La tele, el morbo y la dignidad

correa sutilJorge Corre Sutil / La Tercera /  Una serie de hechos delictuales conmociona al país. Todavía no se agotaban las imágenes y polémicas del “Cisarro” cuando nos enteramos de la macabra violación y homicidio de una niña en Valparaíso. Hechos que pueden y deben ser informados, pues porque se conocen y debaten, encierran el potencial de perfeccionar el modo en que enfrentamos esta dramática parte de nuestra convivencia que, aunque no lo queramos, también nos constituye y refleja.

Otra noticia escabrosa ocurre en Brasil: Wallace Souza, un conductor de TV que ganó fama y prestigio por su capacidad de descubrir, mostrar y resolver crímenes que ni la policía conseguía descifrar, fue acusado de planear y mandar a ejecutar los asesinatos que luego, en escabrosas escenas, mostraba en su popular programa.

Ello ocurre fuera de nuestras fronteras. Nuestros canales abiertos de TV nunca han ordenado los asesinatos que muestran; se valen de los que efectivamente ocurren sin su voluntad.

Sin embargo, para ganar en rating, esto es, con el lícito objetivo de lucrar, algunos de ellos han hecho convenios con las policías para mostrarlas realizando operativos en los que detienen personas cuya culpabilidad nadie ha declarado, exhiben los rostros de sospechosos que aún nadie ha formalizado y mencionan a niños, ya no por sus iniciales, como incluso ocurría en los tiempos de la dictadura (de la que nos deshicimos para tratar a todos con dignidad), sino por sus apodos, como si alguien en las poblaciones donde viven los identificara de otro modo. Así, su rehabilitación y resocialización se hace aún más difícil, en perjuicio de ellos y de la sociedad que se dice defender.

El conductor televisivo brasileño estaba en una meteórica carrera. Su programa tuvo envidiable rating por más de una década. Su fama y credibilidad lo llevaron a ser el diputado más votado del estado de Amazonas. Aquí, como allá, se puede ganar una lucrativa y prestigiosa popularidad explotando el morbo, mostrándose enérgico con el mal y compasivo con las víctimas.

De confirmarse las imputaciones que se hacen a Souza, habrá otra historia escabrosa para competir por el rating. Ojalá acompañada de un debate, posiblemente esta vez algo incómodo para los anfitriones, pero que podría hacernos bien enfrentar.

El asunto no es sencillo y no hay buenos y malos. Darles largo a los delitos, ponerles color y música aterradora, exhibir los rostros de detenidos adultos y los nombres de los que son niños, lograr que los deudos lloren ante las cámaras, sube el rating no por culpa de la TV. Las autoridades y trabajadores de los canales sólo compiten, a sabiendas que el morbo vende.

Tampoco se trata de negar los aportes investigativos de algunos programas: sin ir más lejos, las denuncias en contra de Souza fueron hechas por una investigación periodística. Tampoco de negar esa fea parte delictiva del rostro de Chile en el espejo de su Bicentenario. Nuestros conductores televisivos no planifican ni mandan ejecutar los delitos, pero al cubrirlos dejan harto que desear en la dignidad de trato que merecen víctimas y sospechosos.

¿No sería bueno discutir acerca de los límites de la explotación del morbo en la tele? No porque no hayamos llegado al exceso macabro que se atribuye a Souza podemos sentirnos libres de esas culpas, pues algo sugiere que tan sólo por ahora no hemos llegado a esos extremos.