Farándula y política

paulo ramírezEn El Mercurio  aparece una carta del periodista y conductor de Canal 13 Paulo Ramírez  refiriéndose al conflicto entre política y farándula a propósito de la discusión que se ha generado por la participación de rostros televisivos en campañas políticas.

 

 

Farándula

Señor Director:

Tres veces en pocos días Eduardo Frei y su esposa, Marta Larraechea, se han referido al intento de marginar a Karen Doggenweiler de la campaña de su marido, Marco Enríquez-Ominami, con la despreciativa frase “no tenemos nada que ver con la farándula”.

No es la primera vez que la palabra farándula se usa para ningunear al diputado y a su candidatura presidencial por parte de representantes de las otras opciones. En ello hay una profunda injusticia: tanto el político (director de televisión y de cine) como su esposa (periodista que hizo sus primeras armas cubriendo las noticias de tribunales) han seguido carreras respetables y destacadas, mucho más por méritos profesionales que por su participación en escándalos propios del mundillo de la vida social al que el término originalmente refiere. Pero más que una injusticia, en el uso de esa calificación (más bien, descalificación) hay un definitivo error.

Una de las personalidades más creíbles de nuestro país es Mario Kreutzberger. El inicio y buena parte de su carrera estuvieron marcados por el desprecio de una élite que todavía soñaba con el ideal de una televisión educativa y cultural y veía en “el gordito ése” a un representante del mal gusto y la vulgaridad que estaba demasiado lejos de las aspiraciones de las 50 mil familias que en ese entonces podían darse el lujo de tener un televisor en su casa. Pero por presión del “vulgo” (que en realidad correspondía al estrato superior de nuestra sociedad en sus naturales inclinaciones a desentenderse del compromiso intelectual excesivo en las tardes libres) se mantuvo en la pantalla, convirtiendo a su programa, originalmente “Sábados Gigantes”, en el espacio de más larga permanencia en la historia de la televisión mundial.

Muchos creen que si Mario Kreutzberger quisiera hoy día ser Presidente de la República, lo lograría sin demasiado esfuerzo de campaña. Tal es actualmente su peso en la sociedad chilena. Evidentemente en esto ayudó de manera determinante su obra máxima, la Teletón. Pero no hay que olvidar que la Teletón hubiera sido imposible sin la celebridad de “Don Francisco”, sin su impacto masivo, sin su habitualidad en pantalla, sin su decisión de haber sido, y seguir siendo, parte de la farándula…

No es la idea establecer un parangón entre Kreutzberger y Enríquez-Ominami, por supuesto, sino simplemente señalar que ese desprecio a la televisión que sugiere el término farándula en el sentido en que lo usan Frei y sus distintos voceros desconoce la centralidad que el medio audiovisual ocupa en la sociedad chilena actual y su capacidad de crear agenda, modificar discursos y desarrollar personalidades que despiertan a multitudes que a estas alturas sólo se movilizan por entusiasmos completamente ajenos a la política partidista. Podemos llegar a decir, por eso, que hoy día gobernar es comunicar, entender las herramientas de los medios y usarlas, ojalá, en favor del bien común.

Aquí es donde se hace evidente el problema fundamental: no es la intromisión de personajes ligados a la “farándula” lo que ha degradado a la política chilena durante la última década. Es en realidad el proceso de “farandulización” de los políticos lo que ubica hoy a sus representantes en el último escalón del prestigio institucional. ¿Qué es sino farándula la imagen de un senador o un diputado acompañando en conferencia de prensa denuncias de dudoso fundamento y vigencia efímera? ¿Qué es sino farándula la balacera cruzada de declaraciones banales, ofensivas, superficiales y malintencionadas de la que están hechas las campañas en estos meses? ¿El espectáculo de acusaciones mutuas que llenan las páginas de los diarios? ¿Qué es sino farándula la legislación de emergencia apurada al ritmo de los matinales, tributaria del people meter en su lectura más ramplona?

El problema de la política chilena no es la incursión de un director audiovisual de discurso florido en la lucha presidencial, ni tampoco la compañía esperable de su célebre esposa, arropada con sus propios méritos para ser bien recibida por la población. El problema de la política chilena es la utilización de cualquier medio, de cualquier herramienta, de cualquier espacio para el engaño, el ocultamiento y la prestidigitación que permita a sus protagonistas alimentar sus propios y mezquinos intereses. Eso no sólo es farándula, es la perdición.

Paulo Ramírez

Periodista