Las horas del día

manuel garcíaCrónicas notables / Francisco Mouat / Tiro Libre / Revista El Sábado /  El amigo de un amigo me envía de regalo una película que terminó el año pasado. Acompaña al devedé una nota: «Te mando Las horas del día, un documental que registré junto al músico Manuel García en el Parque Juan XXIII, de Ñuñoa, durante el último par de años. Se trata de un día cualquiera en ese parque, grabado con luz natural, sonido directo y con las canciones de García como hilo conductor. Me gustaría compartirlo contigo, siento que te puede interesar como exploración de un lugar de Santiago, y como documento de un momento determinado en la capital de estos días. Saludos, Christian Ramírez».

En un momento de paz, me siento a ver Las horas del día. Sencillísima en su factura, pero al mismo tiempo seria y aplicada, la sigo con atención y agrado. No me despego de la pantalla la hora y fracción que dura. Efectivamente es Santiago, y dentro de Santiago un parque ñuñoíno que experimenta el transcurso del tiempo de la mañana a la noche; las horas del día, el aseo, los jardineros, los pájaros, el recreo, la luz en los árboles, un espacio intervenido (también podría decirse ocupado) por un cantante que comienza interpretando sus temas en solitario y acaba sumando a una banda completa para construir un relato donde la música es fundamental para marcar el ritmo de la película. Pero el director, además, construye con el audio una historia paralela a la de las canciones, en la que hay desde el sonido de una fuente de soda a la hora de almuerzo hasta un público invisible que celebra las canciones de García y los músicos que lo acompañan.

Ver y disfrutar la película me hace reparar en cómo se tejen las redes humanas. Christian Ramírez leyó una crónica en la que yo celebraba la película Aquí se construye, de Ignacio Agüero, y pensó que si había valorado ese documental, podría estar interesado en su película del parque y las canciones de García. Por eso me mandó el devedé con la nota, en la que además me sugería que viera otro documental de Agüero, La mamá de mi abuela le contó a mi abuela, «probablemente una de las películas en español más hermosas que haya visto». Como hace poco le compré todas sus películas a Agüero, al día siguiente de ver Las horas del día me senté a ver La mamá de mi abuela le contó a mi abuela, y volví a celebrar el oficio del realizador, la calidad del montaje, la sensibilidad y el tono de una historia filmada en el pueblo de Villa Alegre, donde pareciera que el tiempo no acabara de pasar completamente, salvo cuando comprobamos que las generaciones jóvenes que viven en el pueblo lo único que anhelan es salir del colegio y arrancar a perderse a cualquier ciudad de Chile que -ellos sueñan- les abrirá más y mejores oportunidades de surgir. Coincido con Ramírez: bella película, bellísima.

Mientras la veo no dejo de pensar en mi amigo Guillermo Elgueta, que viene llegando de Villa Alegre, a donde fue a enterrar a su mamá, directora de la escuela en su momento, que unos pocos meses atrás partió a su pueblo de toda la vida «a morirse», como contó Guillermo cuando la fue a dejar un día en que ella amaneció con la idea fija de no vivir más con él en Santiago y regresar a su tierra. No dio ninguna explicación esa vez: «Guillermo, quiero que me vayas a dejar a Villa Alegre hoy mismo. Me voy a la casa de tu hermana».

La carroza negra tirada con caballos con que todavía se entierra a los muertos en Villa Alegre, y que forma parte de la película de Agüero, fue la misma carroza en la que llevaron a la mamá de Guillermo al cementerio. Debo regalarle cuanto antes a Guillermo Elgueta el documental La mamá de mi abuela le contó a mi abuela. Las redes, a veces, se van tejiendo de un modo sutil e inesperado.

Otro amigo, Beto Medina, se va a vivir a Puerto Varas y sus amigos lo despedimos. Entre los regalos -una fotografía hermosa en blanco y negro tomada por Armando Marín en Valparaíso, una botella de vino gran reserva, una mermelada casera de frutillas- iba también un devedé de Aquí se construye, la película que motivó que Ramírez me enviara la suya. Beto es un magnífico realizador audiovisual, y la filmografía de Agüero debe ser parte de su biblioteca esencial.

Beto brinda en la comida por el gusto de haberse encontrado en la vida con nosotros, y agradece que le hagamos creer que el mundo es, a veces, amable, que los demás no son necesariamente perversos y odiosos. Beto cree que esa dosis de ingenuidad le ayuda a vivir bien. Aunque se trate de un sueño, es su propio sueño. Fue justamente Beto quien me presentó años atrás a una amiga, Mané Zaldívar, que cada vez que puede nos dice que vivamos a la altura de nuestros sueños. Ella, Mané, forma parte de mi red, como Beto, como Guillermo, como las películas de Agüero y el documental de Christian Ramírez, Las horas del día.