LA CONCENTRACIÓN DE LOS MEDIOS DE COMUNICACIÓN EN CHILE

 Marcelo Contreras N. Presidente, FUCATEL-Observatorio de Medios.

A lo largo de su historia democrática Chile fue construyendo un sistema medial que representaba razonablemente el pluralismo político y la diversidad social del país. Junto a la gran prensa en manos de grupos empresariales (El  Mercurio y La Tercera) coexistían medios de comunicación  de propiedad del gobierno, partidos políticos, la iglesia Católica o simplemente independientes. La Televisión chilena nació en las universidades y mantuvo ese carácter hasta el golpe militar de 1973, además de la TV estatal, que manejaba el gobierno de turno. A nivel radial la diversidad editorial era aún mayor, con presencia de medios empresariales como el sector minero o agrícola, de partidos políticos, Iglesias y un amplio espectro de empresarios independientes.

 

Toda esta realidad fue bruscamente trastocada con el golpe militar de 1973 que, entre muchas otras cosas, concentró el mayor poder comunicacional del que se tenga recuerdo, con la intervención de los canales universitarios a través de directores designados por los rectores militares, el control absoluto de Televisión Nacional, la expropiación o cierre de medios opositores, partidarios o con líneas editoriales contrarias a la intervención militar, la expropiación  de frecuencias radiales y la construcción de Radio Nacional de Chile, una extensa cadena radial construida con las frecuencias requisadas, en manos de las FF.AA, que componían su directorio.

Tan sólo unos pocos medios resistieron esta intervención militar. Unos pocos vinculados a la Iglesia Católica. Alguno a la Democracia Cristiana (Radio Cooperativa, el más importante) e incluso una radio vinculada indirectamente al Partido Comunista. Junto a estos medios, en medio de una dura batalla por desafiar la prohibición de fundar nuevos medios de comunicación y existir como medios alternativos a los medios oficialistas, aparecieron revistas de opinión como Análisis, APSI, Cauce, Hoy, también La Época, Fortín Mapocho, El Boletín de la Solidaridad (editado por la Vicaría) y otros medios de carácter cultural, como La Bicicleta.

La democracia reconquistada no fue generosa con estos medios alternativos que surgieron al calor de la lucha por los derechos humanos y la recuperación de la democracia, para ayudarlos en el proceso de su propia reconversión en medios comerciales sustentados por el mercado, de la misma manera como los medios adictos al régimen militar recibieron en su momento generosos créditos blandos de parte del Estado, muchos de los cuales fueron “licuados” tras el triunfo del NO en el plebiscito 1988.

 

Si bien las nuevas autoridades democráticas restituyeron prontamente el derecho a la libre expresión, gravemente restringido en la dictadura y procedieron a desmantelar el formidable aparato comunicacional construido por el régimen militar (con la privatización de los canales universitarios, la transformación de la televisión gubernamental en un canal público bastante peculiar y la licitación de las frecuencias radiales en poder de las FF.AA), no tuvieron el mismo celo y preocupación para restablecer equilibrios comunicacionales gravemente alterados tras 17 años de dictadura. Uno a uno fueron cerrando los medios alternativos surgidos durante el régimen militar por falta de apoyo crediticio y publicitario y se dejó en manos del mercado y la “auto regulación” el cuidado del pluralismo y la expresión de la diversidad, en la creencia que no era posible oponerse voluntariamente a la integración vertical u horizontal  de los medios, confiando que esos grandes complejos mediales, de propiedad de poderosos  grupos económicos e intereses empresariales, se verían obligados a practicar el pluralismo en su interior para conservar la credibilidad de sus audiencias.

Tras casi 24 años de una larga transición y consolidación democrática, la realidad no puede ser más diferente a lo que imaginaron las autoridades en sus inicios. Este debe ser uno de los pocos países en el mundo en donde, al menos los de signo democrático, una coalición mayoritaria no se ve representada editorialmente por un  periódico de circulación nacional, un canal de libre recepción y la mayoría de las cadenas radiales.

Vivimos una extrema concentración de la propiedad, así como un agudo proceso de integración vertical y horizontal en manos de un duopolio que cabe en una cabina telefónica, sin que los legisladores manifiesten mayor inquietud con un proceso que afecta gravemente el pluralismo  y la expresión de la diversidad.

El propio debate acerca de la televisión digital, que se acerca a pasos agigantados, no está presidido por la preocupación de asegurar y potenciar estos valores que constituyen la esencia de todo sistema democrático. Ni tan siquiera respecto del rol de la televisión  pública, severamente constreñida por las restricciones del mercado publicitario.

Hoy los propietarios de los medios de comunicación encienden luces de alarma ante los tímidos intentos por poner estos temas- democratización de las comunicaciones- en la agenda pública, recurriendo a groseras caricaturas, intentado escamotear un debate necesario sobre el verdadero rol de los medios de comunicación y el indispensable pluralismo informativo que el país requiere.