La supuesta fuerza de los ochenta

Marco Antonio de la Parra / Ojo Bizco / LND / La cosa es que la supuesta fuerza de los ochenta se ha tomado los medios. Una exitosa serie de televisión lo atestigua con la reconstrucción de años duros en tiempo melancólico. Las radios parecen haber descubierto la música que anteayer era basura y que hoy es venta y reventa, regalo de revistas o periódicos, nostalgia a tope. Cabe preguntarse quién es el que está recordando esos años ochenta. ¿El cuarentón? ¿La cincuentona? ¿Los jóvenes de 30 que escuchan el sonido de su infancia? La nostalgia tiene un punto de crueldad. Recordar algo sucedido hace 20 años es casi saludable para la gente de 40 pero para los que vamos hacia los 60 es un golpe en la conciencia de la muerte. Nos quedan menos años que los vividos hacia atrás, a esos años ochenta consolidados y sobrevalorados. La década de los ochenta fue dura y cruel.

Fueron años de esperanza en medio de una dictadura que se negaba a caer y fue el tejido de la resistencia. Fueron años de miedo duro y puro conviviendo con momentos en que creíamos que nuestros matrimonios eran felices y mirábamos crecer a nuestros hijos en una sociedad de hiperconsumo incipiente, donde la locura del mall se instalaba de manera muy primaria. No sé si fueron años de verdadera fuerza, como guisa la canción de Los Prisioneros, siempre algo primarios en sus mensajes y su música. A ratos eran años de ingenuidad, de crisis, de cesantía, de una de las tantas caídas del capitalismo neoliberal, ese que hoy por hoy está hundido en sus pies de lodo y dicen que ¡otra vez! hay que refundar. Más de un amigo perdió mucho pero mucho dinero en esta última crisis. ¿Tendrán nostalgia de los años 2000? En los años ochenta tocamos cacerolas, se nos inflaron los créditos en dólares, no supimos muchas veces qué hacer. Mis años ochenta fueron de descubrimiento del éxito teatral y tendría razones para echarlos de menos. Las cosas sucedían por arte de la magia en el oficio de dramaturgo y yo era una joven promesa. Es delicioso ser una joven promesa. Uno puede estropearse o consolidarse. Estudié psicoanálisis como un obrero y no dejé de leer. Kundera era la lectura de moda y el casete el objeto mediático. Soñamos un mundial de fútbol que se nos hundió hasta el asta de la bandera. Un día cruzaron furiosos los helicópteros la ciudad de Santiago y degollaron a tres víctimas de la represión enloquecida. Vino el Papa y le dijeron que no abandonarían el sexo en un Estadio Nacional repleto de jóvenes. Queríamos un mundo mejor y no sabemos si vino. Sin duda haber terminado la década con el No ciudadano fue estimulante y los años noventa, raros como perro verde, marcaron nuestra transición que aún no tiene nostalgia. Los ochenta recibieron a los exiliados, cargaron las pilas de una nueva estética teatral en que Ramón Griffero fue un buen ejemplo de lo que se había aprendido afuera. Trabajamos en una ocasión juntos y la pieza era sobre lo siniestro de una mujer que se entregaba a la tentación de los objetos y el deseo sin importar su precio. Era una dura metáfora de un país cuya fuerza era mezcla de esperanza y resentimiento. La nostalgia hace su trabajo y diluye las aristas de tiempos complicados y complejos en una sonoridad que más hace suspirar que sufrir. Para eso la inventamos. Ablanda lo que es duro. Vivimos la gloria y la persecución, se abrieron las bases de una fundación económica que vimos caer, sucumbir, golpear y renacer. Al final queda música, cierto sabor de moda y una serie de televisión. Lo mejor, la serie. Por lo menos retoma el lado doloroso de tiempos, como todos, complicados. Nos queda la música. ¿Qué tararearemos en 20 años más? Si estamos aquí, claro. //LND

* Director de la carrera de Literatura de la Universidad Finis Terrae.