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Futuro de La Nación

24 de mayo de 2010 · Imprimir este artículo

 

¿Cuál debe ser el destino del diario La Nación?

¿Se justifica la existencia de un diario estatal?

¿Debe convertirse en un diario público?

¿Es posible un diario público realmente independiente?

¿Cuáles debieran ser las prioridades informativas de un diario público?

Comentarios

4 comentarios to “Futuro de La Nación”

  1. Rafael Cárdenas el 25 de mayo de 2010 a las 5:27 hrs.

    Futuro de La Nación

    Respecto del futuro de La Nación, lo que me parece evidente es que no podemos eliminar el único diario que no pertenece al derechista duopolio El Mercurio-Copesa, que copa la prensa escrita en nuestro país. La inexistencia de pluralismo en la prensa escrita -una de las características de nuestra transición pactada a espaldas de la ciudadanía-, es una de las mayores carencias de nuestra inacabada democracia. De hecho, podemos afirmar que esta falta de pluralismo nos convierte en el país con la prensa más pobre del continente americano.

    Creo que el diario La Nación debe seguir existiendo y debe dársele un destino ciudadano que ayude a aminorar la falta de pluralismo actual. Debe abrirse una gran discusión ciudadana al respecto y ello debiera empezar por la apertura de las páginas del propio diario La Nación para que se nos permita a los ciudadanos opinar sobre su destino inmediato. Con tal fin, el diario debe abrir sus páginas a sus lectores y otorgar un amplio espacio para la publicación de cartas sobre su futuro.

    En cualquier caso, el destino de La Nación lo debiéramos decidir nosotros, los ciudadanos y no el actual Gobierno ni ningún otro.

  2. Jorge Sánchez el 25 de mayo de 2010 a las 14:56 hrs.

    Sin considerar la instrumental existencia del Diario Oficial, en Chile sólo hay dos medios de comunicación que pertenecen al Estado y que, por lo tanto, deben velar por mantenerse al servicio de la ciudadanía y no responder al interés de particulares: TVN y La Nación. El resto de canales, radioemisoras y periódicos influyentes del país, salvo visibles excepciones como The Clinic, están en manos de grandes consorcios periodísticos, muchas veces socios entre sí, cuyos capitales también operan en diversos sectores de la economía, y cuyas ideologías provienen de círculos conservadores, derechistas, e incluso, pinochetistas. En este escenario, los medios estatales brindan –por liviano que sea– un contrapeso a la información que deliberan los terratenientes para manipular a piacere la opinión pública.

    El retorno de los Chicago Boys a La Moneda implica un descomunal peligro, en cuanto es el gobierno el encargado de administrar tanto a TVN como a La Nación. Y el Ejecutivo de turno, bien lo sabemos, hasta hace poco era dueño de Chilevisión y soberano compadre de quienes hoy concentran el poder mediático. Aún así, el caso del diario es mucho más complejo, pues –en comparación a la tribuna de Camiroaga y compañía– durante el último decenio tuvo una pésima gestión, perdiendo utilidades y convirtiéndose, además, es un medio de trinchera a partir del cual los gobernantes disparan panfletos para legitimarse ante el pueblo y lograr mayor aceptación en las encuestas.

    Un gobierno que discursea en busca del bienestar colectivo, privilegiaría mejorar el diario desde su solvencia financiera hasta sus contenidos, de manera que el país siga poseyendo un equilibrio; un medio de alternancia a la voz de aquellos privados que hacen y deshacen en este latifundio llamado Chile.

  3. Hugo Espinoza el 9 de junio de 2010 a las 17:56 hrs.

    Recomiendo una entrevista a quien fuera director de La Nación hasta el 11 de marzo de este año, Macelo Castillo, quien se refiere a esta discusión:

    http://www.elfracaso.cl/?p=6759

  4. juan carlos cartagena el 9 de julio de 2010 a las 15:37 hrs.

    El modelo económico imperante no necesita medios de comunicación que hagan ruido, tampoco que fiscalicen a los poderes instalados desde marzo en La Moneda.
    Resultaría contradictorio que el Estado chileno, por cualquier vía negociada, subvencionara a La Nacion para que le revuelva el gallinero en sus propias narices.
    En este juego del poder actual la construcción colectiva de un modelo de comunicación pública tiene poco espacio, tampoco espalda política y un tejido social debilitado.

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