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La reina de la impostura

3 octubre 2010 • Columnas de opinión

marleneDiego Moulian /LND / Marlen se fue por las ramas. Sólo reconoció que “bebía en eventos sociales y también consumía de lo otro”, afirmó. ¿Jalaba cocaína, era buena para los pitos, solía viajar al norte a tomarse un San Pedro? No quedó claro.

Con sentimientos encontrados debe haber quedado Marlen Olivari luego de su aparición en “Animal nocturno” el domingo pasado. El rating del estelar alcanzó un pick de 28 puntos cuando Felipe Camiroaga conversaba con la showoman, pero el impacto mediático de la entrevista fue bastante pobre. Al otro día no acaparó portadas en los diarios faranduleros de la plaza, y los programas que siguen al dedillo la chismografía televisiva no le dieron demasiado boleto a las declaraciones de la ex diva de “Morandé con Compañía”.

Antes de su emisión, la entrevista fue vendida como la gran revelación que estremecería el mundo del show business criollo. La que alguna vez fue el principal rostro femenino del espectáculo nacional daría a conocer una verdad oculta por mucho tiempo: su adicción a las drogas y el alcohol. Sin embargo, Marlen se fue por las ramas. Sólo reconoció que cometió “excesos” con el trago y con substancias ilícitas que no específico. “Bebía en eventos sociales y también consumía de lo otro”, afirmó eufemísticamente. ¿Jalaba cocaína, era buena para los pitos, solía viajar al norte a tomarse un San Pedro? No quedó claro. Tampoco entregó detalles sobre el tratamiento de rehabilitación al que supuestamente se sometió en Europa y que le permitió convertirse en una “nueva Marlen”. “Fue un terapia de sanación, de limpieza de la sangre”, señaló simplemente. Mucho menos profundizó en los miedos y angustias propios de quienes se les pasa la mano con las drogas y el copete; nada dijo de la soledad y el sentimiento de culpa que habitualmente envuelve a los adictos después de las noches de carrete desenfrenado. Fue una revelación aséptica y calculada, que en rigor reveló poco o nada.

Marlen Olivari es la reina de la impostura, experta en fabricar situaciones cuyo único objetivo es atraer a los ágiles de la prensa farandulera y concitar la atención pública. Su historial es abultado: se casó con Roberto Dueñas en una ceremonia transmitida en vivo y en directo a todo el país por Mega; luego reconoció entre sollozos que vivía una crisis matrimonial en plena conferencia de prensa del Festival de Viña; siendo jurado del certamen musical, casualmente mostró su turgente busto justo cuando era enfocada por la transmisión oficial; se besó ante las cámaras con Rocío Marengo a la salida de un programa de baile. Sin embargo, a medida que se repetían episodios de esta naturaleza, la pobre Marlen fue perdiendo credibilidad, se le comenzó a notar demasiado su interés por figurar, y sus puestas en escenas se volvieron menos auténticas que sus enormes pechos de silicona.

La TV es cruel y despiadada. No perdona el paso del tiempo, y quienes alguna vez fueron elevados a la cima del estrellato suelen caer rápidamente en el ostracismo. Así, es probable que Marlen extreme sus estrategias para estar en la cresta de la ola. Su competencia es cada vez mayor; ahora son otros rostros femeninos -más jóvenes y novedosos- los que atraen las cámaras y micrófonos de los medios: la Gianella Marengo, la Faalon, la Raquelita Calderón y otras chiquillas más, que seguramente pasarán al olvido en menos de lo que canta un gallo.

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