Los debates presidenciales en el banquillo

Ex presidenciables, actuales candidatos y parlamentarios fustigan los tradicionales encuentros en TV:

PAMELA ARAVENA BOLÍVAR / Reportajes / El Mercurio

Esta semana en Estados Unidos causó expectación el debate entre los candidatos a vicepresidente, la republicana Sarah Palin y el demócrata Joe Biden.

En una lucha tan reñida como la estadounidense, la contienda televisiva puede ser “la” opción que tienen los candidatos para conseguir los votos de los indecisos, indispensables para desequilibrar la balanza.

Por eso en Chile, a poco más de un año de las presidenciales y cuando las encuestas evidencian aún un abundante 40% de indecisos (que normalmente se reduce a 15% antes de cada elección), en muchos círculos políticos se discute la necesidad de hacer cambios al formato de nuestros rígidos encuentros en TV.

En Chile, según recuerda Bernardo Donoso -moderador de los debates de 1993 entre Eduardo Frei y Arturo Alessandri, y de 1999 entre Ricardo Lagos y Joaquín Lavín- el formato de las contiendas ha resguardado un aspecto que es fundamental para los comandos de los candidatos: la equidad en cuanto al tiempo asignado a cada abanderado y al orden de sus intervenciones. En ellos se permitieron preguntas del público y también algunas interrupciones. Y lo más importante a la hora de informar: se respetó la libertad de los periodistas para hacer sus consultas.

Pero el tema siempre vuelve a ser objeto de conflicto.

De hecho, en la última elección presidencial, para el debate de noviembre de 2005, hubo una dura negociación entre los comandos y la Asociación Nacional de Televisión. La Anatel propuso tener un segmento de preguntas igualitarias para todos los candidatos (Michelle Bachelet, Sebastián Piñera, Lavín y Tomás Hirsch) y otro con preguntas diferenciadas y con opción de réplica para todos.

La negativa fue rotunda de parte de algunos comandos, con lo que se llegó a un rígido formato de cuatro bloques de ocho preguntas (las mismas para cada candidato), donde éstos tendrían un minuto y 30 segundos para responder, 30 segundos para hacer contrapreguntas, y un minuto de cierre por cada segmento, sin posibilidades de debatir ni interrumpirse.

Muy distinto a lo que sucede en Estados Unidos, donde son los canales de televisión los que ponen la mayor parte de las normas, otras pocas son consensuadas con los comandos y se da gran espacio a la discusión abierta entre los contendores.

El mismo Bernardo Donoso afirma que “en lo personal, encuentro muchísimo más interesante ese tipo de debates o el que dio en Francia, porque se centra más en los candidatos, se puede profundizar en sus propuestas, se hace mucho más interactivo y para los ciudadanos es mucho más atractivo”.

Gran plataforma

El debate presidencial de noviembre de 2005 tuvo un rating de 51,5%, pero fue cuestionado por su rigidez. En EE.UU. se privilegia la discusión abierta entre los contendores, para mostrar las fortalezas y debilidades de los candidatos, tal como sucedió entre Sarah Palin y Joe Biden.

Joaquín Lavín, ex candidato presidencial UDI:

“Mientras más rígido el formato,

más se tiende al empate”

“Los debates deben ganar más en espontaneidad, ser oportunidades para conocer el carácter de los candidatos y ver cómo reaccionan frente a la presión y al estrés. Pero como son muy masivos y decisivos, los asesores tienden a buscar formatos para que no haya sorpresas y devenga en un empate. Las condiciones las pone el candidato que va ganando. Yo participé en 1999 y en 2005, y este último se rigidizó aún más: no podíamos mostrar nada ni interrumpir, ni hubo preguntas del público. Mientras más rígido el formato, más se tiende al empate y menos, al objetivo de conocer a los competidores”.

Alberto Espina, RN y del comando piñerista:

“Los medios de comunicación

deben fijar las reglas”

“La experiencia demuestra que cuando los debates son pactados entre los candidatos y sus comandos se imponen formatos rígidos que impiden conocer qué piensan en profundidad. Los candidatos débiles suelen amenazar con que, si no se aceptan sus condiciones, no asistirán. Proponemos que sea la propia Asociación Nacional de la Prensa la que fije los procedimientos, al estilo estadounidense. Si algún candidato no quiere asistir, la gente se dará cuenta de que no se sintió capaz. Además, deberían hacerse, al menos, tres debates; dos en la primera vuelta y uno en la segunda”.
Tomás Hirsch, presidenciable Partido Humanista:

“Los debates están hechos desde el temor”

“En Chile, los debates están excesivamente rigidizados y eso hace que las respuestas de todos sean más previsibles. En Estados Unidos los candidatos tienen más posibilidades para extenderse en temas y enfrentarse. En resumen, son más atractivos e informativos. Los debates, en Chile, están hechos desde el temor. Da la impresión de que los candidatos no quieren ir y, por eso, ponen toda suerte de trabas e imposiciones. Es una suma de ‘No’. Los canales deberían organizarlos, simplemente, porque son de interés público, poner las normas y luego, cada candidato, decidir si va o no. La ciudadanía evaluará”.

Andrés Chadwick, senador UDI:

“Las contiendas televisivas

son fomes y predecibles”

“Las contiendas televisivas en Chile son fomes, predecibles, no producen mayores efectos, no permiten conocer matices ni reacciones de los candidatos ante mayores dificultades o sorpresas. Hemos permitido que los comandos de las candidaturas tengan injerencia en los formatos. Los canales de TV con sus equipos periodísticos deberían tener la responsabilidad y a quien no le gusta, que no vaya. Los nuevos debates necesitan formatos que impidan o dificulten los discursos preparados. Ello, a mi juicio, requiere de libertad de los entrevistadores y de los candidatos para interrumpir o contrapreguntar”.

Marco Enríquez-Ominami, diputado PS:

“La TV en Chile siempre ha sido tratada desde la paranoia y el utilitarismo por los políticos”

“La televisión en Chile siempre ha sido tratada desde la paranoia y el utilitarismo por los políticos. Los debates son como cuentas públicas, eternos 21 de mayo, sin sorpresas, ejercicios monárquicos, borbónicos, con candidatos que no están disponibles para que uno los mire en sus silencios, sus gestos de inseguridad, sus dudas frente a hojas incomprensibles, buscando la fórmula publicitaria para parecer expertos en temas que manejan a medias. La falta de contraplanos, los minutos rígidos, sin derecho a interrumpir, construyen un episodio triste, latigudo, peor que las franjas electorales de los partidos”.