La pantalla chatarra

Orlando Alfonso Olave / La Nación / No es necesario llegar al aburrimiento del espectador para crear productos útiles y tampoco caer en la falacia de la irresponsabilidad del artista para con la gente.

La televisón es un medio popular en los segmentos más amplios de la población chilena y sus programas a veces constituyen una droga que no sólo distrae, sino que crean conductas, intervienen la cultura, generan ambientes sociales distorsionados y potencian esos efectos sicosociales de la globalización en dichos sectores, como la soledad, la violencia y el individualismo. Además, la televisión distorsiona el análisis de las preferencias del público y maneja el gusto de la gente, alterando de manera artificiosa el estándar de nuestra capacidad crítica acerca de lo que recibimos por los medios de comunicación. Y, para colmo, nos mete a todos en una misma bolsa como argumento justificado en el rating como fin último para sostener la mediocridad de sus programas.

“El señor de la Querencia” (TVN) o la más reciente “Historias de campo” (Chilevisión), en el ánimo rebuscado de reflejar una parte de nuestra historia, con sus argumentos de violaciones sexuales, abusos extremos de poder y crueldad, crímenes, demonología y religión conforman un cóctel exitoso para el morbo y para el hastío que sobrevive entre nosotros, quizás producto de las presiones diarias sin aparente escape, y que se excusa y legitima en la parafernalia del éxito de audiencia. Es aquí donde el exitoso programa lo justifica todo, no se atiende a sus efectos y eco social, como si la mitad de Chile estuviera tras de esos cuadros aprobando su contenido y estructura.

La televisión nuestra ya está instalando lo perverso como un factor de éxito, de un guión competitivo que satisfaga las preferencias de los anunciantes y de los consumidores, en una mezcla dantesca de símbolos, pero -claro está- carente de la profundidad que se encuentra en la “Divina comedia”. ¿Es absurdo comparar literatura, cine y televisión? ¿Por qué? ¿Por el tipo de consumidor? Dado que el formato ya no es excusa para “hacer televisión de calidad”, ¿qué separa la calidad con el éxito del consumo? Una pregunta tediosa de hacer, pero que descansa en la responsabilidad de estos medios por la creación de un público y su componente cultural y educativo. No es necesario llegar al aburrimiento del espectador para crear productos útiles y tampoco caer en la falacia de la irresponsabilidad del artista para con la gente.

Si bien no podemos comparar el cine con la televisión, aun cuando su distancia es menor a la diferencia del ADN que existe entre un chimpancé y un hombre, el cine es arte y la otra sólo es la pantalla chatarra, con sus supuestos propios de segmentos, entretención y masividad para dar al pueblo lo que quiere consumir y no dejar de entregarle a ese mismo pueblo aquello para lo que ya ha sido moldeado. ¿Será posible hacer buena televisión? ¿Que el tratamiento del género del terror, por ejemplo, se aborde con calidad, atendiéndolo como una oferta al análisis y el buen gusto, con un aporte de símbolos y lecturas, ayudando un poquito a pensar cosas simples y propositivas hacia lo positivo y no rumbo al desborde de la razón y al filo de la exaltación de la violencia y la locura en la vida real, como de forma paradójica se nos muestra hoy?

El punto es la calidad, sin dejar de pensar en el aporte al desarrollo de las personas con que se pueden abordar las temáticas más críticas y que puedan convertir a la televisión abierta en un factor cultural, dadas las gigantescas necesidades que tenemos en la actualidad en cuanto a educación y en el aporte a la construcción de liderazgos positivos.

Es sintomático cómo la crueldad excesiva y el crimen en la televisión se consumen tanto como las simbólicas hamburguesas, la mayonesa y las papas fritas, a las que se les ha puesto atención pública por su inconveniencia para la salud humana. Estas seriales son, sin mayores eufemismos ni fanatismos puristas, productos que pueden llegar a deteriorar la salud mental de la gente y a causarles conexiones cuando el factor de éxito de la TV es la exacerbación de la calamidad, la criminalidad en escenas explícitas y escabrosas junto con miradas distorsionadas de la sexualidad. La pantalla abierta viene a ser, como dijimos, una pantalla chatarra, pero la salud mental, el buen gusto, el criterio y un factor de apoyo para la educación y la cultura, en especial son asuntos no menores y de interés que se deben abordar, más allá de fórmulas comerciales sin responsabilidad social.

El debate sobre este medio de comunicación debería abordar aspectos que no son tan sutiles, como el rol social más allá del entretenimiento y sin miradas ideologizadas.