Los dioses de la guerra

irakPor Edison Otero / Primera Persona / Recorro la programación de la televisión por cable y me topo con un documental sobre la ocupación de Irak por el Ejército estadounidense. Observo durante algunos minutos, tratando de establecer si se trata de un típico producto de propaganda, en pro o en contra. Mi entrenado espíritu de sospecha se vuelve vulnerable cuando percibo que el documental está elaborado a partir de los testimonios personales de soldados estadounidenses que han regresado a casa.

En suma, veo todo el material y sólo se me escapa el título, porque he dado con él cuando ya llevaba algunos minutos. Días después me vuelvo a topar con el documental, otra vez ya empezado. Como un disciplinado etnógrafo tomo nota de las frases que escucho y que más llaman mi atención. Según pasan los minutos, voy experimentando una creciente conmoción. La esposa de uno de los veteranos dice: “Algo cambió en él para siempre”. Otro combatiente, con la mirada perdida, asegura: “Lo que éramos cuando partimos, ya no lo somos cuando regresamos”. El tema no es nuevo. Recuerdo la impresión que me produjo ver la película “Regreso sin gloria”, drama sobre el retorno a casa de un veterano de la guerra de Vietnam. Sólo que este documental sobre Irak tiene un sabor a realidad inocultable y un presente imborrable. Otro soldado cuenta de un civil con una bandera blanca, un iraquí. Lo matan igual, y él dice que se puso a llorar. En lo sustantivo, todos los testimonios apuntan a lo mismo: estos soldados han eliminado población civil, niños y mujeres. Y cada vez que experimentan el horror de hacerlo, los más veteranos se ríen y les advierten que ya van a acostumbrarse. Estos jóvenes, porque con frecuencia eso son, no requieren demasiada inteligencia para darse cuenta de que lo que les contaron sobre la guerra a la que iban no se parece en nada a la guerra con la que se han topado de hecho. Nada de romanticismo, ni eventos liberadores, ni emoción patriótica. Sólo horror.

El drama se desata cuando vuelven a casa, con sus familias, padres, esposas, hijos, porque aunque sus cuerpos están de regreso, su mente continúa en el campo de batalla. Condicionados para matar sin preguntar, aplican esa misma lógica con gente que los ama. Matan, golpean, amenazan, se suicidan. Han descubierto el infierno. Y, todavía más, que el infierno no limita con las fronteras geográficas de Irak, sino que se extiende por todo el planeta. Y que este infierno tiene sus administradores. Cuando uno de estos veteranos empieza a exhibir conductas amenazantes para el vecindario y su gente, es derivado a un sicólogo. Este profesional tiene la instrucción de abordar el asunto como una cuestión de enfermedad y terapia. Y cuando el “paciente” desarrolla una reflexión sobre la experiencia que vivió en el campo de batalla, y sobre las contradicciones entre el discurso de sus mandos y los duros hechos, la respuesta del profesional es ésta: “No tratamos a personas que tengan objeciones de conciencia”.

Otro testimonio: “Una vez que estás ahí, puedes hacer cualquier cosa, eres capaz de cualquier cosa”. No se me ocurre una lucidez más plena. Saben, a corto andar, que están presos de una maquinaria. Y, lo que es peor, en condiciones de cometer las peores atrocidades. Lo que ratifica, de pasada, la intuición básica que inspiró los memorables experimentos sobre obediencia a la autoridad desarrollados en los ’60 (siglo pasado) por el sicólogo social estadounidense Stanley Milgram. Lo que resulta simplemente perverso es que los que regresan a sus hogares y saben -sus líderes- que están poniendo una bomba de tiempo en medio de esos hogares. Cuando estalle, se harán los diagnósticos apropiados sobre las condiciones mentales del sujeto, y harán oídos sordos con el hecho de que estos “veteranos” son capaces de darse cuenta de qué les ocurre y por qué les ocurre. En una palabra, niegan a esas personas la condición de seres capaces de reflexión moral. Cuando un soldado estalla de llanto al ver cómo sus disparos liquidan población civil, no está teniendo un problema estrictamente sicológico: afronta una experiencia moral. Ninguna consultoría sicológica puede encarar y resolver su problema. ¿Cómo se le podría responder a otro de los testimonios, un muchacho que recorre patrullando las calles de Bagdad y se pregunta: “¿Qué hacemos aquí?”.

Termino de ver el documental y me mantengo en silencio, mientras una limpia y cristalina indignación recorre mi cuerpo. Pienso en los tremendos y permanentes sacrificios que los poderosos ofrecen a los dioses de la guerra, y en su hipocresía, dado que siempre sacrifican a otros y no a sí mismos, lo cual sería una decencia mínima. Tenemos que aprender que no hay criminales de guerra sólo en algunas guerras. Todas las guerras tienen sus criminales, sin excepción. Y nunca son, necesaria o solamente, los que disparan las armas.