Madonna: Estudios sobre la pista de baile

“El cine y la televisión cambiaron el nicho ecológico en el que se desarrollarían las celebridades en adelante. De la cultura de las letras se pasa a la cultura visual, masiva y popular.

Las nuevas estrellas serían un fenómeno atractivo para los estudios culturales, una perspectiva de análisis originada en Inglaterra que remeció la distinción entre alta y baja cultura, considerando el rol de los medios de comunicación masivos en la construcción de identidades, de ideas del bien, del mal, de lo positivo o negativo”

Óscar Contardo, Artes y Letras, El Mercurio

En la introducción de su libro “From Hegel to Madonna”, Robert Miklitsch apunta que para muchos críticos culturales los llamados “Madonna Studies” eran la última expresión de la barbarie. “Una barbarie política para la izquierda y cultural para la derecha”. El libro, publicado en 1998, se hacía cargo en su introducción del recelo que provocaba este nuevo campo de estudios, bautizado con el nombre de la castaña más rubia desde Marilyn. Más que recelo, era sospecha, y más que sospecha, alarma.

La propuesta de los Madonna Studies nació en los 90 al alero de los estudios culturales norteamericanos. Luis Cárcamo-Huechante, profesor de literatura de la Universidad de Harvard, explica que el eje de este campo específico sería la relación de la cultura pop con los estudios de los medios de comunicación masivo. Cárcamo-Huechante sitúa como antecedente para los estudios madónicos la idea de los “camp”, desarrollada por Susan Sontag en los 60 y que aludía a la fascinación por el artificio y la exageración. A través de los medios de comunicación, la figura de Madonna producía y ponía en circulación a escalas industriales y planetaria la sensibilidad “camp”, descrita por Sontag. Desde 1993, los ensayos y publicaciones académicas que tenían a la intérprete de “Lucky star” como foco, se multiplicaron, desmenuzando la semiótica de su imagen, de su música, de su puesta en escena, de sus vínculos mediáticos, sus mensajes implícitos y explícitos.

“Aunque Madonna como figura de los medios ha influenciado el discurso racial en Estados Unidos a través de videos como ‘Like a prayer’, su mayor impacto ha sido en su discurso de género. Para muchas mujeres, Madonna representa la imagen de una mujer fuerte, en el sentido sexual y económico”, sostiene Robert Miklitsch, el autor de “From Hegel to Madonna”. Esa veta saltó a la palestra luego que Camille Paglia, la controvertida intelectual norteamericana discípula de Harold Bloom, escribiera en 1990 una columna en el New York Times en la que establecía que Madonna era “el futuro del feminismo”. Paglia -que alguna vez confesara que de niña se disfrazaba de Napoleón para Halloween- encarnó en la cantante la nueva visión que deberían tener las feministas de fines del siglo XX.

Camille Paglia escribió la columna luego de la polémica del video “Justify my love”, censurado por MTV por sus escenas de erotismo sadomasoquista. Paglia apoyaba la censura, pero exaltaba la puesta en escena de la pieza, poniéndola a la altura de grandes exploradores de la perversión transmutada en arte, al tiempo que burlándose de los movimientos feministas: “Las feministas dicen ‘basta de máscaras’, pero Madonna dice que no sómos más que máscaras”.

El entusiasmo de Paglia por Madonna duraría poco y ya en 1995, en una entrevista a Playboy, anunciaba que la estrella se encontraba en su “punto bajo”. Para esa fecha se habían editado los libros de ensayos “Guilty Pleasures: feminist camp from Mae West to Madonna”, de Pamela Robertson; “The Madonna connection”, de Cathy Schwichtenberg, y “Madonnarama: Essays on sex and popular culture”, de Lisa Clark y Paul Smith.

El culto a la celebridad

Hollywood es el lugar en el que se inventó la idea de estrella contemporánea, la “celebridad” de la pantalla que tiene sus antecedentes en el dandy, “una figura generalmente acotada a los circuitos letrados y artísticos”, como sostiene Luis Cárcamo Huechante, recordando el ejemplo de Oscar Wilde.

El cine y la televisión cambiaron el nicho ecológico en el que se desarrollarían las celebridades en adelante. De la cultura de las letras se pasa a la cultura visual, masiva y popular. Las nuevas estrellas serían un fenómeno atractivo para los estudios culturales, una perspectiva de análisis originada en Inglaterra que remeció la distinción entre alta y baja cultura, considerando el rol de los medios de comunicación masivos en la construcción de identidades, de ideas del bien, del mal, de lo positivo o negativo. En los 70, los estudios culturales comienzan a analizar el fenómeno de las celebridades-estrellas. Una década más tarde irrumpiría Madonna junto con MTV, y la era de los video clips. “Aparece en medio del reaganismo y encarna el ethos materialista y orientado al consumidor de los 80 (“Material girl”). Es el momento en que las imágenes proliferan dramáticamente asociadas a MTV, la fiebre de la moda y al intenso marketing. Madonna fue una de las primeras estrellas de MTV que conscientemente moldeó su imagen para atraer a la audiencia masiva”, sostiene Douglas Kellner, en su ensayo “Cultural Studies, multiculturalism, and media culture”.

Ese mundo de Reagan, sellos musicales fuertes y MTV como la gran novedad ya no existe. Pero Madonna sí.

Monica Szurmuk, doctora en literatura de la U. de California, reflexiona sobre este cambio: “Madonna se va recreando en negociación con la industria del espectáculo, va jugando con nuevos roles, transformándose. No se queja de la industria con todos sus bemoles, sino que la utiliza. Ella experimenta con todas las definiciones culturales y sociales de la mujer desde la performance: una estrella porno, una buena chica católica, una femme fatale de la década del cincuenta y Evita. Todos estos roles se presentan desde el juego, desde la proyección de imágenes para ser vistas”.

Un campo fértil de artefactos audiovisuales para muchos investigadores de la cultura de masas. Una labor que la diva del pop agradece según consta en una cita del libro “Madonna un mito posmoderno”, de Georges-Claude Gilbert: “Es halagador para mí que la gente se tome el tiempo de analizarme y que yo esté tan infiltrada en sus psique, al punto que tengan que intelectualizarme. De cualquier modo, prefiero estar en sus mentes que no estarlo”, Madonna dixit.

La industria cultural y la academia

Mónica Szurmuk es doctora en Literatura Comparada por la U. de California y autora de “Memoria y ciudadanía”.

-¿Es distinta la idea de celebridad en países “periféricos” que en países “centrales”?

“No sé si podemos seguir pensando en divisiones tan estrictas entre países periféricos y países centrales cuando se habla de las industrias culturales. Hay fenómenos culturales como el de Madonna que son globales. Hay un porcentaje de lo que los habitantes de diferentes lugares del mundo tienen como cultura cotidiana que es compartido. Ya hace unos cuantos años, Néstor García Canclini hablaba de la creación de comunidades en el consumo que atravesaban los límites de las naciones”.

-Aparentemente, las ciencias sociales en Latinoamérica han pasado por alto o derechamente ignorado la industria de la entretención como agente cultural…
“Claramente, las ciencias sociales y las humanidades -y no sólo en América Latina- durante años rechazaron la industria cultural como objeto de estudio o la descartaron. Hay que entender que el legado de los primeros estudios sobre industria cultural que se hicieron durante el nazismo marcó el modo en que se pensó ésta durante años. Adorno y Horkheimer en un clásico ensayo, La industria cultural: iluminismo como mistificación de masas (1944), critican la industria cultural (representada principalmente por Hollywood) por promover una sociedad masificada sin posibilidad de verdadera libertad. Benjamin, por otro lado, en sus varios escritos, entre ellos la emblemática ‘La obra de arte en la época de su reproducción mecánica’ (1935), muestra más ambivalencia con respecto al marxismo ortodoxo que guía el pensamiento de sus colegas al expresar una urgencia para entender los cambios tecnológicos posibilitados por la fotografía y otras formas de producción masiva de cultura, anticipando así las actitudes de la escuela británica de estudios culturales de Birmingham, la que rescata la creatividad y la productividad de la cultura popular y de masa como espacio no elitista de expresión”.

El arte del negocio

Marisol García

Madonna es la mejor empresaria que ha habido nunca en la música pop, incluso más calculadora que Mick Jagger y más eficaz que Sting. Su mente se amolda cómodamente a la pauta de los negocios globales: es una perspicaz cazadora de tendencias, una informadísima seleccionadora de personal (sus productores son siempre los que corresponden a la moda de la temporada) y una audaz desarrolladora de nuevos negocios, como el que logró el año pasado en su cambio de Warner a Live Nation. Está lejos del riesgo de la vanguardia: llega a las modas un poco antes de que se masifiquen y sabe abandonarlas justo a tiempo. Una mujer de tan riguroso control sobre sus negocios, sus asesores, sus cirugías plásticas y sus gestos humanitarios tiene más que ver con la órbita de los medios que con la música. Los fans de Madonna se encandilan con sus logros, no con su talento. Incluso sus mejores canciones, y las hay muy buenas, impiden que la olvidemos a ella y su egótico perfeccionismo.