Editores complacientes

editores de mediosObservatorio / Donella “Dana” Meadows, científica ambiental, pionera y escritora norteamericana, que escribía semanalmente una columna llamada “El ciudadano global”, nominada al Pulitzer en 1991, cuestiona, en el siguiente texto, la lógica de los editores de medios. Meadows analiza ciertas características de ese gremio que afectarían la  posibilidad del periodismo de tratar los temas con una mirada profunda, sin prejuicios y de largo plazo.

Por Donella Meadows

He llegado a conocer al menos cincuenta editores de diarios. Son gente bien informada. Leen cuatro o cinco periódicos al día; los editores de las páginas editoriales leen cuando menos veinte columnas de opinión al día. Es gente disciplinada, productiva, y ágil con las palabras. Gente organizada. La mayoría respeta ciertos estándares de ética profesional en asuntos como evidencias sobre los hechos, equilibrios, veracidad y el derecho del público a conocerlas. Por encima de todo, se preocupan por la sociedad y la democracia, y por las corrientes informativas que mantienen a una comunidad y a una nación unidas.Como todos los demás, sin embargo, los editores de prensa están inmersos en un sistema cuya estructura, cuyos premios y castigos, determinan su comportamiento; y no siempre para bien. Las empresas para las que trabajan fabrican diariamente un producto bajo un programa estrictamente elaborado, lo cual no propicia la reflexión cuidadosa. Son empresas comerciales que buscan captar publicidad, cautivar al público y generar ganancias. Hay mucho espacio disponible todos los días, y la competencia por ese espacio es intensa.Todo lo que he dicho de los periódicos es aun más cierto en la radio. El resultado es una serie de características que todos conocemos: el estándar y la serie de críticas generalmente precisas sobre los medios.

• Se concentran en el evento; reportean superficialmente los acontecimientos y no reparan en las estructuras subyacentes.

• Son cortoplacistas; producen noticias sensacionalistas y después las abandonan. No observan los fenómenos de manera cuidadosa y a largo plazo (ignoraron el efecto invernadero durante décadas, hasta que hubo sequía en el Medio Oeste).

• Son instintivamente gregarios: enviarán a 1.500 reporteros a una convención política, pero ninguno asistirá a la presentación de una política ambiental crucial.

• Los atraen las personalidades y autoridades; no les interesan las personas de las que no han oído hablar.

• Para cumplir con las limitaciones de tiempo y espacio, simplifican los temas. No toleran la incertidumbre, la ambigüedad, los sacrificios o la complejidad.

• Son escépticos; les han mentido y los han manipulado tan a menudo que no le creen a nadie. Son cínicos y en ocasiones irritan a la gente que les está diciendo la verdad.

• Tienden a deformar la verdad para cuadrar su historia y, así, no ven el mundo tal como es (varias veces viví la frustrante experiencia de ser entrevistada por un reportero que no quería escuchar hechos que contradijeran «su historia»).

• Aman la controversia y creen que la armonía es aburrida; ven el mundo como una serie de situaciones antagónicas del tipo perder/ganar, correcto/incorrecto. Les atrae el conflicto y las cosas que no funcionan; no hacen caso de las cosas que sí funcionan.

• Son muy conservadores; aunque les gusta pensar que son duros e inflexibles, en realidad solo denuncian asuntos marginales para la sociedad. La mayor parte de las veces, por lo general inconscientemente, defienden el statu quo y en verdad se resisten a las nuevas ideas.

• También inconscientemente, informan a través de los filtros de la inutilidad, la imposibilidad, el cinismo, la pasividad y la aceptación. Reportan problemas, no soluciones; obstáculos, no oportunidades. Sistemáticamente niegan su poder y el de su audiencia.

(Texto sacado del blog -www.hijodelmedio.blogspot.com-  del periodista Andrés Azócar, director de la Escuela de Periodismo de la Universidad Diego Portales)