Libertad de prensa y opinión castrada

TVviejaOmar Saavedra Santis / No es mi intención imponer a nadie mis opiniones personales, pero se me hace difícil aceptar sin protestas que otros se esfuercen por castrar las mías. Hace 20 años, con ocasión del estruendoso desplome del muro de Berlín, escribí un artículo de opinión, que fue publicado in extenso sin ningún tipo de cortes editoriales en la desaparecida revista Análisis. Sobre el mismo suceso fui entrevistado hace poco por un periodista de TVN de apellido Pavlovic. Fue una cordial entrevista frente a cámara, de algo más de 30 minutos. Mucho menos cordial y alevosamente tendenciosa fue la selección que el periodista de marras hizo de mis opiniones, las que redujo a dos o tres frases arrancadas de un contexto mucho más denso y complejo que el anecdotismo ramplón con que TVN se acopló a la conmemoración del emblemático hecho.

En la mencionada entrevista dije, entre otras cosas, que el muro menos que una decisión de la dirección política de la RDA, había sido ante nada el resultado directo de la Segunda Guerra Mundial. Hablé también del “patético entusiasmo” que observé en las calles de Alemania Oriental cuando aquella fea arquitectura de la guerra fría cayó para siempre. Expresé además mi temor (el mismo que sobresaltó a Francois Mitterrand) de que la caída del muro volviera a invocar los fantasmas más terribles de la historia alemana. Sostuve la opinión de que la desaparición del limes ideológico que separaba a “ambas” Alemanias de posguerra, desde el punto de vista emocional -y hasta cierto punto también cultural- podía ser entendido como una “reunificación”, pero en lo político y económico había sido más bien un Anschluss, una anexión simple y llana. Hice presente que no es improbable que hoy día un par de millones de alemanes del Este se sientan exiliados en su propio territorio. Cité las dudas actuales de muchos políticos alemanes, de todos los partidos, sobre la justeza y rectitud del complicado proceso de reunificación, que -como todos saben- está aún muy lejos de concluir. En esta parte agrego un largo etcétera.

Como dije, fue una larga entrevista. Una que por desgracia el periodista Pavlovic, en uso y abuso de una arrogante potestad “profesional”, mutiló a su antojo. No es mi intención imponer a nadie mis opiniones personales, pero se me hace difícil aceptar sin protestas que otros se esfuercen por castrar las mías. Debo aceptar, empero, que Pavlovic no faltó de modo alguno a su ethos personal. Él permaneció fiel al mainstream de nuestros tiempos, al que sirve con devoción monocular. En verdad, el error fue mío, al creer que la ecuanimidad y objetividad eran aún valores constantes de la libertad de prensa.