Medios y medias tintas

tv pieRicarte Soto / D Generaciones /En varias conferencias, seminarios y coloquios sobre los medios de comunicación, realizados en distintos países, se ha sugerido incluir una suerte de curso de alfabetización de los medios en los programas escolares. Esto equivale a reconocer que, por muchos aspectos, los medios representan un problema para la sociedad.

¿Cuáles medios? Los dardos apuntan esencialmente a la pantalla chica y se subraya el divorcio entre televisión y educación. En un segundo lugar, sitúan algunos contenidos de internet, como los juegos y redes sociales. Indiscutiblemente es una buena idea dar pautas para el consumo de todo lo que transita por las distintas pantallas, porque significa pasar del diagnóstico pasivo a la acción práctica.

En lo que nos concierne, hemos estado en algunas escuelas para conversar con niños y adolescentes sobre la televisión, una fábrica de sueños que también puede transmitir pesadillas. Sin embargo, esta alfabetización será a medias si sólo se apunta a los contenidos y no se aborda el conjunto de la industria.

Detrás de la pantalla, más allá de sus figuras, gerentes, directores o camarógrafos, hay intereses económicos y posiciones ideológicas. Es ahí donde se encuentra el verdadero backstage de la tele. Como lo postula Sebastián Jans, “los grandes medios de comunicación no responden precisamente a un propósito de divulgación libre de las ideas, sino que representan intenciones, objetivos e intereses concretos de mercado”. Y por esa razón habría que concluir, como lo escribe José Manuel Pérez Tornero en “El desafío educativo de la televisión”, que un telespectador integralmente formado debe conocer los recovecos empresariales y los intereses de las multinacionales en esta actividad.

En el caso de Chile, para hacer la tarea con cierta honestidad, es un imperativo ampliar la mirada al conjunto de los medios, abandonando el interesado facilismo de endosar toda la responsabilidad a la televisión. Al contrario de lo que sucede en otros países, la prensa escrita ignora el ejercicio de la autocrítica. La regla, salvo excepciones, es no darse por aludida cuando comete errores garrafales o tergiversa la información. En otras palabras, saca las castañas con la mano del gato. A menudo, emite severos juicios contra la dictadura del rating, pero, al mismo tiempo, algunos periódicos, tal como lo describe el periodista boliviano Ronald Grebe, aceptan la imposición de tener que dirigirse no a los ciudadanos sino a los telespectadores.

La prensa escrita no debería escamotear su responsabilidad y reconocer que su manera de componer la información está lejos de ser sublime. Con frecuencia, el acto de editar entrevistas y declaraciones está guiado por la manipulación más que por el respeto al espíritu de la letra. Cuando un político alega que una de sus frases ha sido sacada de contexto, hay que descartar que siempre se trate de una justificación pueril, porque, en varios casos, corresponde a la realidad. Está claro que cualquier intento por regular los contenidos de los medios de comunicación es de alto riesgo para la libertad de expresión. Por eso, la educación de los ciudadanos para la observación analítica de los mismos es el único camino razonable, a condición que esa mirada crítica incluya a todos los medios. //LND