Estreno del “Diario de Agustín” en Argentina

El periodista argentino Horacio Verbitsky, en su columna “Metales Pesados”, de Página 12, comenta de manera muy elogiosa el reciente estreno, en el país trasandino, del documental “El Diario de Agustín”, dirigido por Ignacio Agüero con la producción de Fernando Villagrán, donde se hace una revisión histórica de la participación de El Mercurio en los principales acontecimientos políticos de las últimas décadas en Chile y del rol jugado por ese periódico durante la dictadura militar.
A continuación, detalles de la génesis y el contenido del documental junto al comentario de Página 12:

ICEI / Universidad de Chile/

El festival de documentales de la capital argentina, DocBsAs 2008, fue el escenario en que se proyectó pública y masivamente, por primera vez, la obra dirigida por Ignacio Agüero, documentalista y profesor del ICEI, y producida por Fernando Villagrán, economista, periodista, ex gerente general de la revista APSI.

Se trata del primer intento por indagar en profundidad el rol, por acción y omisión, de El Mercurio en la cobertura de violaciones a los derechos humanos durante la dictadura militar (1973-1990) y recoge parte del trabajo de investigación realizado por un taller de memoristas coordinado por la académica Claudia Lagos durante el 2006 y financiado por la Fundación Ford.

Claudio Salinas, Hans Stange, Raúl Rodríguez, Paulette Dougnac, María José Vilches y Elizabeth Harries investigaron a fondo cómo el diario cubrió el Plan Z, el descubrimiento de los cuerpos en los hornos de Lonquén, el caso de los 119, el asesinato de Carmelo Soria, el rol de la Iglesia Católica y el cardenal Raúl Silva Henríquez, así como la Operación Albania. En palabras de Fernando Villagrán, productor del documental, “con frescura y valentía los jóvenes periodistas se adentran en sucesos de tiempos que no vivieron y revelan entramados silenciados durante décadas”.

El equipo entrevistó a más de 90 personas, entre las que se contaron altos ejecutivos y editores actuales y pasados del diario, así como miembros de su consejo editorial, periodistas, abogados de derechos humanos, sacerdotes que participaron activamente en la Vicaria de la Solidaridad, ex asesores de la dictadura, entre otros. La enorme mayoría entregó su testimonio on the record y buena parte fueron filmados para el documental.

Qué hay de nuevo

Los informes Rettig y Valech reconocen que los medios de comunicación tuvieron un rol relevante en la desinformación que permitió e, incluso, justificó las violaciones a los derechos humanos durante la dictadura.
A partir de esa verdad oficial, los investigadores del ICEI se preguntaron cómo indagar efectivamente cómo es que eso sucedió, a partir de casos específicos, tratando de abarcar desde los primeros tiempos del régimen hasta fines de los ’80.

Así, este estudio constató que El Mercurio no actúa de manera monolítica y homogénea durante toda la dictadura. Se va acomodando al clima político del momento: a mayor apertura, más diversa la cobertura informativa. Los trabajos confirman, eso sí, que el núcleo más duro son las páginas editoriales, donde no varia su discurso de atribuir a las “campañas del comunismo internacional” las denuncias sobre violaciones a los derechos humanos.
Otro aporte de estos estudios es que hay algunos periodistas y editores que hablaron por primera vez sobre su trabajo en el diario durante la dictadura: reconstruir las prácticas y rutinas de lo que significaba publicar un diario como El Mercurio en ese tiempo no resultó tarea fácil. Algunos ya han fallecido; otros, no quisieron ser entrevistados.

Los trabajos serán publicados por LOM Ediciones.

Reflexiones

Qué significó investigar a El Mercurio

“Rescato el trabajo colaborativo de la investigación, que enriqueció nuestras miradas y fortaleció una construcción desprejuiciada de la historia, con altura de miras. Estoy feliz de participar en este documental sobre pasajes y personajes penumbrosos de nuestra historia. Fue un proceso altamente demandante y profesional: divertido en los detalles tétricos, emocionante en el caso a caso e indignante la mayor parte del tiempo”.
Ma. José Vilches. Titulada con distinción máxima.

“Creo que el mayor valor de nuestro trabajo es haber investigado sin el prejuicio que podría tener alguien que vivió en esa época. Hablamos con personas de distintos ámbitos, periodistas, editores, abogados, y eso hizo que nuestras conclusiones, aunque fueron contundentes, también dieran cuenta de una serie de matices. Si bien hay muchos casos sobre los que no se dijo una sola palabra o se publicó información tremendamente mentirosa, encontramos que con el avance de los años El Mercurio fue dando una cobertura cada vez más amplia a los casos de derechos humanos. Sin embargo, la línea editorial permanece incólume, negando el tema al menos hasta fines de los ’80. Creo que hubo muchos periodistas que de verdad se la jugaron por informar, pero el diario, que se auto atribuye el papel de guía y orientador de la sociedad chilena, a través de sus editoriales fue capaz de negar vehementemente lo que se traslucía cada vez más claramente en sus propias páginas informativas. Es eso lo que no se puede justificar ni por la censura, ni por el miedo, ni por la obligación de publicar el comunicado oficial. Es eso, precisamente, lo que los hace cómplices”.
Paulette Dougnac. Titulada con distinción máxima.

“Fue una experiencia inédita, enriquecedora y amarga muchas veces, pero desafiante al momento de indagar en nuestro pasado reciente, donde muchos actores, entre ellos El Mercurio, han optado por el silencio y la desidia histórica. Sin embargo, la indagación periodística, las redes de trabajo y la infinidad de fuentes que se abrieron a conversar con nosotros dejaron su evidencia: la defensa del statu quo y la posición de poder asumida por El Mercurio fueron su razón profunda para justificar, encubrir u omitir las violaciones a los derechos humanos y validar su relación con el poder dictatorial. Creo que fuimos capaces, con vehemencia y rigor profesional, de adentrarnos en la historia que ellos no quieren develar. Sus páginas y los hechos investigados demuestran completamente lo contrario”.
Raúl Rodríguez

“La oportunidad de haber trabajado en una investigación y ser artífice de la reconstrucción de una parte de la historia de nuestro país, y en especial de la historia del periodismo chileno, es una experiencia que sin duda ha marcado mi sello como profesional.
Participar de un trabajo riguroso, serio y con un equipo de profesionales comprometidos con el proyecto, fue el soporte que se necesitaba para insistir cada día, con los entrevistados que no respondían nuestras llamadas o con los documentos que eran difíciles de encontrar para nuestras tesis.
Con el apoyo de esta red comprometida en un trabajo en conjunto y con las herramientas que nos entregó la Escuela de Periodismo de la U de Chile, fue posible quitar el velo de muchas verdades que eran conocidas por algunos e ignoradas por otros.
Además, dejar un documento audiovisual y escrito que plasma el actuar de un medio como El Mercurio y las responsabilidades que tuvo como actor social y político durante la dictadura es una apuesta, un desafío y una invitación a las futuras generaciones de periodistas a que se atrevan a cuestionar los poderes y exigir respuestas”.
Elizabeth Harries

“Lo más interesante no es el documental, sino el trabajo del taller de memoristas, en el cual El Mercurio surge no sólo como un responsable individual de los abusos cometidos sino como el síntoma de todo el periodismo de la época que, a decir verdad, parece tener muchas similitudes con el actual”.
Hans Stange Marcus. Académico

“Lo que más rescato de la investigación que hicimos sobre las prácticas periodísticas de El Mercurio en Dictadura fue, por cierto, analizar y auscultar el proceso periodístico que condujo a publicar, e inventar en muchos casos, toda una serie de noticias y casos que codayuvaron al Estado de Excepción a exterminar a un sector de la Población. Fue interesante poder comprobar que a través de la misma rutina periodística, más la intención editorial manifiesta, se pueden construir realidades trágicas y nefastas padecidas por sectores importantes de nuestra nación”.
Claudio Salinas. Académico.

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Agustín Edward, dueño de El Mercurio
Agustín Edward, dueño de El Mercurio

Metales pesados / Horacio Verbitsky / Página 12

Una imperdible película chilena sobre el rol de la gran prensa en las tragedias políticas del continente, en democracia y dictadura, se proyecta hoy y mañana en el festival de cine DocBsAs08. Es la historia de El Mercurio o, como lo llama el film, El diario de Agustín, arquetipo de un tipo de periodismo que se resiste a desaparecer y que tiene exponentes en todos los países de la región.

Hoy a las cinco de la tarde y mañana a las siete y media, en la sala Lugones del Teatro San Martín se proyectará una película única en el panorama del cine americano, sobre el rol de la gran prensa en las tragedias políticas del continente. Su visión es de especial interés en este momento, cuando diversos gobiernos de Sudamérica que impugnan el modelo neoliberal del Consenso de Washington colisionan con medios que no conciben un cambio de ese paradigma, de los negocios y de las alianzas sociales asociados, como se vio en la Argentina durante la agresión agromediática a partir de marzo de este año.

El film se llama El diario de Agustín y sigue la trayectoria en los últimos cuarenta años de la empresa editora de tres diarios nacionales y veinte regionales de Chile, cuya nave insignia es El Mercurio, desde los tiempos de las reformas agraria y universitaria durante el gobierno de Eduardo Frei I hasta el actual mandato de la Concertación con la presidente Michelle Bachelet. Sus autores son el escritor Fernando Villagrán, quien fue subdirector de la ya mítica revista APSI durante la dictadura de Augusto Pinochet, y el documentalista Ignacio Agüero, quienes contaron con la colaboración de tres profesores de la Escuela de Periodismo de la Universidad de Chile y de seis alumnos recién graduados que con esta investigación realizaron sus tesis de graduación, que serán publicadas en un libro el año próximo. En la Argentina no hay una empresa o un medio comparables a El Mercurio. Para tener una idea aproximada de su significación en la sociedad chilena habría que unir el tradicionalismo reaccionario orientado por los grandes intereses económicos y los contactos internacionales de La Nación, con la tirada y la penetración nacional de Clarín y con la conducta canalla de la editorial Atlántida, que participó en forma activa en los operativos de desinformación y propaganda negra de la dictadura militar. Esa resultante actúa en un medio en el que no hay la diversidad de oferta periodística y cultural de nuestro país ni publicaciones independientes como este diario. Las hubo en abundancia antes del golpe y en los últimos años de la dictadura pero no subsistieron a su finalización, por la ostensible falta de apoyo de los gobiernos y los partidos populares, que prefirieron negociar un avenimiento con El diario de Agustín, el árbitro que define qué y quién existe en Chile. La dinastía que posee la empresa desde 1849 va por el quinto Agustín Edwards, que hizo lo imposible por silenciar la película. Litigó incluso por su título, pero los tribunales no le dieron la razón. Esta vez el productor se le anticipó en el registro de la marca, a diferencia de lo ocurrido hace unos años con un libro sobre la familia, cuyo título, El Mercurio miente había sido registrado por Agustín Edwards V.

El Mercurio miente

Así decía el cartel que los estudiantes de la Universidad Católica colocaron en su entrada durante la larga toma de 1967, en demanda de la renuncia del rector. Es también el primero de los siete capítulos de este documental cuya difusión debería interesar a la televisión pública argentina. El diario de Agustín dijo que el movimiento era “de inspiración comunista” y que formaba parte de las “guerrillas universitarias”, aunque su orientador era el cardenal primado Raúl Silva Henríquez, un obispo más parecido a Jaime De Nevares que a Jorge Bergoglio. Los tesistas trataron de obtener la opinión de Edwards, que respondió que no concede entrevistas. Probaron entonces con Juan Pablo Illanes, el actual director. Recibió a las chicas muy cordial y besuqueiro. Alcanzaron a colocar las luces y las cámaras pero cuando escuchó la palabra documental se secó la transpiración y se rehusó a la entrevista. Quien habló largo fue el ex subdirector Arturo Fontaine, que reconoció que los ocupantes del ’67 “no eran comunistas, pero nosotros no entendíamos la diferencia entre un comunista y un socialista”. En 1970, cuando Salvador Allende fue elegido presidente, Edwards huyó a Estados Unidos y por medio de hombres de negocios amigos consiguió reunirse con Henry Kissinger y con el jefe de la CIA, Richard Helms, con quienes debatieron cómo evitar que Allende asumiera, contemplando para ello un golpe militar. Kissinger lo consultó con el presidente Richard Nixon y El Mercurio recibió financiamiento clandestino de ese gobierno por, al menos, dos millones de dólares, según los documentos desclasificados en los últimos años. Incómodo ante una pregunta sobre esos fondos, el ex subdirector Fontaine dice que “de haberlo sabido…” pero no completa la frase. Explica que le parece pésimo y que él tiene rectitud. Pero de inmediato sostiene que peor hubiera sido el acobardamiento porque la llegada de Allende fue un peligro para la democracia. Cuenta una anécdota personal que el realizador ilustra con imágenes elocuentes:
-Vimos la llegada de los sindicatos en masa, así que nosotros desaparecemos…
Fontaine admite que “el diario fue muy severo con Allende, que fue muy democrático, hay que reconocerle. Había una columnilla que yo escribía, muy agresiva con él (se ríe), pero respetaba la libertad de prensa, por lo que pudimos hacer toda la campaña”. Cuando los estudiantes le preguntan por la desaparición de los medios clausurados por la dictadura, El Siglo, Clarín, Puro Chile o Ultima Hora, Fontaine responde que la suspensión de la actividad de los competidores no fue una mala noticia. Las tapas de los diarios de Agustín proclamaban “Destruiremos todo intento de marxismo”, “O nos destruían a nosotros o los destruíamos”. La tapa del diario al día siguiente del golpe parece el poster de un sheriff, con los nombres y las fotos de las personas buscadas por la Junta Militar.

Exterminados como ratones

Los medios de El Mercurio participaron en la Operación Colombo. Así se llamó al asesinato de 119 detenidos-desaparecidos en los 140 recintos secretos de la DINA, realizado con la cooperación de la SIDE argentina en 1975. La primera noticia fue publicada por la revista Lea, de la cual la SIDE editó un solo número. Según el agente de la DINA en Buenos Aires Enrique Arancibia Clavel, quien se encargó de la difusión de un falso enfrentamiento entre grupos guerrilleros fue el periodista argentino Carlos Manuel Acuña. Ese artículo, y otro similar publicado en un diario brasileño también editado con ese solo fin, fueron retransmitidos por la agencia estadounidense United Press Internacional y publicados con gran despliegue por los diarios de El Mercurio. El documental entrevista a familiares de las víctimas que cuentan su desesperación al ver esos titulares. El abogado argentino Alejandro Carrió explica la lógica del operativo: los chilenos fueron asesinados en su país y se usaron cuerpos irreconocibles de desaparecidos argentinos que se hicieron pasar por aquéllos, usando sus documentos de identidad. Los jóvenes periodistas intentaron reconstruir cómo se procesó esa falsa información. Interrogaron al rechoncho asesor político de Pinochet Alvaro Puga (pelo mal teñido, con mechones postreros que se adelantan para tapar la calvicie frontal y grandes anillos en ambas manos):
-Una periodista dice que usted entregó esa información.
-Falso. Fue Federico Willoughby, que era el secretario de prensa (suspira). En la historia de Chile no tienen ninguna importancia 600 u 800 muertos de esta naturaleza. Matar comunistas era una necesidad poco menos que biológica de los militares, para equilibrar el país. Algunos piensan que se les pasó la mano. Yo creo que se quedaron cortos.
Además de desinformar, El Mercurio editorializó: “Los políticos y periodistas extranjeros que tantas veces se preguntaron por la suerte de estos miembros del MIR y culpaban al gobierno de Chile por la desaparición de muchos de ellos, tienen ahora la explicación que rehusaban aceptar”.
Para Willoughby “fue un invento de los servicios de Inteligencia y sacaron un diario falso. No podía ser más burdo ni malo”. Dice que verificó que esos diarios no existían y se negó a distribuir la información falsa. Pero “la prensa tenía canales propios y la DINA pagaba periodistas”. Los chicos tienen buenos reflejos.
-¿Cuáles periodistas?
Willoughby se encoge de hombros. Vaya a saberse, han pasado tantos años.
Una estudiante le pregunta a Fontaine cómo verificaban las fuentes si tenían dudas sobre la información que les entregaban.
-No nos entregaban. Teníamos información propia. Yo soy muy orgulloso y estoy indignado por esta entrevista muy irrespetuosa. No venía preparado para un acoso político, orientado en un sentido muy preciso…
-…a conocer el funcionamiento de la prensa en dictadura.
La joven lo desconcierta con una pregunta trivial: por qué le llaman diario decano a El Mercurio. Fontaine sonríe paternal. Porque es el más antiguo, pues. La sonrisa se le borra con la siguiente pregunta.
-A medida que se fueron conociendo las irregularidades del régimen militar, como las violaciones a los derechos humanos…
No la deja terminar.
-Voy a terminar esta entrevista.
Al pararse se golpea la cabeza con el micrófono y sale airado de su propia oficina.

La bella estrangulada

En septiembre de 1976 todos los diarios de Agustín informan sobre un bestial crimen: la aparición del cuerpo de una “hermosa joven de 23 años”, en ropa interior, violada y estrangulada en una playa. La periodista de policiales Beatriz Undurraga es la primera en llegar y durante días alimenta la historia con morbosas hipótesis sobre un crimen pasional. El juez Juan Guzmán Tapia cuenta el caso. Marta Ugarte no tenía 23 sino 42 años, no era especialmente bella ni la estrangularon. Su desaparición había sido denunciada el mes anterior y varios detenidos en el centro clandestino Villa Grimaldi vieron cuando la torturaban. Fue una de las prisioneras arrojadas al mar desde helicópteros o aviones, pero las aguas devolvieron su cuerpo y la DINA montó la historia con ayuda de sus colaboradores periodísticos. Treinta años después, Undurraga intenta disculparse.
-Yo tengo mi moral, soy cristiana. Me pareció más joven porque estaba muy delgada. Y en la ligereza que uno puede tener para escribir…
Mucha ligereza. ¿Desde cuándo la delgadez se asimila a juventud? Pero hasta las fotos del cadáver la desmienten: los brazos de Marta son robustos.
-Después fui a pedirle perdón a esa gente -dice Undurraga.
Esa gente son las hermanas de Marta, que niegan la historia: no hubo ningún pedido de perdón. “Dijo que se notaba que era buena moza, que tenía linda piel. Nos lo decía para que nos quedáramos tranquilitas. Marta estaba desfigurada, con una expresión terrible de dolor y espanto, con los ojos desorbitados como si hubiera visto todo.”

El guía de la sociedad

Cuando El Mercurio de Santiago cumplió cien años, una periodista del diario entrevistó al patrón. Raquel Correa le preguntó por que no usó su enorme poder para presionar a favor del estado de derecho que defendía en sus editoriales. Edwards responde que en aquellos años la investigación periodística era imposible y que las acusaciones que circulaban como rumores eran imposibles de confirmar. Lo refuta John Dinges, el corresponsal del Washington Post en aquellos años, que hoy codirige con Mónica González Mujica el Centro de Investigación Periodística, Ciper, donde se practica el mejor periodismo chileno. Autor de Los días del Cóndor, Dinges llevaba una cuenta semanal de las víctimas de la represión, suministrada por la Vicaría de la Solidaridad y otros organismos defensores de los derechos humanos. El abogado de la Vicaría Jaime Esponda explica que la Iglesia Católica había fijado como prioridad salvar a las víctimas, pero que el siguiente objetivo era acumular información para detener la política represiva criminal. Muestra los boletines Solidaridad, con los datos sobre los desaparecidos, que se enviaban a todos los medios, incluido El Mercurio. La secuencia se cierra con la tapa de uno de los diarios de Agustín: “Nueva felonía marxista ante los tribunales. No hay tales desaparecidos”. En 1987, la visita de Juan Pablo II terminó en un gran desorden cuando los carabineros comenzaron a repartir agua y bastonazos a opositores al gobierno. El Mercurio identificó en su tapa a “los violentistas del PC” responsables, con una foto tomada en la Universidad y otra en el Parque O’Higgins donde ocurrieron los disturbios. Sólo que no se trataba de la misma persona, por lo cual Edwards enfrentó un juicio por calumnias e injurias, en el que quedó claro que la CNI (que sucedió a la DINA) le había pasado los materiales para la falsa acusación. Hace cuatro meses el Colegio de Periodistas de Chile pidió perdón a los familiares de las víctimas de violaciones a los derechos humanos por la participación de periodistas en los montajes tramados por la dictadura. El Mercurio, guardó, y guarda, silencio.
La película va al centro de los casos, con preciso material documental y testimonios de los protagonistas y sus familiares. Sólo hay un opinator, y lo poco que dice es preciso y útil. Es el sociólogo Manuel Antonio Garretón. “La Universidad y el mundo latifundario eran los últimos reductos que le quedaban a la oligarquía. El Mercurio entendió que estaba en juego la finalización de la sociedad oligárquica. La sociedad iba en otra dirección y El Mercurio adoptó una posición extrema que tuvo consecuencias después, porque lo llevó a ser un diario antidemocrático y golpista. Y cuando promovió y justificó el golpe, no pudo sino defender todas las violaciones a los derechos humanos. Tiene una enorme responsabilidad en esas violaciones y es uno de los actores que no han reconocido esa responsabilidad. El Mercurio no tiene un recambio generacional que le permita renegar de lo que esa generación hizo, en la época de Allende pero también cuando la toma de la Universidad Católica. Tendría que negar toda su historia. Por eso, va a defender siempre las violaciones a los derechos humanos y nunca podrá ser portador de un mensaje libertario y democrático, aunque nos den columnas para opinar y a veces parezca pluralista. Su esencia es la de un Chile autoritario y derechista.”