Fin de «Una Belleza Nueva»: urgencia por profundizar el rol público de TVN

Observatorio Fucatel

En su última columna de El Mercurio, Cristián Warnken comunica que decidió terminar con «Una Belleza nueva» luego de que el canal cambiara el horario a las 8 de la mañana, lo cual interpretó como una «sacada de pantalla sin sacarlo de pantalla». El programa que lleva 16 años al aire, y que ya había cambiado desde las 11:30 a las 9:00 hrs., es uno de los pocos de conversación sobre temas de ciencias, tecnología, arte y literatura (entre otros), que existe en el red estatal.

TVN en todos estos años no ha puesto en pantalla otros programas de conversación que aborden estos temas y el único que tiene lo ha relegado al peor horario, en circunstancias que en su calidad de canal público le corresponde prioritariamente a él y no a otros canales entregar programación enriquecedora culturalmente y diferente a a la del resto de los canales que funcionan en una perspectiva netamente comerical. Este comportamiento de TVN tiene como causa, tal como hemos hecho presente innumerables veces, la necesidad de financiamiento y que, tanto los miembros del directorio como las máximas autoridades ejecutivas, no son elegidos en consideración de sus conocimientos y experiencia en televisión, sino que por sus capacidades empresariales o por cuoteo político.

Como Observatorio hemos insistido también en que la Ley de TVN, actualmente congelada en el congreso, es fundamental para precisar cómo TVN va a cumplir con su misión pública y establecer mecanismos para lograrlo como, por ejemplo, el financiamiento parcial de parte de su programación. Es urgente que los senadores Pizarro, Chahuán y Girardi cumplan con reponer la discusión de la Ley larga de TVN tal como se comprometieron cuando votaron, indebidamente a nuestro juicio, a favor de la llamada ley corta de TVN con el único objetivo de resolver temas comerciales de la TV pública, dejando abandonada la ley que podría corregir esta situación de un canal público que no parece tal. Esto es hoy aún más importante si se considera que la Ley de TV digital ha entregado al canal público un segundo multiplex el cual será mal utilizado si no se da urgencia a la Ley larga de TVN que redefine sus funciones y abre la discusión sobre los medios para cumplirlas.

 
El Mercurio, 06 de Junio, 2013

Respetable público

«Nos negamos a ser parte de una farsa, el «adorno cultural» de una «televisión pública» que, como muchas palabras en el Chile de hoy, es una palabra vacía. Para nosotros, por lo menos, este show no debe continuar…»

Nos comunican (a mí y a mi equipo) que un programa de entrevistas que venimos haciendo desde hace 16 años en televisión cambiará de horario, a las 8 de la mañana del domingo. La noticia no nos sorprendió especialmente, puesto que apostar por hacer una televisión que dignifique al espectador constituye en estos días una rareza, casi un desvarío extravagante, un «lujo asiático» en tiempos de miseria.

Y hablo de miseria espiritual, esa que no aparece en las encuestas Casen, pero que tiene efectos tan degradantes como la otra, la más evidente. La televisión que me ha interesado hacer guarda un cierto olor a origen: la de una televisión chilena que nació desde las universidades como un servicio al país. Claro, los tiempos han cambiado, el país ha cambiado y la televisión refleja -para bien y para mal- lo que este país es. Enrique Lihn, en la década de 1980, al referirse a la televisión hablaba del «pequeño horno crematorio» donde se «abrasan los sueños», y describe el espectáculo patético de espectadores «reducidos por el showman a su primera infancia», y a las audiencias como «el rebaño que se arremanga atomizado junto al fuego/ en la noche de las cincuenta estrellas».

Al lado de la televisión de hoy, eso sí, la de los 80 (la que conoció y padeció Lihn) nos parece inocente, casi ingenua. La televisión pública y universitaria, como el espacio público, ha sufrido duros embates y mermas en estas décadas, porque asistimos al astillamiento de lo público.

En educación, recién venimos despertando de la ensoñación y la falacia (que algunos lograron inocularnos) de que la usura y la calidad eran compatibles. Nuestras ciudades han sido depredadas por una desmesura y avidez sin límites, y la calidad de nuestra política ha llegado a sus niveles más bajos. Lo más dramático del debilitamiento de lo público no es para las élites, sino para los sectores más populares, que siempre reciben lo peor, lo que «botó la ola»: no tienen acceso a buena educación, no cuentan con librerías ni bibliotecas en sus poblaciones, y muchas veces ni siquiera tienen cable para no resignarse a una televisión cuyos noticiarios, con sus vergonzosas pautas, son el síntoma más evidente de la degradación. Desde la infancia han recibido una alimentación chatarra, una educación chatarra, una televisión chatarra. Pocas veces tienen acceso a la calidad, a lo excelso, para poder elegir con libertad.

Pensamos que por ese público valía la pena dar aunque fuera una quijotesca batalla en la única señal de televisión pública (abierta) de nuestro país que iba quedando, el «canal de todos los chilenos». Que lo mejor de nuestro pensamiento, investigación científica y creación artística llegara a hogares condenados a la pobreza no solo social, sino sobre todo cultural, por una élite sin visión ni pasión por lo público.

Al recibir la notificación del cambio de horario (que más bien era una forma de sacarnos de la pantalla, sin sacarnos), tuve la certeza de que esa humillación era inaceptable y que no había que ponerse de rodillas, solo para subsistir en el «horno crematorio». Al negarnos a estar en esas condiciones en pantalla, cuidamos la dignidad y respeto de nuestros creadores, pensadores e investigadores entrevistados (entre ellos varios Premios Nacionales), que merecen un trato por lo menos igual al de las «estrellas» de los realities y a tanto periodista que apenas sabe balbucear muletillas y frases deshilachadas ante los micrófonos.

Por ellos y por un público abusado por el bombardeo de telebasura, hemos decidido no seguir emitiendo «Una belleza nueva» por las pantallas de una televisión que es hoy nuestra Freirina del alma, y donde la belleza está prohibida todos los días. Nos negamos a ser parte de una farsa, el «adorno cultural» de una «televisión pública» que, como muchas palabras en el Chile de hoy, es una palabra vacía. Para nosotros, por lo menos, este show no debe continuar.

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