El discreto encanto del poder

peña carlosCarlos Peña / El Mercurio / Uno de los desafíos del periodismo es que debe relacionarse con quienes ejercen el poder (de otra manera habría información que quedaría fuera de su alcance); pero, al mismo tiempo, hacer su escrutinio crítico (esta es una de las razones por las que se considera que un periodismo independiente es básico para la salud de la democracia).

En otras palabras, para ser el cuarto poder -como lo llamó Burke-, el periodismo debe tomar distancia de todos los otros poderes.

Así, quienes ejercen el oficio deben ser capaces de vincularse con políticos, empresarios, funcionarios, obispos y figuras públicas; pero no deben dejarse cooptar, ni seducir, en modo alguno por ellos.

Para lograrlo, el periodista no debe olvidar que políticos, funcionarios y personajes públicos son el objeto de su oficio y no el destino de sus sentimientos. Debe tratarlos sin amor y sin odio. Y a la hora de relacionarse con ellos ha de hacerlo desde la más estricta hipocresía. Es imposible que sea de otro modo. ¿Cómo podrían hacer el escrutinio del poder si en vez de tomar distancia se dejaran seducir por su discreto encanto?

Suena grave o serio de más; pero no lo es.

Después de todo, los ciudadanos que han confiado en los periodistas la tarea de ver lo que ellos no pueden mirar, confían en que, puestos ante el desafío, no se dejen confundir. Por eso, los periodistas (como enseñaba Janett Malcom) en vez de dejarse seducir, deben ser capaces, cuando ello sea necesario, de engatusar a los personajes públicos o poderosos para luego traicionarlos (aún a riesgo de que no los hablen o miren nunca más).

Por eso, la foto con Obama causó esa ubicua e inefable incomodidad.

Y es que esa foto mostró cuán fácil es dejarse anestesiar, cuántas tentaciones aparecen en el camino, qué fácil es asimilarse siquiera en el breve lapso de lo que dura una foto.

Por eso, el problema no es la foto, sino lo que ella involuntariamente evoca: la abundancia de conflictos de interés y tentaciones con que en Chile tropieza el oficio de periodista.

Misiones periodísticas pagadas por quien ha de ser objeto de escrutinio (como ocurre con las giras presidenciales); políticos que hacen de panelistas y ejercen de amigos de aquellos que comentan su quehacer (algo que parece estar de moda en las radios); políticos que forman parte de directorios o consejos en la prensa escrita (ocurre en casi todos los diarios); candidatos presidenciales que son dueños de medios (como ocurre con Chilevisión); periodistas por aquí y por allá que aceptan invitaciones empresariales (y luego pasan propaganda por noticias); periodistas que con facilidad se entusiasman allí donde deben mantenerse circunspectos (es cosa de oír esas entrevistas casi familiares que se hacen a los políticos por las mañanas); medios que postergan, luego de dos o tres conversaciones, la emisión de programas (como el que anunció Contacto sobre los parlamentarios); periodistas que hacen de ghostwritter de políticos (ha habido varios, y sin duda por estos meses habrá más); preferencias editoriales que no se revelan pero que influyen (un pecado de todos); obispos que llaman a los canales (y éstos los escuchan).

Y así.

Todas las profesiones padecen, por supuesto, esos conflictos y otros todavía peores; pero los de la prensa son los que poseen repercusiones sociales más dañinas.

Y es que cuando un abogado experimenta conflictos de interés son sus clientes los directamente dañados, y cuando un terapeuta confunde los sentimientos espontáneos con la transferencia es él, o el paciente, quien se perjudica. Pero cuando los periodistas hacen de fans, de subordinados de quienes deben vigilar, de amigos o de perdonavidas, lo que se triza es la ilusión de los ciudadanos de que al mirar la televisión, abrir el diario o escuchar la radio se asomaban siquiera un poco, como dice un eslogan por allí, a la verdad de los hechos.

Y cuando esa trizadura se produce, y cuando la confianza en los periodistas se estropea, es la democracia -que no consta de tres poderes, sino de cuatro- la que resulta, no lo olvidemos, dañada.