La farsa del periodismo

Francisco Mouat / Revista El Sábado /  Cierto día de juventud, le escuché decir a un compañero de universidad que el periodismo era una farsa, y que su mecanismo consistía en vivir de prestado para alentar un negocio. Sospecho que éramos varios los que pensábamos como él o al menos lo intuíamos, aunque también pensáramos que podía haber excepciones a la norma, y que por ejemplo fiscalizar a los poderosos o denunciar los abusos de una dictadura era una tarea necesaria y hasta noble. Si bien ahora pienso más o menos igual que mi compañero de universidad, la vida me ha ido mostrando comportamientos humanos que ofrecen matices al juicio lapidario de entonces, zonas de sombra, grises que tienen que ver con esa contradicción inevitable que nos ocupa, aquello que Nicanor Parra escribió de manera inmejorable: somos un embutido de ángel y bestia.

Hubo una época remota en que se hacían congresos de periodismo y se hablaba con énfasis de verdad y libertad de expresión, cuando a las ideologías dominantes les sobraban adjetivos y nos prometían un mundo casi perfecto si le hacíamos caso a sus voceros. En los congresos de escritores no se hablaba demasiado de literatura, sino de compromiso con la realidad, y hasta los médicos reservaban un espacio entre caso y caso estudiado para solidarizar con las víctimas del hambre. La utopía del desarrollo y las mejoras sociales era alentada por discursos altisonantes, que un santo día acabaron en el tacho de la basura y fueron reemplazados por el pragmatismo cruel de la eficacia y la rentabilidad.

A mí me da risa escuchar en los tiempos que corren -aunque a veces el chiste me da rabia por la hipocresía que contiene- discursos públicos en el mundo del periodismo sobre el deber moral de informar veraz y oportunamente a la ciudadanía. ¡Qué grandilocuencia más falsa! ¿Quién quiere hacer eso hoy realmente entre los comunicadores masivos y las fuentes de información? ¿Es necesario que los ciudadanos estén enterados de absolutamente todo lo que ocurre, hasta de los oscuros y enredados laberintos en que se tejen los hilos del poder? ¿Cuánto pesan los hijos de vecino, que son mayoría abrumadora, en las pautas periodísticas? ¿Es bueno hacer reflexionar a la gente? ¿No sería mejor que sigan convertidos en una masa informe, pusilánime, acrítica y consumidora, que es lo que necesita la economía para que los indicadores superficiales de la actividad continúen exhibiéndonos entre los mejores países de la región?

El periodismo nunca sirvió de mucho, aunque fue en algunos casos un alegato ético y un testimonio. El cronista brasilero Rubem Braga contó una vez que hacía muchos años había ido a Paraty y se había encontrado con que los domingos en la plaza el municipio hacía sonar a todo volumen unos altoparlantes con música estridente que a la mayoría de los habitantes del pueblo le crispaban los nervios. Braga denunció el hecho en un artículo de prensa y no volvió más a Paraty hasta veinte años después, cuando descubrió que los altoparlantes seguían sonando igual que antes: «¿Ven que escribir crónicas no sirve de nada? El mundo sigue su marcha».

En las páginas de esta revista se publicó semanas atrás un reportaje que denunciaba números y hechos terribles: diecinueve mineros habían muerto en Chile desde que se rescató con vida a los treinta y tres trabajadores de la mina San José. ¡Diecinueve! Una lectura detallada de cada nuevo caso permitía verificar que, como ha sido la norma en países como el nuestro, el cóctel explosivo de codicia de empresarios inescrupulosos y necesidad de hombres sin trabajo, sumado a la casi nula fiscalización de la actividad por los organismos facultados para hacerlo, escribía en este caso unas páginas llenas de sangre y horror. La publicación del artículo no modificó a las partes involucradas y por supuesto tampoco a nosotros. Y se han escrito y se seguirán escribiendo muchas más páginas que cuentan el relato pormenorizado de cómo un puñado de mineros escabulló a la muerte con una buena dosis de fortuna.

Sostengo en mis manos una nueva edición, bellísima, de Subterra, de Baldomero Lillo. El libro lo publicó Liberalia, contiene cuatro cuentos de la edición original de 1904, viene con ilustraciones y «apareció en Santiago de Chile, en diciembre de 2010, para rescatar a unos 3.333.333 mineros olvidados en el pozo de nuestra historia nacional».

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