El legendario “Chico” Molina revive en libro de Alfonso Calderón

Mentiroso profesional, escritor sin obra y bohemio de las generaciones del 38 y 50, Molina trató de hacer pasar por suya una novela de Herman Hesse, mientras decía acumular novelas que nadie jamás leyó.

Eduardo "chico" Molina
Eduardo

Roberto Careaga C. / La Tercera

En enero de 1953, Alfonso Calderón buscaba en la librería Universitaria la recién salida edición de La peste, de Albert Camus. Se le acercó un hombre que no medía más de 1.60 metro, quien le preguntó si había leído Periodismo de combate, del mismo Camus. Poco después, Calderón estaba sentado en el bar El Bosco ante la figura más enigmática de las generaciones del 38 y del 50: Eduardo “Chico” Molina, un escritor sin obra, lector voraz y mentiroso profesional. Conversarían toda la tarde. Se harían amigos. Años después, Calderón le escucharía una profecía: “Tú vas a ser el cronista de mi vida”.

Calderón cumplió. La próxima semana, el premio nacional de Literatura 1998 lanzará Venturas y desventuras de Eduardo Molina (Ed. Catalonia), donde asume la voz de Molina para narrar su autobiografía: “Abro la llave y él habla. Son las exposiciones que le oí”, cuenta Calderón.

MOLINA INVENTADO
Formado al alero de Vicente Huidobro, amigo de Teófilo Cid, Enrique Lafourcade, Martín Cerda, Luis Oyarzún y Enrique Lihn, Molina se inventó un pasado aristócrata. Su padre había sido militar y luego viñatero. El acumulaba libros con títulos como El sombrero de tutti fruti, Un Gregorio Samsa tecnológico y Manual de comportamiento para el Super-Ego. Nadie jamás las vio.

Lo que pocos dudaban era que estaba actualizado de las novedades culturales: “No tenía familia ni trabajo y se permitía el lujo de entrar a un rotativo y ver cinco películas. O estar toda la mañana en la Biblioteca Nacional y curiosear en las revistas europeas”, cuenta Calderón.

Barómetro de las lecturas, atravesaba la noche santiaguina diciendo a quién había que leer. De ahí su anécdota más célebre: en 1945, ante Braulio Arenas, Mariano Latorre y Oyarzún, entre otros, leyó el primer capítulo de una novela supuestamente suya. En realidad era Demian, de Herman Hesse. El mismo la había traducido. Antes de que se descubriera el engaño, organizaron una cena en su honor. Molina dijo que quería probar la ignorancia de sus colegas.

Sin fecha de nacimiento conocida, esquivo a las fotografías y de trato elegante, Calderón cree que Molina vivía del arriendo de un cité en la zona de Avenida Matta. Pero vivía precariamente. Por años almorzó diariamente en la casa del periodista Juan Tejeda, pasaba temporadas en Lo Gallardo, en la casa de la mecenas “Momo” Balmaceda, y hacia fines de los 60 visitó Francia invitado. “Llegó diciendo que había destruido la teoría de los últimos surrealistas y que había conocido a los personajes aún vivos de En busca del tiempo perdido, de Proust”, dice Calderón.

Molina habría escrito apenas dos poemas: uno sobre la Guerra Civil Española y otro a la memoria de Juvencio Valle. En los 80 visitaba la Unión Chica y se sentaba con Jorge Teillier. Falleció en 1986, con más de 80 años. “Su vida era distinta a la real. Pero no era por enfermedad. El trataba de embellecer la vida. Con Molina todo era posible. El se inventó un personaje, que terminó siendo él”, asegura Calderón.