El impredecible timbrazo

cosas_raras_burraRoberto Merino / LUN /

 «La vida actual ha ejercido contra este contacto humano una severa profilaxis, y ahora el patetismo y el absurdo lo conocemos más que nada a través de la televisión»

Hace poco me di cuenta, en un momento de sorpresiva reflexión, de que en los años que llevo viviendo en mi departamento nunca ha sonado el timbre. Las pocas visitas que recibo, aun las visitas no anunciadas, pasan por el filtro del conserje y de la comunicación interna vía citófono. Es muy agradable saber que este modus vivendi me protegerá siempre de inoportunos, macheteros, timadores, proselitistas religiosos y orates en general, pero por algún oscuro motivo echo también de menos los días en que vivía en casas y estaba expuesto a las apariciones imprevisibles del próximo.

Recuerdo cuando niño haber hecho pasar al living a una vieja gorda, alta, muy morena, que se presentó como recién llegada de Arica y que cargaba un par de maletas. Expuso ante mí el contenido de sus maletas: perfumes (había uno cuya botella tenía forma de cisne), jabones, conservas, cartones de cigarros. Su locura, me parece hoy, consistía en tratar de vender esta mercadería a un niño de siete años. Me llevé una gran impresión cuando apareció mi abuela y echó a la vendedora a la calle sin aceptar explicaciones. Le pregunté por qué y me dijo: “Por contrabandista y ladrona”.

En otras ocasiones el que tocaba el timbre era el Ñato, un pobre viejo curado, de cara enhollinada, que siempre andaba con un canasto con fruta podrida, unas pilas usadas y algunos zapatos en las peores condiciones. Recogía estas miserias en las inmediaciones de la Vega y luego se internaba en los barrios para sacarles algún rédito. En los momentos de descuido, cuando no había nadie que lo sujetara, se metía a paso rápido a la pieza de mi abuela y, mientras lloraba profundamente, hacía aspaviento de poner una rodilla en el suelo y besarle la mano, enumerando, de modo harto ininteligible, las virtudes cristianas de la señora.

Veinte años después, otro sector de la ciudad: estábamos con mi polola de entonces en una situación bastante íntima, debo decir piluchos, como a las cinco de una tarde de invierno, y nos sobresaltó un sonoro campanillazo. Yo me asomé por la ventana y me encontré cara a cara con una mujer que a su vez trataba de mirar hacia adentro. Era una asistente social y buscaba urgentemente a una tal Norma Pino. “No es aquí”, le dije, “de hecho no conozco a nadie que se llame Norma y a nadie de apellido Pino”. No me creyó: insistía en que yo tenía a Norma Pino –al parecer víctima de violencia doméstica– en la casa contra su voluntad. De un momento a otro me vi en el trance de demostrar que yo no era no psicópata ni proxeneta.

La lista de casos es larga, sobre todo en el recuerdo que tengo de mi casa de infancia. Testigos de Jehová, representantes del Ejército de Salvación, fanáticos de los ovnis, viejos carreristas, escandalosas rivales de amores de las empleadas, tipos exánimes que alargaban un diagnóstico de tuberculosis forrado en un plástico seboso, viejas que pedían usar el teléfono: cuánta picaresca desfilaba todos los días por la puerta de la casa, cuánta historia sórdida o polvorienta cifrada en cada individuo. La vida actual ha ejercido contra este contacto humano una severa profilaxis, y ahora el patetismo y el absurdo lo conocemos más que nada a través de la televisión.