Editorial de La Tercera insiste en que la autoregulación de la TV basta para mejorar la calidad

Compartimos a continuación la Editorial de La Tercera de este lunes  3 de Junio sobre la calidad de la TV, en el cual se expresa la preocupación por el descontento ciudadano por  la mala calidad de la oferta televisiva, y donde se  desestima la regulación para elevar los estándares de calidad por considerarse una amenaza  a los principios de la libertad de expresión.

Contradictoriamente a este planteamiento anti regulatorio, la editorial  funda su inquietud por la en la gran cantidad de denuncias ciudadanas interpuestas ante el CNTV, es decir, en la apelación al mecanismo de  regulación existente que permite al CNTV sancionar a los canales por no cumplir con el correcto funcionamiento de la TV.  Y es justamente la precisión y ampliación sobre este correcto funcionamiento lo que se buscó  corregir en la nueva ley de TV digital; y no el fin del people meter on line como menciona  la editorial.  

Por otra parte,  es importante corregir un error que se comete en esta editorial sobre la prohibición del people meter on line – prohibición de la medición del rating de manera simultánea a los programas con el objeto de que los canales no alteren sus programaciones de acuerdo a los niveles de rating que están obteniendo-,  porque si bien el Tribunal Constitucional protegió el derecho de los canales de realizar la medición del rating, en la redacción final de la ley aprobada sí se  introdujo la prohibición del people meter simultáneo permitiéndolo  sólo 6 horas después de la difusión de los programas, lo cual no afecta el legítimo derecho de los canales de conocer sus niveles de audiencia.

Creemos que  la editorial de La Tercera comete el error de confundir libertad de expresión con libertad de negocio: la libertad de expresión no se restringe con una regulación destinada a mejorar la calidad de la TV, sino que  cuando son unos pocos los que tienen la posibilidad de expresarse a través de los medios masivos, como es el caso actual en que todos los canales tienen una oferta  esencialmente comercial  que busca atraer audiencias masivas,  marginando de los medios una gran cantidad de contenidos y voces. La libertad de expresión, por tanto, requiere ser garantizada  a través de una legislación, independientemente de la autorregulación de los operadores que es siempre deseable y muy raramente realizada, tal como señala la nota.

Consideramos que  los sectores que llaman a la “autoregulación” de la TV, debiesen hacerlo también respetando también el  valor democrático de la libertad de elección de los televidentes, quienes en la actualidad  no tienen mayores opciones más que elegir  entre realitys, farándula, programas burdos de humor y otros que se mencionan en este mismo artículo, los cuales tienen muy descontentos a los auditores, no así a los canales que insisten con ponerlos en sus parrillas.

Editorial La Tercera, 03/06/2013

Discusión sobre la calidad de la televisión

Los canales deben poner atención a las reiteradas denuncias contra algunos de sus contenidos, porque ello denota inquietud ciudadana sobre su programación.

EL INCIDENTE que se produjo recientemente en un programa de televisión, a propósito de un desafortunado chiste que ofendió gravemente la sensibilidad del pueblo judío, vuelve a poner en debate la calidad de los contenidos televisivos, aspecto donde el panorama parece poco alentador a la luz de la gran cantidad de denuncias que ha recibido el Consejo Nacional de Televisión, y de la opinión negativa que existe en el público al respecto, según se desprende de distintos sondeos. El ejercicio de la libertad de expresión no debe servir de excusa para justificar el uso de lenguaje grosero, ofensas a las personas, violencia innecesaria y truculencia, los cuales se han extendido en la programación televisiva, sin que hasta ahora se advierta una clara voluntad de los canales por considerar y corregir esta situación.

La televisión juega un rol muy relevante en la vida de las personas. Según la última Encuesta Nacional de Televisión (2011), en Chile casi el 100% de los hogares cuenta con un televisor -el promedio por hogar son 2,7 aparatos-, y en promedio los chilenos destinan alrededor de cuatro horas diarias a ver TV (dos horas y media a la TV abierta y el resto a la de pago). Más del 90% de la población recurre a ella para informarse de lo que ocurre, y continúa siendo una importante instancia de reunión familiar. Este alto nivel de penetración le otorga a este medio una gran influencia para plasmar conductas, modas, hábitos y opiniones, lo que obliga a cuidar sus contenidos; por lo mismo, convendría no desatender el antecedente de que, por ejemplo,  más del 50% de los chilenos piensa que hoy la televisión no influye positivamente en los niños.

El análisis no puede ignorar que la televisión se mueve en un ambiente muy competitivo. Ello obliga a los canales a innovar y probar nuevos formatos, lo que ha generado indiscutibles efectos virtuosos para la audiencia. Es innegable, por ejemplo, que los canales han mejorado notablemente la calidad técnica de sus señales, y en torno a ellos ha crecido una industria altamente profesionalizada. Resulta evidente que es un desafío lograr una programación que compatibilice el apego a la calidad de contenidos con lo comercialmente atractivo. Quizás uno de los ejemplos más paradigmáticos es el formato de los realities, el que, si bien acapara altos niveles de audiencia, ha sido objeto de múltiples reclamos ciudadanos ante el Consejo Nacional de Televisión (CNTV). El aumento de las denuncias de la ciudadanía en contra de la calidad debe ser una voz de alerta para conjugar adecuadamente ambos objetivos. Las cifras del CNTV indican que en 2012 recibió más de 4.000 reclamos -en 2011 fueron 1.500-, mientras que más del 80% de las sanciones que el organismo aplicó a canales de TV fue por transmitir programación para adultos en horario de menores.

El aumento de las denuncias y el mayor número de multas cursadas por el CNTV ha llevado a que algunas voces vean en la intervención de la autoridad y el legislador la manera de corregir estos problemas.  Ello fue evidente en el proyecto sobre ley de TV digital, donde una moción parlamentaria buscó prohibir el mecanismo del people meter online, lo que fue oportunamente desestimado por el Tribunal Constitucional. Recurrir al intervencionismo sería un retroceso para la libertad de expresión, pero en cambio cabe apelar a que en el libre ejercicio de la libertad editorial y comercial que asiste a los canales exista una mayor voluntad para acoger estos reclamos y corregir los problemas detectados, lo que sería un importante primer paso para elevar los estándares televisivos.

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