Los ochenta: Chile alrededor de la tele

NOTV / Sebastián Montecinos / La Nación /  No descuidó detalles a la hora de retratar la compleja situación de un país bajo una dictadura brutal y una crisis económica que terminaron pagando los de siempre. Creo que fue el mismo Jorge González en alguna entrevista por ahí el que dijo que no entendía por qué tanta nostalgia con los ochenta, si era una época en la que la mayoría de los chilenos lo pasó pésimo.

Esa misma sensación de incomodidad era la que me embargaba mientras Canal 13 nos bombardeaba durante todo el mes pasado con la promoción de su nueva serie: “Los ochenta”.

Como que tanta musiquilla nostálgica, tanta marca desaparecida a punta de crisis sucesivas, tanto eslogan ultralight, tanta tele a color y tanto tono simpaticón me provocaron la más absoluta desconfianza respecto al producto final.

Después del estreno tuve que tragarme muchos de mis prejuicios y rendirme ante la evidencia de una muy buena serie, que no descuidó detalles a la hora de retratar la compleja situación de un país bajo una dictadura brutal y una crisis económica que terminaron pagando los de siempre.

Desde la escena inicial, con Pinochet saludando a la selección chilena de Santibáñez en La Moneda, entramos de lleno a un momento plagado de contradicciones.

El tono de comedia no alcanza para cubrir de superficialidad los problemas de esos años. Por el contrario, la lluvia de situaciones arquetípicas y de detalles bien pensados basta para verla varias veces.

Allí esta el embrión del país construido por la dictadura, allí la evolución de una cultura de la pobreza que aprovechaba hasta el último recurso, hasta una cultura empobrecida por la brutalidad mediática y dominada por lo desechable.

Allí se intuye el rol de la televisión en la sociedad y se construye el drama alrededor de este medio, aunque hasta ahora la autocrítica respecto a su labor encubridora con el terrorismo de estado de esos años pasa por inexistente, matriculándose más bien con un conjunto de notas nostálgicas, omitiendo, al igual que esos años, su responsabilidad respecto a la impunidad de los criminales (en serio, lejos parte de lo peor del Chile en los ochenta estaba en su televisión).

Pero más allá de las paradojas, la ambientación está de lujo (realmente, lo mejor de la serie), los actores son de primera y la dirección de Boris Quercia deja su huella marcada, tanto en el desarrollo de los personajes como en ese sentido del humor entre negro e ingenuo que tan bien domina.

“Los ochenta” es mucho más que la nostalgia porque sí, o mirarse el ombligo por vanidad. Hay un esfuerzo por entender una época que pocos chilenos han asumido, por integrar la historia de un país que no suele compartir visiones unánimes.