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“Mira Quién Habla”: Un insulto que se supera a sí mismo

11 septiembre 2009 • Columnas de opinión

aravenaFrancisco Aravena / Wiken / No vamos a descubrir acá la pólvora: ninguno de los programas de farándula de la televisión chilena califica como un aporte ni de forma ni de fondo en pantalla. Son principalmente programas satélite –en su mejor expresión– o parasitarios –en su peor forma– de lo que hacen los canales grandes, aderezados con acciones y reacciones provocadas o fabricadas en el circuito de modelajes en discotecas y otros eventos del estilo, y además plagados de notas con los textos más lamentables que se puedan escuchar en la TV abierta. Pero no son todos iguales. “Mira Quién Habla” se ha distinguido desde su génesis como el peor de todos: una copia pobre de “SQP”, sin el humor que a veces se cuela entre comentarios insulsos, como concediendo –de cuando en cuando– que nada es tan serio en el circo autorreferente de la farándula chilena. “Mira Quién Habla” es peor no tanto porque tiene panelistas que parecen empeñados en generar anticuerpos; lo es principalmente porque se toma en serio.

Audacia, en todo caso, no le falta. He ahí su última idea: crear una especie de reality interno –al estilo de Mega: de bajo costo, en una casa estudio dentro del canal de la cual los concursantes entran y salen– para elegir al “opinólogo” que supuestamente ganará el premio de integrar el panel de “MQH”. En la escala de lo lamentable, la idea es sólo superada por el hecho de que existan concursantes para semejante emprendimiento, personajes al parecer desesperados por algo de pantalla. Hay casos y casos, por supuesto, desde un Nelson Mauri que parece ser el más hábil en la creación de su personaje (incluso se llevó un perro a lo Paris Hilton) hasta el incómodo caso de Wladimir Varas, cuya entrada al reality está dada por ser el hermano de Edmundo Varas y cuya humildad al hablar –argumentalmente y en la forma también– parece inspirar una incómoda mezcla entre condescendencia y franca burla de parte de sus compañeros y de los mismos “maestros” del reality: los panelistas que las ofician como una suerte de “profesores de opinología”. El espectáculo llega a ser cruel incluso para los estándares de “MQH”.

Cabe preguntarse cuál es la intención editorial de un programa como éste, capaz de pasar una hora entera transmitiendo “videos locos” u otros segmentos levantados de la TV internacional (sin molestarse siquiera en eliminar la locución original) o derechamente de internet para luego pasar a extensas coberturas de las pruebas que se realizan en un reality de otro canal, por ejemplo. Exigir rigor en sus informaciones de la farándula –o incluso en su lenguaje– es pedir demasiado a un programa como éste, pero que en una nota cualquiera la palabra “habría” sea la más usada –además de la colección de verbos en tiempo condicional que la acompaña– es más que un abuso, un insulto al telespectador. Hasta los tongos tienen sus límites. El nivel de “MQH” es tal que uno puede asegurar, sin temor a equivocarse, que tienen mucho, mucho que aprender de “SQP”.

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