El fin de la televisión

TV digitalClaudio Avendaño / director magíster internacional en Comunicación Universidad Diego Portales / «Algunos dirán que existen los mecanismos para saber lo que prefiere y piensa la gente, rating y estudios cualitativos. Más bien hago referencia a algo que va más allá de la gestión administrativa, y que tiene que ver con lo que las personas necesitan para mejorar su calidad de vida. No se trata de hacer una televisión tediosa y fome, sino de elaborar propuestas innovadoras y de alta aceptación. En estos años hemos visto varios modelos, ¿se podrían multiplicar?»

Durante el gobierno del conservador Jorge Alessandri Rodríguez (1958-1964) se concedió a las universidades chilenas la posibilidad de disponer de una señal televisiva que, por una parte, facilitara la difusión de contenidos educativo-culturales y, por otra, minimizara los riesgos de la TV comercial, que tendía a la “vulgarización” de la alta cultura exhibiendo programas de “dudoso gusto”. Así también a finales de la década del 60 comienza la transmisión de un canal público: Televisión Nacional de Chile.

Desde los ’70 hasta la fecha, poco a poco ha ido muriendo tal concepto de la televisión, al punto que últimamente se han terminado de vender el otrora canal de la Universidad de Chile y el Canal 13 de la Pontificia Universidad Católica de Chile. Cabe, en primer lugar, preguntarse sobre la responsabilidad de ambas universidades en la gestión de un bien público que les entregó el Estado. ¿Hasta qué punto deben responder por las acciones que llevaron a esta situación y a renunciar a la misión que les entregó la sociedad chilena? Un caso distinto y destacable es el canal de la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso, que con un carácter básicamente regional pero con mucho profesionalismo, hace un periodismo televisivo acorde con la naturaleza de la casa de estudios en la que están asentados. Sería razonable -al menos- cuestionarse si los ciudadanos deberíamos entregar por más tiempo una señal pública a instituciones que no han estado a la altura de la tarea encomendada.

El fin de la televisión también implica que aquella que conocimos por mucho tiempo ya no existe. La digitalización de la TV (TDT) implica re-pensar a este medio y consensuar los alcances de su quehacer y objetivos. He insistido en que más allá del nuevo “modelo de negocios” y las decisiones “técnicas”, es indispensable pronunciarse acerca del tipo de televisión que requerimos. A mi juicio, una que opere tanto para las mayorías como para las minorías y que no se la evalúe sólo por los resultados económicos y el rating. Debemos opinar periódicamente -como ciudadanos- sobre el cumplimiento de objetivos que den cuenta de su aporte social. Por ejemplo en aspectos como la comprensión del rol de la TV en la sociedad (investigaciones públicas); el sentido prosocial y formativo de su programación; educación en materia de comunicación audiovisual para fomentar el pensamiento crítico; vinculaciones al sistema educativo formal; promoción de la industria audiovisual local.

Algunos dirán que existen los mecanismos para saber lo que prefiere y piensa la gente, rating y estudios cualitativos. Más bien hago referencia a algo que va más allá de la gestión administrativa, y que tiene que ver con lo que las personas necesitan para mejorar su calidad de vida. No se trata de hacer una televisión tediosa y fome, sino de elaborar propuestas innovadoras y de alta aceptación. En estos años hemos visto varios modelos, ¿se podrían multiplicar?

Finalmente, hay que propiciar una mirada infocomunicativa, es decir, que dé cuenta de la convergencia digital y también de lo que Henry Jenkins llama la convergencia cultural, que consiste en la posibilidad de que los sujetos usen su poder simbólico para narrar experiencias e ideas. Actualmente se puede participar en los foros y debates que se abren en internet y especialmente en los ex medios industriales. Sin embargo, además de disponer de los arreglos técnicos, hay que contribuir para que los grupos sociales con menor capital cultural, logren desarrollar sus propias competencias narrativas. A esta altura, está claro que no se trata únicamente de acceder a internet. Saber navegar, usar un procesador de texto y una planilla electrónica: esto es sólo una alfabetización social pedestre. Resulta vital para la formación del ciudadano de este siglo dominar habilidades narrativas. Expresar ideas en “140 caracteres” es parte de las condiciones básicas para participar en el espacio público de estos tiempos. ¿Todos lo pueden hacer? ¿Se necesita cierto nivel de escolaridad? ¿Cómo promovemos la motivación para hacerlo? Éstas son algunas de las tareas y desafíos de la comunicación en este bicentenario.