Loca academia de telerrealidad

Sabe que aunque pase por vida real, todo lo que vemos en la pantalla es socarrado bajo los focos. Improvisar, sí, pero conociendo los trucos del género, que no admite gente sin ángel o respuestas desabridas. Su análisis del medio, que conoce bien, ha dado en acuñar la más insólita de las aulas, aquella en la que el peluquero, el estudiante y la cantante de orquestina popular tonifican sonrisas y ensayan caras, siempre con el visor orientado hacia el premio gordo.

“He enseñado a gente del teatro toda mi vida. Así que pensé que sería una buena idea hacer lo mismo con quienes quieren ir a los shows de televisión”, comenta Galinsky a EL MUNDO en conversación telefónica.

Todo comenzó cuando ayudó al entrenador de animales Jorge Bendersky, que participó en el programa ‘El cuidador lo tiene’, producido por el canal de naturaleza Animal Planet. En aquel espacio, Bendersky bañó, peinó e hizo la manicura a diversos perros.

Al final quedó tercero. Galinsky vio la oportunidad. Muchos participantes adolecían de inocencia, o se les veía a la legua las intenciones. “Es que no creo que actúen, no es tan sencillo, pero deben enfrentarse a situaciones en las que deben actuar, o sea, jugar, participar en los retos que propone la dinámica del programa. Y los entreno a ser ellos mismos, sin envararse, como buenos actores que olvidan su papel porque lo hicieron suyo y ya no deben pensarlo” ha afirmado Galinsky.

Como siempre que las cámaras se enchufan, los protagonistas debieran de conocer ciertas reglas. Por ejemplo, Galinsky considera imprescindible “asegurarse de que la cámara sigue tus pasos cuando te dispones a hacer algo importante. Para lograrlo debes dar avisos sutiles. Sería muy triste que tu gran momento quede eclipsado al no saber venderlo”.
Consejos de catálogo

“También resulta muy conveniente mantener una actitud positiva. Mucho mejor decir sí siempre, que es una respuesta que mantiene vivo el show y genera entusiasmo, que escudarte en las negativas, como tantas veces hemos visto hacer a muchos concursantes, paralizados por el miedo al ridículo o la aventura”, añade. Otros consejos del catálogo pasan por aprender a maquillarse y vestirse.

En la pequeña pantalla cualquier gesto cuenta y ningún actor sobrevenido tendrá posibilidades si transgrede los mecanos que impulsan al público al enamoramiento repentino.

Preguntado por la raíz del éxito de los realities, Galinsky sale al paso de los críticos. Donde muchos ven televisión basura, emociones viviseccionadas, exhibicionismo, carnaza y morbo, él habla de vida, “pura vida frente a la mediocridad del resto de la programación. Aquí no hay risas pregrabadas, que digan cuando debes sonreír, ni apuntadores obligándote a aplaudir la gracia de turno. Todo es real, espontáneo, y por eso millones se identifican con sus protagonistas”.

“Drama sin guión”, así ha definido Galinsky la telerrealidad. Compaginando sus proyectos más queridos con la escuela, Galinsky ignora la falaz ironía de estudiar para quedar más auténtico, regla de oro que cualquier histrión profesional conoce desde siempre.

Mientras escribe nuevos guiones, aboceta monólogos cómicos o ensaya con una compañía de teatro de Harlem, la escuela recibe más estudiantes que nunca. “No olvides comentar”, añade, “que los lectores de EL MUNDO, si vienen a mi clase con una copia del artículo, recibirán clase por la mitad de precio”. Dicho queda.