Los ayatollahs light

gumucioRafael Gumucio / LUN / E n 2005 un caricaturista danés se le ocurrió burlarse de Mahoma. Fanáticos islámicos lo amenazaron de muerte y el mundo civilizado no tardó en reaccionar horrorizado. Se dijo entonces, y sigue siendo cierto hoy, que las ideas, o las creencias de algunos no pueden ser impuestas a todos. Se dijo también que no había democracia sin libertad de expresión, y libertad de expresión sin que pudieran expresarse los que no están de acuerdo conmigo aunque te moleste.

Democracia y libertad de expresión llevaron a Genaro Arriagada a liderar el comando del NO. ¿Qué lo lleva justo 22 años después a respaldar un acto de barbarie que ofende a todos los que creemos en la democracia? ¿O sólo era su libertad de expresión, la de hace 22 años y no la de hoy? O quizás, perdido en el pasado, no se ha enterado, ni el resto del consejo, de la existencia del control remoto.

¿Por qué nos parece mal que unos locos musulmanes quieran matar al que se ríe de Mahoma y nos parece lógico que unos cuerdos chilenos castiguen con multa al que se ríe de Jesucristo? ¿Debe respetar una democracia a un grupo religioso que no acepta someterse a esa prueba de limpieza democrática que es el humor? ¿No es tan sagrado como Jesucristo o Mahoma, el derecho a la ironía y la burla que ayudaron a derrocar reyes y terminar con tantas inequidades? ¿No es un mundo sin parodia, pasto seco de todos los charlatanes y vendedores de pomadas? ¿Necesita Jesús de esos defensores suyos? Jesucristo condenado a muerte por uno de esos consejos que resguardan la santidad de la doctrina. Condena que ratificó Pilatos lavándose las manos en nombre del respeto a las religiones ajenas, es decir lo mismo que se consigna en el acta del CNTV, pero en lenguaje de cantinfleo legal.

¿Qué justifica la existencia, a no ser darle un sueldito a políticos pasados de moda, de ese consejo que ofende la inteligencia de cualquier demócrata? Consejo que no existe ni para diarios, ni para libros ni para la radio. Un consejo que tiene singular éxito en Irán o Cuba, países donde en la tele nadie se ríe ni de Jesús ni de Mahoma, ni de nadie que tenga barba.

¿Debemos pagarle su jubilación a esos señores que no entienden los chistes? Esos humbertitos que no distinguen la realidad de las bromas y que creen, y es el peor chiste de todos, que lo hacen por nuestro bien. ¿Tiene razón de ser un consejo que vigila y castiga lo que vemos y no vemos, y se ensaña contra todo lo que sea ironía, sarcasmo o simple inteligencia? ¿No es eso lo que los horroriza, que se pueda hacer algo inteligente -es decir incómodo- en televisión?