El Rey-Ting

debateLa Nación Domingo / Ricarte Soto / ¿Es realmente un gran sacrificio “latearse” una vez cada 4 años, durante noventa minutos, para tener una vaga idea de quiénes son y qué piensan los que aspiran a gobernarnos?. Entre el último grito de espanto de Francisca Domínguez y los primeros gestos de los candidatos presidenciales no transcurrieron más de 60 segundos. Al terminar el episodio de “¿Dónde está Elisa?”, la aguja de la audiencia estaba clavada en 43 puntos y con la entrada de los postulantes a La Moneda cayó bruscamente a 32. Miles de hogares donde hay un televisor decidieron omitirse de una emisión política que revestía una cierta importancia.

 Los datos de Time-Ibope indicaron que la exitosa serie tuvo un promedio de 39 puntos, mientras que el debate alcanzó 26, algo más que los 24 de la nueva comedia vespertina que relata la vida disparatada de un trío de improvisados estilistas en un salón de peluquería.

 En los días que siguieron, pudimos constatar una suerte de conformismo frente al índice de audiencia conseguido por la gran misa política. En las radios, en las escasas ocasiones que se hizo referencia al rating, los comentaristas opinaron que de todas maneras son escasas las oportunidades en que los candidatos pueden contar con tantos televidentes que escuchen sus ideas y propuestas.

 

A mi juicio, el resultado es francamente decepcionante, porque da cuenta de una pasividad crónica en la que se ha sumergido un sector numeroso de la ciudadanía. Intentar explicar que todo esto es el resultado de la presencia de candidatos fomes, inconsistentes o demagogos es simplemente optar por la puerta de escape. ¿Cómo podrían saberlo si no han prestado atención a sus propuestas? ¿Es realmente un gran sacrificio “latearse” una vez cada 4 años, durante noventa minutos, para tener una vaga idea de quiénes son y qué piensan los que aspiran a gobernarnos?

 

Es poco serio considerar como normal que una fracción de los telespectadores tenga la mejor voluntad del mundo para escuchar cinco minutos de balbuceos de un bailarín mediocre en un concurso buscatalentos y sea incapaz de escuchar durante sesenta segundos lo que piensa hacer un candidato en materia de salud, jubilación o educación. Podemos intuir que frente a esta débil respuesta de los telespectadores, los encargados de concebir los debates, al sentirse arrastrados por esta corriente de la indiferencia, se verán forzados a continuar en la espiral de formatear debates con un tiempo de palabra limitado. Quizás, en el futuro, los aspirantes, entre una cuña y otra, deberán hacer una performance de stripper para retener la atención del telespectador.

 

Una manera de asumir esta realidad es seguir encogiéndose de hombros y, como se hace con el envejecimiento del padrón electoral, decir que la gente no se interesa en la política y punto.

 

Otro camino es preocuparse, pero colectivamente. Es impensable que la responsabilidad sea exclusivamente dejada en manos de los partidos que deberían re-encantar a la gente. Es evidente que deben reformularse. El sistema de educación, tanto público como privado, tiene una gran responsabilidad en la tarea de formar ciudadanos con conocimiento sobre las distintas doctrinas políticas. Hasta ahora, se ha desentendido olímpicamente de esa obligación. Sin su participación, un debate televisado ni siquiera será una golondrina. //LND