia y pudieran darles ayuda, Dorothea Lange fue una de ellos.

La vida de Dorothea Lange no fue fácil. Nació en 1895, en una familia de inmigrantes alemanes de New Jersey. Cuando cumplió 7 años contrajo poliomielitis, enfermedad que le dejó una cojera para toda la vida.

Pese a la oposición familiar ?su madre quería que fuera profesora? Dorothy Lange aprendió fotografía y en 1918 se fue a vivir a California. En San Francisco abrió un estudio de retratos. Ahí conoció a su primer marido, Maynard Dixon, un famoso artista local 20 años mayor que ella y quien fue el primer inspirador de su trabajo. Mientras él pintaba acuarelas de los últimos indios y vaqueros, Dorothea Lange se iniciaba en el registro de la fotografía. Esas imágenes se convirtieron en el preludio de su trabajo documental.

Tras 15 años de matrimonio, se divorciaron. Poco tiempo después Dorothea se volvió a casar, esta vez con Paul Schuster Taylor, un economista especializado en temas agrarios, y profesor de la Universidad de California. Él fue la persona que le hizo tomar conciencia de la pobrísima situación en que debían sobrevivir miles de granjeros, temporeros y campesinos en aquella Norteamérica profunda, distante de los polos más industrializados. Es ahí cuando ella descubre su vocación de denunciar por medio de las imágenes el padecimiento de los desamparados. Su nuevo matrimonio, en 1935, coincide con el llamado del Presidente Roosevelt a fotografiar la Depresión.

Dorothea Lange siempre cargaba su aparatosa Gráflex, que más que una cámara fotográfica, parecía un cajón de cervezas, pero la fragilidad femenina y los resabios de la polio nunca fueron obstáculo para desarrollarse en el registro de imágenes, que hasta entonces estaba sólo reservado para hombres. Junto a su marido, durante casi cinco años viajaron por las regiones más afectadas por la crisis: visitaron pueblos desconocidos en Alabama, Texas, Oklahoma y Arizona, encontrando siempre lo que abundaba en todas partes, hambre, incertidumbre y desesperación.

Ambos eran un equipo. Mientras Dorothea realizaba el trabajo gráfico, Paul hacía las preguntas y entrevistaba, y luego escribía los pies de foto. Durante aquellas interminables jornadas ambos se prometieron hacer un registro completo de aquella desgracia, para que las futuras generaciones conocieran todo lo que estaba sucediendo y nunca volvieran a repetir los mismos errores: en el país más rico del mundo, la gente no tenía que comer.

Después de recorrer varios kilómetros por solitarios caminos Lange se encontró con la escena que marcaría su carrera. Saliendo del pueblo de Nipomo, en California, descubrió a una mujer sentada junto a sus siete hijos bajo un improvisado toldo a la orilla de la calle. Al más pequeño de ellos aún lo amamantaba. Instintivamente se acercó al grupo y empezó a obturar. Pudo tomar cinco cuadros, pero sólo uno de ellos fue el que logró captar la esencia de esa época trágica y no tan lejana. En la imagen aparecía la mujer sosteniendo su guagua mientras dirigía la mirada hacia un costado.

Según contó Dorothea Lange años después de captar esa escena, “No le pregunté su nombre ni su historia. Ella me dijo su edad, 32 años. Me dijo que habían vivido de vegetales helados de los alrededores y de pájaros que los niños mataban. Acababa de vender los neumáticos de su auto para comprar alimentos. Parecía saber que mi fotografía podría ayudarla y entonces me ayudó. Había una cierta equidad en esto.”

Nunca más se volvieron a ver, pero sin saberlo las dos se habían inmortalizado.

En su registro, Lange tomó más veinticinco mil fotos . Parte de ellas sirvieron para editar el libro “An american exodus, a record of human erosion” que publicó con Paul Schuster Taylor. Las imágenes fueron fundamentales para testimoniar los largos años posteriores al crack del 29, junto a otros reconocidos fotógrafos como Walker Evans y Jack Delano.

Muchas de esas imágenes forman parte de la muestra permanente del Congreso de Estados Unidos.

Las ansias de fotografiar de Dorothea no terminaron nunca . Sólo fueron apagadas por el cáncer en 1965.

*Juan Francisco Somalo es fotógrafo de El Mercurio desde 1985 y periodista de la UNIACC.