Gruñones.com

Andrea Palet / El Post / «Fuck Facebook!!!!! No sirve para vender libros, no es sino un depósito de pervertidos, gente que te cobra sentimientos, viejos amigos pidiendo favores, ex novias sifilíticas buscando sexo y escritores de pacotilla rogando por elogios para sus contraportadas… Sayonara, Motherfuckers!!!» Así se despidió el escritor James Ellroy en su página de Facebook, con gran estilo me parece a mí, con gran escándalo parece que también, pues su breve sayonara dio para noticia en todo el mundo. En otro orden de cosas, aunque no tanto, el nobilizado Mario Vargas Llosa dijo a un semanario uruguayo que «Internet ha liquidado la gramática», que el lenguaje de los jóvenes en las redes sociales es aterrador y que «si escribes así, es que hablas así; si hablas así, es que piensas así, y si piensas así, es que piensas como un mono».

Con un ánimo parecido andaba el periodista catalán Arcadi Espada, que vino a presidir el premio de periodismo de la UAH y que, en varias instancias, habló con absoluto desprecio de la gente que se expresa en las redes sin ser profesionales de la escritura o la información, y, a propósito de qué formatos podrían quizás reemplazar la jerarquía tradicional de la noticia que los diarios proveen, hizo en vivo una comparación de los trending topics de Twitter que pretendía demostrar la estulticia del medio pero que arrojó, para desgracia de su argumento, que al menos esa noche los tuiteros de Chile podrían perfectamente haber armado la pauta de un diario de los de siempre, a la vez globalizado y muy chileno: se hablaba de muerte (Arancibia Clavel), deporte (Mourinho, Chupete Suazo), agitación social (protestas en la Universidad Central), la boda real (como en todas partes), tecnología (#pcmac), Gonzalo Rojas (¡chimbalacachumba, un poeta de trending topic!) y Edmundo Varas (no sé cómo calificarlo). Era casi para estar orgullosos: la vida misma, con sus grandes temas, sus temas no tan grandes y sus pequeñas leseras, estaba ahí, palpitando como un botón intermitente.

En esa velada un par de amigos, excelentes profesores ambos, se reían de otro que tenía más de 20 mil tuiteos, como si la cifra fuera una especie de frontera entre la sanidad mental y la ficha de ingreso al siquiátrico El Peral. (Yo me reía con ellos, y tengo como 11 mil tuiteos.) Me acordé entonces de las «Diez razones para no estar jamás en Twitter», que publicó el periodista Sergio Paz en El Mercurio: «Twitter mata las ideas propias… la actitud Twitter es falsa, artificial… No existen los followers… Twitter modifica tu cerebro. Le quita capacidad de concentración. De hilvanar una historia… Las ovejas, a Twitter. ¡Los librepensadores, desenchúfense!».

No me molesta nada esta nueva modalidad de la crítica cultural, la de los gruñones aversos a las redes sociales, porque la creo necesaria (siempre la crítica es necesaria, tal como la protesta social es siempre necesaria), y le pongo atención porque me obliga a hacerme preguntas y a medio contestármelas, que es lo que hace uno cuando tiene intereses diversos y una formación poco sólida. Pero ocurre que los destemplados gruñidos que he citado se podrían refutar uno por uno, aunque aquí voy a hacerlo solo de dos en dos, porque no soy experta y solo pretendo echar leña al fuego –así hay más luz–, mientras pensamos entre todos si vale la pena armar un caso.

Ellroy es famoso por su mal carácter y lo queremos y admiramos así, atrabiliario, iracundo; su editor lo obligó a estar en Facebook y su rebelión es simplemente la constatación de que nunca debió hacerle caso. El tema industria del libro-slash-comunidades virtuales lo dejo para otro día porque en realidad no es pertinente aquí: el problema de Ellroy es con la fama, un fenómeno anterior a las redes sociales. En cuanto a Vargas Llosa y el habla de los jóvenes, yo también creo que la reducción del vocabulario afecta el pensamiento, que una comunidad con un lenguaje degradado es más inculta y menos deseable como ideal social, pero, en primer lugar, no les echo la culpa a los jóvenes del acabose porque –según la mafaldina fórmula inmortal– solo es el continuose del empezose de sus padres; y en segundo lugar, creo que asistimos a cambios lingüísticos (no solo comunicacionales: lingüísticos) muy profundos que no se despachan con una pataleta aristocratizante. No sé explicarlo bien, pero sí sé que Varguitas tampoco lo explica bien. Para mí la lengua es un espectáculo, siempre lo ha sido, y por eso mi experiencia en Twitter –sesgada como todas, no lo olvido– es como ir a ver Shakespeare todos los días: allí contemplo un habla que muda en vivo y en directo, estrategias narrativas poderosas, hallazgos verbales y tipográficos, no sé, el hashtag como artificio retórico, modos de un habla mezclada, mestiza, que prende como la pólvora y no me importan las razones, solo quiero estar ahí para presenciarlo. En Twitter el aforismo de grandísimo ingenio está al alcance de cualquier cristiano, ¿cómo me voy a perder eso?

En todo caso lo que más me asombra es esa inmensa seguridad con que algunos descartan fenómenos muy complejos que es imposible que conozcan bien. ¿Por qué lo hacen? Porque los pillaron a destiempo, porque temen, porque allí pierden sus privilegios, porque están atrapados en su personaje y el gesto es lo que se espera de ellos. Por maña o manía, también, y en eso me parece bien ser soberanos. Y por honestidad intelectual, por supuesto: de todo hay en la viña del gruñón. Lo que más me asombra, decía, es lo tajantes que son, y en ciertos casos lo patudos («Twitter modifica tu cerebro. Le quita capacidad de concentración. De hilvanar una historia», dice el paladín de la frase corta y el periodismo suflito). Supongo que es porque, como tantos, soy un personaje en transición: hay ideas a las que les tenía mucho cariño pero que ya no tienen futuro dentro de mi cabeza. Hay otras que están ahí por mientras, a prueba. Lo que sí tengo claro es que quiero correr la misma suerte de todo el mundo. Y estar cerca, oír hablar a todo el mundo. Para eso hay que conocer las redes sociales y aprender de ellas. Por eso, al mismo tiempo apoyo la figura del cascarrabias letrado pero temo por su lucidez a mediano plazo. Por decirlo a la tremenda, siento que en tiempos de calma podemos discutir latamente, con capas y capas de argumentos, sobre qué estilo de natación tiene mayores virtudes, si el crol, el nado de pecho, el estilo mariposa…, pero cuando viene el tsunami no es heroico nadar de espaldas, es estúpido.

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