“La Deuda” de Gumucio en Barcelona

gumucioObservatorio / De viaje por España el escritor y columnista Rafael Gumucio dio una entrevista al diario El Mundo de Barcelona para conversar sobre su última novela que tiene como tema de fondo la deuda moral de nuestra sociedad,  representada, en la historia, por el conflicto  entre el cineasta Fernando Girón y su contador.

” Tiene que ver con los pecados coloniales de la sociedad chilena, con la encomienda y el servilismo, que se traducen en el desconocimiento del dolor y el sufrimiento del prójimo”, explica Gumucio a su entrevistador, quien lo presenta en la nota como “una de las voces narrativas más sólidas de la última horneada” en Chile.

Matías Néspolo / El Mundo

Gumucio disecciona ‘la deuda’ moral de la sociedad chilena

Fernando Girón es un cineasta chile no que ha hecho una meritoria carrera con bienintencionados documentales. Cuando se apresta a hacer su sueño realidad, filmar su propio guión, se da cuenta de que su productora es una ruina. Su contable lo ha estado estafando durante años. Y todo lo sólido se disuelve en el aire porque el agujero financiero de su empresa se lleva por delante su modélica vida pequeño burguesa. Y con ella se abre la insoslayable grieta moral de su generación, los hijos de la apertura democrática, en un espiral sin fondo de resentimientos, culpas, corrupción y dinero fácil.

De eso trata ‘La culpa’ (Mondadori), la nueva novela de Rafael Gumucio (Santiago de Chile, 1970), una de las voces narrativas más sólidas de la última horneada chilena. Locutor de radio y televisión, columnista de The New York Times y de The Clinic y director del Instituto de Estudios Humorísticos de la Universidad Diego Portales, Gumucio abandona momentáneamente el humor ácido de ‘Memorias prematuras’ (2006)y ‘Páginas coloniales’ (2006) para hurgar bajo la alfombra de su generación.

Pregunta.- La deuda de su novela parece más moral que financiera…

La chilena es una sociedad de clases y castas y esa injusticia es su matriz simbólica

Respuesta.- Es cierto. Tiene que ver con los pecados coloniales de la sociedad chilena, con la encomienda y el servilismo, que se traducen en el desconocimiento del dolor y el sufrimiento del prójimo. La chilena es una sociedad de clases y castas y esa injusticia es su matriz simbólica, una deuda moral aún hoy sin saldar.

P.- A 20 años de la apertura democrática, ¿Chile no ha avanzado en este sentido?

R.- Sí se ha saldado en parte las deuda en materia de derechos humanos y democratización, pero el conflicto social de base (la injusticia de clases y el orden patriarcal de la sociedad chilena, que originaron el Gobierno de Unidad Popular y el golpe de Estado que le siguió) sigue ahí.

P.- ¿Cuál fue el punto de partida de su novela?

R.- Partí de una historia real, de una noticia de sucesos sobre un contable que había estafado a sus clientes, e intenté escribir un guión. Pero al cabo de cuatro años tenía más de 800 páginas y una historia desectructurada. Tengo demasiado ego para ser guionista.

P.- ¿Por qué lo dice?

Pertenezco a una generación que padeció a unos padres adolescentes. Les tuvimos que enseñar nosotros a madurar

R.- Porque me aburren y estoy más pendiente de las descripciones de ambientes y de los personajes que de la estructura narrativa.

P.- A juzgar por el resultado, atacó ese problema de raíz al convertir el manuscrito en una novela…

R.- Me centré en la arquitectura de la historia y procuré que la trama avanzara de manera dinámica en torno a paralelismo y oposiciones. Entre el cineasta y su contable; entre Fernando que es de clase media y su mujer, Fernanda, de clase alta…

P.- ¿El conflicto de su protagonista es en buena medida generacional?

R.- Sin duda lo es porque mi visión es también generacional. Pertenezco a una generación que padeció a unos padres adolescentes. Les tuvimos que enseñar nosotros a madurar. Y ser adulto es una pasión. La fiesta democrática tampoco fue como queríamos, pero si lo hubiese sido, habría sido peor.

P.- ¿Y cuáles son sus deudas como narrador? ¿Bolaño tal vez?

R.- No lo crea, aunque reconozco que fue sin duda el mejor narrador de la generación que me precedió. Más bien, Donoso, que a pesar de haberlo conocido, lo redescubrí ya póstumo. Me siguen sorprendiendo, además de su talento, su valentía y su coraje para enfrentarse a la herida profunda de la sociedad chilena: la injusticia de clases. Aunque mi fraseo y mi estilo son opuestos, creo que le debo mucho a su humor y, la vez, a su pesimismo, que no es otra cosa que un realismo escalofriante.