El terremoto invisible

terremoto basílicaFrancisco Mouat / Wiken / Por razones de trabajo, me correspondió en los primeros días escuchar muchísimos testimonios y relatos de víctimas directas del terremoto. Me sentí abrumado y al mismo tiempo forzado a entregar palabras de aliento y tranquilidad desde el micrófono a una gente profundamente golpeada y alterada con razón. Lo que escuchábamos y veíamos en esas primeras jornadas era una siniestra película de terror. Recuerdo haber comentado en la radio, a propósito de las imágenes de saqueos y violencia que transmitía la televisión para disputarse la sintonía, que esas escenas eran sólo una parte de la historia: la más impactante y vendedora en ese momento. Pero que la realidad era ancha y diversa, y que en otros sitios, en el mismo instante en que se saqueaba, se podían registrar miles de otras postales del terremoto que tenían exactamente la misma relevancia, miles de chilenos viviendo a su manera una tragedia de la que difícilmente podías apartarte: deudos velando a sus familiares y amigos muertos, padres abrazando a sus hijos más pequeños para apaciguar el miedo, grupos de vecinos intentando darse una mano en medio del caos, hombres y mujeres, viejos y niños, andando en medio de los escombros, llamando a gente entonces desaparecida; consumidores neuróticos haciendo filas en supermercados y bombas de bencina, ciudadanos asustados, ciudadanos espirituados de que la próxima réplica fuera un nuevo terremoto, jóvenes estudiantes viajando improvisadamente al sur para dar una mano en sus últimos días de vacaciones.

Lo que quería decir esa noche en la radio era que el mundo que nos muestra la televisión, en forma reiterada y majadera, en cámara rápida y en cámara lenta, es apenas una versión, casi siempre estridente, de lo que en verdad se está viviendo doméstica e invisiblemente en cada uno de los rincones de este país largo, frágil, quebradizo. Esto es obvio, pero a los propios medios no les gusta que se diga que es así, prefieren pasar gato por liebre. Aquella planicie vital de todas las horas y todos los días que hoy empieza a imponerse entre nosotros, buscando recuperar la normalidad, ya no les resulta demasiado atractiva a los medios masivos de comunicación. Ya no hay despachos urgentes para contar qué sucede en Concepción, Talcahuano, Dichato, Iloca, Pichilemu, Duao, donde está la tendalera. La mamá de mi amigo Mario Peña, que vive en Chanco, ¿qué está haciendo en este preciso momento? Nunca habrá una cámara de televisión que registre sus movimientos y escuche su silencio. Advierto que el alcalde de Talcahuano pide a gritos que su comuna sea considerada la verdadera zona cero de este terremoto y maremoto, por la magnitud de los daños que la afectaron. ¿Pero alguien puede imponer por decreto que su terremoto es más importante que el del pueblo vecino, donde hay otras penas y otras grietas que reparar? Mirar el conjunto y al mismo tiempo detenerse en los detalles es un asunto complejo para cualquiera que asuma la responsabilidad de conducir la restauración.

A medida que iba escuchando esos testimonios en la radio y entregando una palabra de aliento y tranquilidad, mientras las sirenas de los bomberos estaban aún encendidas, cuando la primera tentación de mucha gente era arrancar al cerro si vivían en la costa, o defenderse a palos de turbas imaginarias que otros decían irresponsablemente que venían en camino a destruir y saquear sus casas, o salir corriendo de sus edificios porque el municipio había ordenado evacuarlos; bueno, en medio de esa locura, fui también acumulando agobio y tensión y finalmente hice crack.

Mi eje acabó desplazándose. Me pasó en otro sentido lo que a mi amigo Julio Neme, que el otro día contaba que el terremoto echó abajo varias de las estanterías de su casa en Machalí, lo que provocó la aparición milagrosa de cartas extraviadas, carpetas no vistas en años, papeles perdidos en el tiempo. Aparecían de pronto en la superficie textos sumergidos, olvidados, abandonados. Recortes, fotografías, fotocopias inesperadas: esa memoria visible, impresa, de papel, a la que aún recurrimos para dejar constancia de que estamos vivos.

Sí, estamos vivos. ¡Vivos!

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