“Humanos en el camino”: una promesa cumplida

Francisco Aravena / Wiken / Podemos estar seguros de que todos quienes leen esta columna y todos quienes ven la televisión o cualquier tipo de medios de comunicación son humanos. Aun así, el término “humano” tiene un curioso uso en los medios. Ha pasado, de ser una obviedad, a ser un adjetivo muy específico: se suele llamar “humano” a aquello que tiene que ver con la vida privada de una persona conocida por su trabajo (el “lado humano” de un ministro, por ejemplo, asumiendo que su actividad conocida es canina, extraterrestre o sencillamente inhumana, supongo), o a aquello que los medios perciben como “el mundo real”, al que a menudo baja en busca de contenidos, cuando deja de mirarse el ombligo. El “humano” es entonces aquel que no es famoso o influyente, la persona común y corriente, generalmente humilde, a cuyo nombre se suele anteponer un “don” (ej: don Pedro) o un “señora” (ej: señora Juanita) sin apellido, porque su apellido no importa y porque a través de esa persona real se pretende representar un universo más amplio.

La promesa implícita de esa clase de programas donde los famosos “bajan” a conocer a los mortales es nivelar: usted se interesa por la gente de TV, pero ahora es la gente de TV la que se interesa por usted. Dadas esas reglas del juego, lo que uno espera de un buen programa con esa pretensión es transparencia en el fondo y efectividad en la forma. “Humanos…” cumple con ambas cosas, y lo hace con gracia y con una frescura poco vista.

Esta es una idea y una licencia argentina (con Gastón Pauls como el famoso curioso). Pero el contenido – los “humanos”- no se puede comprar envasado y licenciar. Y la versión local, con Gonzalo Valenzuela frente a la cámara y con Gabriel Díaz en la dirección, parece llena de… humanidad (léase como un cumplido). Es transparente porque nunca niega su punto de partida. Valenzuela incluso aparece dando autógrafos, al tiempo que no disimula sus reacciones: su cara de asco y desagrado (en el matadero), su curiosidad e incluso su ingenuidad respecto de las condiciones de vida de los “humanos”. La dirección y el manejo de cámara comparte el espíritu: es ante todo curiosa, tiene planos y secuencias poco obvias, pero lejanas a cualquier pirotecnia efectista. Lo mismo con los libretos y la producción periodística: no sólo logran encontrar muy buenas historias personales; también saben contarlas y resumirlas bien, con tesis directas y bien expresadas (“me di cuenta de que todas sus heridas estaban relacionadas con su familia”, por ejemplo). “Humanos en el camino” hilvana un buen relato y, a fin de cuentas, no vende más de lo que tiene en stock. O en su propio nombre.

 

Francisco Aravena.