Grandes causas

mouat2Francisco Mouat / Revista del Sábado / “Es un gesto emocionante, de madre jugada, como hay tantas, heroínas anónimas que no figuran en las noticias ni son invitadas a estelares de televisión, ni menos protagonizan ridículos realities que tienen hoy a medio país embobado con los cincuenta millones de pesos de premio, las portadas en los diarios, las horas de pantalla, la confesión pelotuda de supuestas intimidades, como si esas vidas filmadas y debidamente editadas por conocedores del negocio televisivo fueran la vida misma”.

 “Yo sólo arrugo por grandes causas”, me contestó una vez una amiga, después que le dije que se estaba acostumbrando a arrugar y no venir al taller. Mentira: no faltaba nunca, por eso se notaba tanto cuando por alguna razón no llegaba a la cita. Lo mejor de su respuesta vino después, cuando precisó cuáles eran sus grandes causas: “Viajes al otro lado del Atlántico, despedidas a amigos muy queridos, presentaciones de teatro”.

Mi amiga es bióloga y actriz, y esa vez no había venido al taller porque un amigo suyo muy querido se iba de viaje por tiempo indeterminado al día siguiente, y sus cercanos le habían organizado una despedida. Es decir: estaba atrapada por una de sus grandes causas.

Me gustó lo que dijo, porque me llevó a pensar en las mías. ¿Cuáles son? ¿Son demasiado diferentes a las de la mayoría? No creo. Querer a mis hijos, por ejemplo, es una de mis grandes causas. ¿Quién podría objetármelo? Algo totalmente natural, común y corriente, políticamente muy correcto, aunque a ratos no demasiado frecuente. Nunca supe cuántos hijos iba a tener, y cómo serían ellos. ¿Quién lo sabe? Pero algo hay en la sangre, en las vísceras, en el instinto, en ese extraño lazo que me ata a este otro ser humano, más pequeño que yo, y, aquí viene lo mejor, distinto, único, irrepetible. Lo que más me llama la atención de un padre ausente o de una madre abandonadora (y todos nosotros lo somos, en mayor o menor dosis) es que nos perdemos de saber de cerca algo más del alma humana, nos privamos de una magnífica y privilegiada oportunidad para mirar con los ojos bien abiertos a sujetos que idealmente crecerán cerca nuestro. Tal como nosotros alguna vez, ellos llegan a habitar este planeta sin que nadie sepa explicarles de un modo convincente por qué extraño y aleatorio motivo están aquí.

Con toda mi imperfección a cuestas, los quiero entrañablemente, al punto de disfrutar sus pequeñas y grandes alegrías y de inquietarme con sus zonas erróneas, que todos las tenemos por el hecho de pertenecer al género humano, de dudosa reputación a lo largo de la Historia. Me inquieta no hacer a mis hijos a un lado, y que el poco tiempo de estar juntos sea más o menos creativo y fecundo. Otra cosa es que lo consiga. Me interesa acompañarlos en su crecimiento, saber lo que más les gusta y lo que no, aceptar que son dueños de una vida que no es la mía, pero que me importa mucho, muchísimo, al punto de confundir a veces sus propios derroteros con mis grandes causas. Roma, la mujer protagonista de esa maravillosa película de Adolfo Aristaráin que se llama como ella, Roma, vende el piano con que ha hecho clases toda la vida para que su único hijo se vaya de Argentina a España a estudiar y a vivir. Es un gesto emocionante, de madre jugada, como hay tantas, heroínas anónimas que no figuran en las noticias ni son invitadas a estelares de televisión, ni menos protagonizan ridículos realities que tienen hoy a medio país embobado con los cincuenta millones de pesos de premio, las portadas en los diarios, las horas de pantalla, la confesión pelotuda de supuestas intimidades, como si esas vidas filmadas y debidamente editadas por conocedores del negocio televisivo fueran la vida misma.

Las grandes causas que acompañan mis entusiasmos no parecieran, a simple vista, estar muy de moda. Pero creo que en esto a veces nos engañamos. Queremos, al final, sin dejar de valorar la identidad y la particularidad de los demás, cuestiones más o menos parecidas: una vida medianamente armónica, ojalá amorosa y sustentable, algo de juego y algo de humor, antes de la caída final. En esto creo formar parte de una mayoría. Que otros quieran pasar la aplanadora por encima de todo aquel que se cruce en su camino, que otros estén dispuestos a matar para imponer sus puntos de vista o su cuota de poder, que haya gente a la que el vecino le importe un bledo, que la trampa y la codicia estén tan instaladas en las relaciones humanas, y sobre todo en el mundo del trabajo, no acaba de amilanarme. Entre mis grandes causas, también figura no hacerme problemas si dado el caso formara parte de una minoría. Aunque no lo creo, todavía no.

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Francisco Mouat.