El lado B de El Mercurio llega a la pantalla grande

Felipe Saleh / El Mostrador / Sin las figuras estelares de la Concertación, los líderes del progresismo que celebraron el centenario del periódico en CasaPiedra, se estrenó El diario de Agustín, el documental en que un grupo de tesistas desmonta las mentiras y omisiones más brutales del poderoso decano de la prensa en ciertos casos de violaciones a los Derechos Humanos. Y muestra cómo, 40 años después, cuesta encontrar a alguien que se haga cargo.

Tratando de sintonizar con las palabras que impregnan El Diario de Agustín, se puede decir que el día del estreno estaba lleno de “subversivos”. Algunos incluso quedaron fuera de la sala repleta en el centro de extensión de la Universidad Católica, donde la película abrió el Festival Internacional de Documentales de Santiago (FIDOCS).

El público estaba dividido en dos: los “subversivos” literalmente más golpeados durante la dictadura: la familia de los derechos humanos a la que pertenecen los realizadores Ignacio Agüero y Fernando Villagrán. Acompañados entre otros por José Zalaquett, Carmen Soria, Guillermo Teillier , Faride Zerán, otros menos reconocibles y los verdaderos protagonistas, que tienen un aire menos glamoroso: Iván Barra, victima del montaje en el Parque O`Higgins, y las hermanas de la dirigente comunista Marta Ugarte, cuyo caso arma uno de los seis segmentos en que se divide la película. Esta sección de los espectadores aplaudió cada vez que aparecían en las primeras secuencias del documental algunos íconos de su época como Jaime Castillo Velasco, Raúl Silva Henríquez y Salvador Allende.

Manual de excusas

El resto del cine estaba lleno con “los amigos del audiovisual”, como dijo Patricio Guzmán, director del festival, en un saludo grabado en video. Una audiencia en su mayoría menor de treinta años, que miraba con el impacto de quien ve los combates de las milicias tribales en el Congo, algunas de las imágenes de los primeros días del Golpe, donde soldados les pegan a civiles contra una pared. Este público se rió con la estampa mediocre de Pinochet y con la definición de “guerrillas universitarias” que El Mercurio pone en una editorial para describir a los estudiantes que se tomaron la PUC en 1967. Pero las carcajadas explotan con la declaración de principios de Álvaro Puga, dirigente de la ultra derecha: “Había que matar comunistas por una necesidad biológica, matar 800 comunistas por cumplir con el país no tiene importancia. Para mi se quedaron cortos”.

Puga, periodista de El Mercurio en la época según el documental, es el único que al menos no esconde su verdadera naturaleza. Todos los demás, desde los ex directores del decano Arturo Fontaine y Juan Pablo Illanes, hasta el gerente general y representante legal de la empresa Jhonny Kulka, pasando por la periodista Beatriz Undurraga, no reconocen su participación consciente en los montajes de prensa más burdos de los que se tenga memoria. Sobre ellos se construye la película.

Las coartadas de cada uno son para todos los gustos. Kulka se excusa diciendo que Agustín Edwards no habla porque es tímido y se está quedando sordo, Fontaine Aldunate carga contra la UPI por la noticia de los miristas “exterminados como ratones” y cuando ya está acorralado se retira abruptamente porque la entrevista es “política” e “irrespetuosa”.

Precisamente el “respeto” es la única cosa de la que El Mercurio puede afirmarse para justificar un trabajo tan indecente como el que describe la película, con cuatro ejemplos. Porque lo que dice Kulka de El Mercurio como “el diario de referencia” se ha ido desvirtuando cada vez más.

Es también el respeto, el temor a una institución tan poderosa, el que convierte a los dos públicos en un grupo de subversivos consciente de que está viendo un registro al borde de lo prohibido, molestando al dueño de una cadena de diarios capaz de desestabilizar a un gobierno y condicionar a otros -al menos en otra época-, y que fácilmente podría hundir o hacer despegar sus carreras en el “mundo audiovisual”.

Los besamanos

Asumiendo lo que significa “meterse con El Mercurio”, como advierte Juan Pablo Illanes todos los años en la primera charla con los estudiantes en práctica del diario, ninguna figura estelar de la Concertación apareció en el estreno. Salvo la ministra de Cultura Paulina Urrutia. Pero gracias a una de las mejores secuencias del documental se ve a Ricardo Lagos, José Miguel Inzulza y Oscar Guillermo Garretón “besando” la mano de Agustín Edwards para el centenario de “El Decano”, una escena que el director tuvo la piedad de poner al comienzo y no al final de los 80′ minutos que dura el film, cuando la sensación de asco hacia el estilo mercurial está instalada en el espectador.

“En democracia El Mercurio se ha instalado como un actor muy potente, sin que haya un reequilibrio de la prensa. Por eso, la clase política ha guardado silencio sobre el rol del diario en estos hechos, porque significa pelearse con El Mercurio”, dice Fernando Villagrán.

Antipanfleto

Por fortuna Agüero y Villagrán delegan la investigación que sustenta la película en un grupo de tesistas de periodismo en la Universidad de Chile, una generación que ha escuchado estas historias desde lejos, que no tiene miedo de enfrentar a las “vacas sagradas” y que según los directores está libre los prejuicios que tienen ellos a causa de su historia personal. “Ellos hicieron un desmontaje de la campaña de desinformación que instaló El Mercurio”, dice Villagrán.

El resultado es una película sin pretensiones de ser una obra de arte, y menos un panfleto porque todo lo que anuncia lo contrasta empíricamente con hechos irredargüibles. Por el contrario, todo cuaja en un documental lo suficientemente didáctico en el que se explica el salvataje financiero de Washington al diario en plena UP y se entiende claramente que el rigor y la seriedad de la que se jacta la cadena Edwards durmió una larga cuarentena, o que en ciertos casos “no tuvo información seria”, como dice el propio don Agustín a Raquel Correa cuando le pregunta por su omisión de las violaciones a los derechos humanos.

Es cierto que la película muestra un periodo especialmente álgido donde las mentiras y omisiones determinaban la vida o muerte de una persona y la falta se ve más grotesca, pero los que satanizan a Edwards tampoco pueden dar pruebas de blancura. Basta ver la ciega reacción de cierta izquierda frente a cualquier nota que desmitifique a algunos de sus íconos como Chávez, o se atreva a bajar del altar al tirano Fidel Castro.