La Nana, un filme político

naviaPatricio Navia / Blog / Además de ser una de las películas chilenas más vista y premiada, La Nana refleja diestramente el momento político y social por el que atraviesa el país. La cinta muestra la evolución de esa institución de la clase alta y media alta, heredada de los años cuando casi la mitad de los chilenos vivía en pobreza y exclusión. Y termina en la realidad actual, donde la disponibilidad de nanas va en disminución y se redibuja la relación de poder entre las asesoras domésticas y sus empleadores.

La obra del director Sebastián Silva explica, de forma más didáctica que un estudio sociológico, los desafíos que enfrentan los candidatos presidenciales que compiten por captar el voto de esa creciente clase media ascendiente.

Precisamente, porque el director no envió un mensaje político directo, La Nana supera con creces a muchas películas políticas. Cuando un cineasta quiere hacer una cinta de este tipo, corre el riesgo de producir una panfletaria.

La película es profundamente política, porque trata de relaciones de poder entre la nana, sus potenciales rivales, la dueña de casa y los otros miembros de la familia. La política es una ciencia que aspira a entender las relaciones de poder entre el Estado y las personas. Metafóricamente, la familia con la que trabaja la Nana es el país. La casa, el territorio nacional. Con aires burdamente nacionalistas, la nana rechaza a los que considera inmigrantes ilegales. Aunque no vive satisfecha, defiende sus espacios, porque sabe que ejerce poder. Además, sabe que posee, de una singular forma, autoridad. Las relaciones de poder, que provocan risas, espantos e incomodidad, constituyen una metáfora de los cambios en las relaciones de poder que han ocurrido en Chile producto del sostenido desarrollo y crecimiento de los últimos 25 años.

La Nana refleja magistralmente los cambios en la sociedad chilena. Ya que hace 20 años, el 40% de los chilenos era pobre y menos del 50% terminaba la secundaria, había disponibilidad ilimitada de potenciales nanas. Hoy, cuando la pobreza llega al 13%, cuando la mitad de los chilenos es de clase media y cuando la universidad es una aspiración alcanzable para cuatro de cada 10 jóvenes, las nanas son una especie en extinción. No es que en el futuro vaya a ser imposible encontrar ayuda doméstica, pero las condiciones de empleo, los sueldos, las alternativas de vida y la propia autovaloración de las nanas cambió. El crecimiento de la clase media ha aumentado la demanda por ayuda doméstica. Y la disminución de la pobreza ha reducido la oferta.

Esa clase media, con poder de consumo y aspiraciones de mejor vida, pero también miedos de volver a los años de carencias, precisa de un discurso político distinto. Es menos ideologizada y más pragmática. Espera resultados más que promesas, propuestas más que ofertones y sueños realizables más que inviables aventuras. Votan saludablemente equilibrados entre sus bolsillos y sus corazones.

A diferencia de otros memorables filmes políticos, La Nana tiene una historia de redención. Machuca comparte con La Nana la habilidad para aterrizar los conflictos políticos y sociales a historias personales. Pero la película de Wood es un lamento sobre el triste y frustrado desenlace de una idealizada aventura. La Nana, en cambio, deja a todos contentos y soluciona la tensión que se construye durante la primera mitad de la trama. En eso también marca una diferencia con las clásicas películas políticas chilenas. Esta vez, la esperanza no es un ideal ni un sueño lejano, es una realidad cotidiana. Pese a su rostro enjuto al comenzar el filme, la Nana demuestra que la alegría ya llegó.