El historiador que llamó a la U. de Chile un “cementerio”

vicuñaJavier García / La Nación / Vicuña Mackenna “se desplazaba a través de un amplio espectro de posibilidades -escribe Manuel Vicuña-, pasando de las impresiones de viaje, las semblanzas biográficas, los estudios económicos y sociales, a los ensayos de crítica literaria…”.

El escritor Joaquín Edwards Bello lo cita con devoción en sus crónicas. Compartía el mismo gusto por la ciudad y sus personajes, más que con los lateros historiadores y memorialistas del siglo XIX.

Benjamín Vicuña Mackenna terminó siendo la figura central de su propio legado, ese que incluye más de 200 libros, que lo hizo ser calificado por Bartolomé Mitre como el “Hércules de la literatura chilena”. El poeta Rubén Darío dijo que escribía un libro “en menos tiempo que se puede emplear en leerlo”, y Miguel Luis Amunátegui aseguró que más que libros, Vicuña Mackenna nos había dejado una biblioteca.

Un ser enigmático y demasiado concreto a la vez. Y así lo deja entrever Manuel Vicuña, el autor de “Un juez en los infiernos”, libro recién publicado por Ediciones Universidad Diego Portales. Biografía de quien estaba obsesionado con la muerte (un capitulo del libro se llama “Pasión necrofílica”), y no perdía la oportunidad de visitar cementerios en sus viajes, más que instalarse a observar a los seres que llenan las plazas públicas.

Un hombre dedicado a la historia -nació en 1831-, que vivió 55 años, y que al momento de su muerte estaba en su biblioteca. El mismo que podía pasar cinco horas por día metido en la Biblioteca Nacional leyendo todo lo que tenía que ver con la historia de Chile.

ESCRITURA DE DIARIO

Benjamín Vicuña Mackenna fue diputado, senador, candidato a presidente de la República, e Intendente de Santiago. Remodeló la capital, influenciado por sus viajes a Europa y le cambió la cara al cerro Santa Lucía. Pero quizá su aporte menos conocido es el trabajo editorial.

Miembro honorario de la Sociedad Tipográfica de Valparaíso, defendió el desarrollo de la imprenta e incluso quiso crear una fábrica de papel para forjar una verdadera industria editorial, y supo que en la prensa estaba el camino para dar a conocer sus escritos, entregando libros por parte en los diarios, en los llamados folletines, viendo también una entrada económica. El mismo escribió: “En Chile es casi un hurto recompensar el talento y su labor. Por otra parte lo que no ‘se paga’ en este suelo se desprecia…”.

El autor de libros sobre los hermanos Carrera, Portales y O’Higgins, fue un polémico a la orden del día. En 1860 ingresó a la Universidad de Chile, pero no tardó en calificar a la casa de Bello como un “cementerio”, y se opuso ante quienes deseaban imponer el latín como materia obligatoria. Exiliado dos veces, su familia, no conforme con su muerte, lo invocó en reiteradas sesiones de espiritismo.